Somos el obstáculo de la felicidad

Pues está El Cachorro totalmente chinado. Es que es su estado natural, qué tío. Encuentra cualquier cosa para enfadarse.

Lleva dos días quejándose de que le hacemos más caso a Don Bimbas que a él. No es verdad, pero él lo siente así (o hace que lo siente así) y a mí me toca la fibra porque yo sentía lo mismo cuando era pequeña con mi hermano (aunque en mi caso era verdad… jeje).

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Pero además, lo dicho, cualquier cosa le molesta y le sienta mal. Así que hoy nos ha dicho que no le dejamos ser feliz. Chúpate esa, Maricarmen. “No queréis que sea feliz”, dice, así, tan ancho. Y generalmente es porque pregunta qué cosa divertida puede hacer y cuando le digo que se busque la vida, se enfada. ¡Pues bien que me la buscaba yo a su edad! No esperaba a que mis padres me dijeran qué tenía que hacer… En todo caso qué no.

Total, que se la ha buscado, la vida.

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Vuelvo del médico a casa y me recibe El Cachorro diciéndome que es que había cogido con el vaso agua del baño para beber y se le había caído por el suelo. En efecto, hay un reguero de gotas desde el baño hasta la mesa del salón. Me agacho con papel a secar, hasta que llego a la mesa y… ¡de “para beber” nada, era para mojar la plastilina, que ha cortado en cachitos pequeños encima del hule! ¡¡Encima del hule NUEVO!! Llevo dos días con él. El chino de debajo de mi casa se frota las manos cada vez que me ve. Me duran nada y menos. Y dejé el viejo a mano para ponerlo encima en caso de que los críos quisieran pintar o hacer manualidades. Pero ahí estaba el viejo con su boli pintado: doblado y sin utilizar.

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Ahora el nuevo se ha quedado con marcas de los cortes de plastilina y con plastilina pegada por todo y fatalo. La que se ha enfadado he sido yo. Que qué poco se fijaba en las cosas, que el mantel era nuevo, que ahora iba a coger el dinero de su cerdito para comprar otro, que ya estaba bien de que anduviera por la vida sin cuidar las cosas.

Se ha cabreado, claro. Se ha pirado y ha vuelto muy resuelto con su cerdito: “¡Pues toma mi cerdito, cómprate lo que quieras!” Jaajajaja. Lo he cogido, le he dado un beso gigante y le he dicho que por esta vez dejara a su cerdo en paz.

Pero el que sigue molesto es él… ¡tócate los pies! Porque “no me dejáis ser feliz”.


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