Se veía venir

Como ya sabéis que a mis hijos, lo que es un tobogán común y corriente, se les queda corto, hacen el cabra por donde pillan, como pueden.

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Descubren esta barandilla y hala, para arriba, para abajo… Escalan, se deslizan…

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Y me dan envidia.

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Me sumo al juego.

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Hacemos trenecito.

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¿Y cómo termina el juego? Cuando acabamos en la barandilla, yendo primero El Cachorro, que se lo ha pedido, Don Bimbas en medio y yo la última y nos deslizamos hasta que acaba…

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¡Y sale disparado El Cachorro, que se cae, va detrás Don Bimbas y se golpea en la mejilla con la cabeza de su hermano mayor, que la tiene dura como el granito, y yo, por suerte, reacciono para no precipitarme encima de ellos y saltarlos como una gacela huyendo de una manada de leones!

Pero, lo dicho, no he podido salvar a mis dos críos. Uno ha pillado. Moratón que te crío.

Mi padre: “Se veía venir”.

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Claro, porque, para colmo, tenemos que tener a la voz de la conciencia haciéndose el listillo. Cómo se las da de patriarca sabio, el tío… ¡Y anda que hablará mucho! ¡Él!

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Luego se acaba cayendo o le da un tirón en el riñón, y eso no lo ve venir, no…


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