Pollos remojados

Sacan mis padres a sus nietos de paseo y, de vuelta, cuando tocan al timbre de la puerta, al abrir nos encontramos con este panorama:

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Nos los devuelven como pollos remojados, chitos perdidos. “Ha empezado a llover de repente, con una furia tremenda, y nos ha pillado de lleno”, se excusan. Unas caricas, niños y abuelos… menuda estampa. Parecía que los habían tirado vestidos en una piscina.

¿Importarles a los peques? Ni una miaja. Alucinante cómo ni siquiera son capaces de sentirse incómodos. Yo meto el pie en una baldosa trampa con charco traicionero y ya me amarga para todo el día. A estos les cae una chupa de agua y aún van debajo de un canalón a ver si se acaban de ahogar, y tan felices.


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