Salomón

Coge El Cachorro de un armario la pizarra para dibujar, y cuando lo hace tira de paso y sin querer un par de juguetes al suelo. Le pido que los recoja.

– ¡Espera! Después de dibujar.
– No, ahora. Y luego dibujas. Qué manía tienes de que cada vez que te digo que hagas algo, no lo hagas nunca en el momento. Venga.

Así que se pone a la tarea y aparece Don Bimbas.

– ¿Pedo dibujaaaaaaa?
– Sí, puedes solo mientras tu hermano recoge, porque ha cogido él la pizarra.
– Vale.

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Me voy de la habitación. Por supuesto, no vale. Oigo forcejeos y a Don Bimbas llorando desesperado, montando un escándalo. Y El Cachorro protestando. Cuando me asomo, veo que están ambos intentando coger el “boli” que viene atado a la pizarra, tirando de él de mala manera.

– A veeeer, a veeeeeeer, venga, soltad.

Ni caso.

– ¡Soltad ya, hombre! ¡Se va a romper el cordel del boli!

Y es El Cachorro el que lo suelta ipso facto, echándose a llorar de impotencia. Lo ha hecho, obviamente, por preservar la integridad del juguete. Se ha sacrificado (siempre lo hace). Igual que la verdadera madre del hijo en disputa que presentaron ante el rey Salomón, que prefirió que se lo quedara la falsa con tal de que no lo partieran en dos con una espada.

Qué mono es, por favor.

Así que le quito la pizarra a Don Bimbas, recordándole que la había cogido antes El Cachorro, Don Bimbas retoma el lloro desconsolado, cojo a El Cachorro de la mano y me lo llevo al salón. Pongo la pizarra en la mesa y lo dejo dibujando en ella.

Vuelvo a la habitación y abrazo a Don Bimbas, que se calma. Y al minuto, aparece El Cachorro con la pizarra.

– Toma.

Y se la da a Don Bimbas, a quien se le ilumina la cara.

Sé que lo hace porque le da pena. Porque se conmueve con los lloros de los demás.

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Y entonces cojo a El Cachorro y lo abrazo fuerte, y le digo: “Eres más bonito…” Porque es un niño increíble.


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