Reflexión trascendental

Cuando tienes niños es apasionante observar cómo van descubriendo cosas por sí solos. Cómo, de repente, la lógica se abre paso y los sorprende o afianza la noción que ellos tienen sobre el mundo. Cómo caen en la cuenta de cosas. Lo importantes que son los detalles, lo grandes que son las nimiedades. Maravilla ver cómo lo que es habitual para ti, para ellos sin embargo es extraordinario. Reconforta comprobar que la vida siempre tiene cosas que ofrecer, que lo que te rodea, no por ser cotidiano, pierde valor. Que lo que te sucede, aunque te ocurra todos los días, aunque sea rutinario, sigue conservando su misterio.

Tener hijos es volver a tener la oportunidad de redescubrirte a ti, de redescubrir el mundo, de redescubrir la vida.

madre 30 (1)

Acabo de experimentar otro de estos momentos únicos. El Cachorro, sentado en el váter, razona:

“¿A QUE TODOS NOS QUEDAMOS MUY A GUSTO CUANDO CAGAMOS?”

Jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaajajjajajaa.

O sea, qué ocurrencia.

Ah, pero resulta que no es así el todo… Le cuento al padre la anécdota y me aclara: “Pero si eso se lo dijiste tú”. “¿El qué?”, le pregunto. “Tú le dijiste que uno de los mayores placeres de la vida era cagar”.

Os juro que no me acordaba.

Sí, un día fui así de delicada. No sé muy bien cómo ocurrió la cosa (obvio). El Señor de las Bestias tenía conjuntivitis o algo, y me pidió que le soplara en el ojo. Debió decir que era el mayor placer del mundo y no sé si El Cachorro me preguntó si realmente era así o si yo lo contradije motu proprio, pero yo dije que no fuera cursi, que el mayor placer era cagar. Y El Cachorro se partió de la risa.

Estiramos la broma, claro. Yo empecé a hacer el payaso: “Aquí a cualquiera que le preguntes cuál es el mayor placer te dirá que comer helado de chocolate, que dormir un día entero, que ver un atardecer en la playa, que cagar… menos papá. A papá le preguntas qué es lo que más le gusta y dirá (CON VOZ MOÑAS): “Qué me hagan fus-fus en el ojito, así, fuuuuuussss-fus, en el ojitooo”.

El Cachorro LLORABA de la risa.

Desde aquel día me pide que le repita lo de que a papá le gusta que le hagan fus-fus en el ojito. Y yo, como tengo este déficit de neuronas, o las tengo vagas, he ido olvidando de dónde venía la cosa. Así que hoy, cuando me suelta eso El Cachorro, pensaba que era una idea que venía de él. No me ha hecho sospechar el hecho de que después del “¿a que todos nos quedamos muy a gusto cuando cagamos?”, añadiera: “Menos papá, que le gusta que le hagan fus-fus en el ojo”. No he sido capaz de relacionar las dos cosas.

Luego cuelo cosas en los posts pesando que son ocurrencias de El Cachorro, y resulta que está absolutamente manipulado.


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