Soy una mujer permanentemente chuleada

Cuando yo era pequeña, si alguien me daba una chuche o un dulce, era de las de guardarlos. Tenía mucho mérito, porque ya conocéis mi pulsión hacia el azúcar y lo mucho que me gusta el foqueo. O sea, el esfuerzo era ímprobo. Pero acumulaba para, en un momento determinado, poder darme el atracón. O para que nunca me faltara un dulce que llevarme a la boca, no fuera a ser.

Pero yo tenía un hermano pequeño (y milagrosamente tengo, porque lo hubiera asesinado lentamente) que acostumbraba a descubrir mis pequeños escondites y se jalaba todo lo que encontraba. Dice mi madre que en muchas ocasiones lo veía mascando, tan contento, y le preguntaba: “¿De dónde has sacado eso?”, y él señalaba un armario de la ropa, por ejemplo. Así, cuando yo iba en busca de mis glucémicos tesoros, solo encontraba telarañas.

Pues bien, después de pasarme la infancia siendo esquilmada por mi despiadado hermano, he pasado a ser chuleada por mis propios hijos.

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Fiel a mi naturaleza, hoy en día hay varios tipos de dulces y porquerías varias repartidos por la cocina. Tengo que tener siempre una remesa a mi disposición. Así que hay tabletas de chocolate, barras de chocolate, galletas, chuches, golosinas, etc. Una de mis múltiples debilidades son los morenitos. Son como unas pastas gordas y redondas recubiertas de chocolate. Como los nevaditos, pero en marrón. Pues bien, eso en su día fue catado por El Cachorro y anda siempre atento a si hay o no hay morenitos.

Últimamente tenía un paquete que había colocado estratégicamente en la nevera, en la parte alta, por atrás, para que nadie lo viera. Pues voy a por una dosis de morenitos… ¡¡y ni rastro!! Voy directa a preguntarle a El Cachorro, y me asegura que él no sabe de qué estoy hablando, mientras esboza una sospechosa sonrisa y veo crecer su nariz a velocidad supersónica.

No hay duda. Los morenitos residen en su estómago. Es más, puede que ni eso. Creo que se los comió hace tres días.

Ser robada es mi sino. Ya lo puedo ir asumiendo.

Pero El Cachorro sabe compensarme… Estamos en un cumple de una vecinita y llega uno de mis momentos favoritos: la tarta. Cogemos todos los invitados un trozo, y ya con el mío en el plato se me acerca El Cachorro con el suyo. Su trozo tiene un canutillo de chocolate encima:

– Toma el palito, mamá, para que sea el mejor día de tu vida.

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Y lo es, vaya si lo es. Y no por el canutillo.


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