Se mira pero no se toca

Hace un año contaba la anécdota de que una amiga, recién nacido mi crío, vino con su hija de cuatro años a visitarme. Su hija se subió a mi sofá con las botas de la calle puestas, se metió en el moisés de mi crio también con las botas de la calle puestas, cogió todo lo que estuvo a su alcance y, por supuesto, se entretuvo con una maceta llena de corales que tengo de adorno, sacándolos, esparciéndolos encima de la mesa de cristal y jugando con ellos.

No debí disimular demasiado bien mi nerviosismo porque mi amiga se vio impulsada a hacer un comentario al respecto (muy lejos del “¡hija, para!” que le tenía que haber dicho a su cría) que fue más bien una sentencia: “Es que no tienes un hogar preparado para críos”. Y que a ver cuánto me duraban esos coralitos cuando mi hijo empezara a hacer cosas de niño.

Un año después me vanagloriaba en este blog de que los corales seguían sanos y salvos. Y me preguntaba que si la cosa no es tan simple como marcarle límites a tu hijo. Con esto sí puedes jugar. Con esto no. Igual que le dices no metas la mano en el enchufe, vamos. De esa manera tú podías vivir en la casa que te gustaba sin tener que sufrir.

Niño

Ahora, dos años después de que mi amiga augurara poca vida a esos corales, he de decir que no solo siguen ahí, sino que he rizado más el rizo y los he puesto junto a unas plantas a las que he buscado un nuevo compañero: un cactus que pincha que da gusto… si lo tocas. Mi hijo aún no se ha pinchado.

Y en el lugar antes ocupado por los corales me he animado a colocar un recipiente de cristal lleno de arena y conchas. Que anda que jugar con conchas no es una tentación como la copa de un pino. Pues, ea, tentando la suerte.

Niño

En fin, seguiré reportando. Y decorando para adultos todo lo que me dé la gana.


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