Quiero un perro

Yo siempre cuento que antes dije perro que papá. Menuda obsesión la mía. Me encantaban (y encantan). Me costó conseguirlo 17 años. Y bajo una promesa que rompí como a la semana de tenerlo. Mi perro se llamaba Nicotina porque me lo compraron por dejar de fumar.

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Mirad qué preciosidad, mi samoyedo, vestido de San Fermín (era fácil… ;-))

Total, que me preguntaba cuándo me lo pedirían los niños. Obviamente, aunque adore a los perros, no va a entrar uno en casa NI POR ASOMO. Por lo menos en unos años, que bastante tengo encima. Sé qué implica tener un perro. Y para que esté el pobre bicho todo el santo día solo en casa, mejor no lo tengo. Porque cuando a mí me lo compraron, aunque estudiara, mi madre trabajaba como ama de casa y Nico estaba la mayor parte del día acompañado. Ah, y lo sacaba yo (casi) siempre; ese fue el trato.

Yo ahora no tengo tiempo ni de estar con él ni de sacarlo. Me cuesta mucho reservar tiempo para estar con mis niños, que son mi prioridad, con que para un perro…

Bueno, el caso es que hoy ha llegado la pregunta. Oigo a El Cachorro: “¿Podemos comprar un perro?” Yo ya le iba a soltar la perorata de que, aparte de que es mejor adoptar que comprar, ahora mismo ni de coña, porque da mucho trabajo, iba a estar solito en casa, él es demasiado pequeño para cuidarlo… cuando escucho al padre preguntarle que para qué lo quiere, y dice: “Para que cogiera esta pelota”.

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Ha encontrado una pelota de tenis y resulta que el complemento que le falta para sacarle partido ¡es un perro! JAAAJAJAJAJAAJAJA.


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