Pues mi papá…

¿Vosotros de pequeños no intentabais impresionar y/o intimidar a los demás con las cosas que tenía o era alguien de vuestra familia, “mi primo es boxeador y pega muy fuerte y le puedo decir que venga y ya verás”, “mi hermano tiene una cachonavaja que como te metas conmigo se lo digo” o “mi papá tiene una escopeta en casa porque es cazador y puede matarte mucho más que con una navaja”?

Pues eso estoy viendo que hace El Cachorro, ignoro si porque sus amiguitos también. “¿Sabes cómo me defiendo?”, me pregunta, y acto seguido me cuenta que les dice: “Pues mi abuelo tiene una espada de verdad”. Y sí, la tiene.

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Una katana grabada (y desafilada) que le regaló por su boda su maestro japonés de judo. Claro que le he tenido que hacer notar que su abuelo está en Pamplona y que para cuando llegue aquí a hacer algo para defenderlo… lo han caneado de lo lindo. Que más le vale espabilar él y si se meten con él o le pegan, contraatacar. A ver…

Ah, por cierto, mi papá fue campeón de España de judo y te hace así y te deja del revés.

(Ya veis, 43 añitos que tengo y sigo fardando de él como cuando iba al cole).

Pero detengámonos en ese “¿SABES CÓMO ME DEFIENDO?” Porque aquí hay tema…

El Cachorro no quiere ir al colegio. Cada mañana me monta un número con lagrimones y todo, agarrándose a mi pierna, que somos el gran espectáculo.

El año pasado había un niño que le cascaba y este, aunque ese niño ya no, hay otro asimismo de los malotes del año pasado que le ha tocado en su clase y también le da alguna piña. Después de cinco años diciéndole a mi hijo que no se pega, a finales del curso pasado ya le levanté la veda y le dije que, si le pegaban después de que él ya se lo hubiera dicho a la profesora, que devolviera. No me apetece tener un puching ball por hijo. Pero como es como es, me contestaba: “Mamá, es que no se pega, yo no quiero pegar” Madre mía, qué hago con él.

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A mí lógicamente me preocupa que sea el blanco de algo o que acabe marginado o yo qué sé. Aunque desconozco hasta qué punto exagera o se inventa, porque cuando le he preguntado que por qué no quiere ir al cole, cada día me ha sacado una excusa distinta y a cada cual más peregrina, hasta que dio con la que sí tiene un sentido, con la que se ha fijado que a mí me puede cuadrar o me puede alarmar, que es lo de que le pegan, y me la repite sucesivamente.

El Cachorro es un niño especial que no te cuenta gran cosa y cuando le sonsacas algo, no sabes a qué atenerte. Pero tiene un mundo interior riquísimo, y su mente funciona bien, demasiado bien.

En la tutoría con su profesora, que utilicé para ponerle al tanto de lo que ocurría con El Cachorro por las mañanas y para que supiera cómo es mi hijo y cómo reacciona (empático y sensible, de gran corazón, preocupado por agradar y ser aceptado, inoportuno muchas veces por falta de habilidad, con ataques de timidez, que rechaza ser el foco de atención, con temor a que se rían de él, despistado…) hice un comentario tipo: “Me dice esto y no sé si lo siente así o lo hace porque cree que es lo que yo quiero oír”. Su tutora me replica: “A estas edades no realizan esos ejercicios mentales, no tienen dobleces ni van tan allá”. Entonces yo le conté un par de anécdotas recientes y acabó cambiando de opinión.

Véase: El Cachorro cuando vio que cuando le preguntaba al salir del cole que cómo lo había pasado y él me contestaba que bien, yo le decía que entonces por qué convertía en un drama las entradas al cole por la mañana. Y se le derrumbaba el argumento. Así que hace dos días me empezó a contestar que mal. Y no es así. O no es tan así. Lo recojo tan pichi. Su profesora me confirma que en clase no solo está integrado, sino que se le ve un niño feliz. Así que si me dice que mal no es porque lo pase mal, es que ha llegado mentalmente a la conclusión de que así le irá mejor, porque así a mí me cuadrarán sus mañanas entre lágrimas, y no se las echaré en cara.

Por hache o por be, cada día me cuenta que su compañerito de los huevos le ha tirado de las orejas o le ha pegado o le ha hecho cualquier cosa. En una de estas que le hizo sangre en el recreo, le pregunté si se lo había dicho a la profesora. Y me dijo que sí. Pero lo que le dijo fue que le sangraba la nariz y ella le echó una mano; ni mu de que le sangraba por culpa del pegón ese.

Por lo visto no quiere ser un chivato.

Despistada me tiene, mi chico. Hay veces que lo único que creo que le pasa es que le da pena no vernos a su padre y a mí. Y ya está. Hay cosas que le dan mucha pena en esta vida y una de las que más, es perdernos de vista. Así que le da pena que le dejemos en el cole, y luego se le olvida.

Ojalá sea eso.


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