Po qué

Los críos lo preguntan todo. Todo es por qué esto y por qué aquello. Y me obligan a discurrir lo más grande. Porque todo va en cadena. Por ejemplo, Don Bimbas:

– ¿Duele e pie?
– Sí.
– ¿? – Siempre repite tus afirmaciones o negaciones, como para asegurarse de que ha sido eso lo que he contestado.
– Sí, cariño.
– ¿Duele pucho?
– Sí, mucho.
– ¿?
– Sí.
– ¿Po qué?
– Pues porque me han operado.
– ¿Po qué?
– Pues porque tenía el pie mal.
– ¿Po qué?
– Por caminar con tacones.
– ¿Po qué?

Yo creo que ya lo hace por inercia, porque dudo que sepa ni qué es un tacón. Es más, no sabe ya ni qué narices está preguntando, ni cómo empezó todo, ni cómo ha llegado hasta ahí.

madre 15 (1)

Pregunta por ejemplo también:

– ¿Eto qué e?
– Un pájaro.
– ¿Po qué?
– Porque vuela y pone huevos.
– ¿Po qué?
– Porque tiene alas y puede volar.
– ¿Po qué?
– Porque hay muchos tipos de animales en el mundo, y están los mamíferos, los reptiles, los peces, los pájaros…
– ¿Po qué?

Y aquí es cuando meto a Dios. Porque yo qué coño sé por qué.

madre 15 (2)

Por otra parte, he escrito los porqués entre interrogantes cuando, tratándose de Don Bimbas, en realidad pregunta como exigiendo: “Po qué” (pondría doble tilde en la e, si existiera). O sea, lo hace en plan “a santo de qué” o “nadie ha preguntado mi opinión al respecto”. “¡PO QUÉ!”

Pero lo más cachondo del asunto es cuando te preguntan por qué, en cosas que no tienen respuesta. Pongamos:

– ¿Ezo qué e?
– Una silla.
– ¡PO QUÉ!

Tócate los pies.

El Cachorro entonces se monda, porque yo contesto indignada, así de seguido, como con incontinencia verbal: “¿¿Cóóómo que “po qué”?? ¡Pues porque es una silla! ¡Ahí va, el otro! ¡Una silla es una silla! ¡No es una mesa ni una manzana ni un camello bailando claqué! ¡Una silla es una silla! ¿¡Cómo “po qué”? ¡Para sentarse! ¡Una silla! ¡Silla! Anda, tira…”

No solo hago este teatro para hacerles reír. Tengo que hacerlo para parar los porqués. Así se les va la pinza y ya se han olvidado de las dudas que querían resolver.


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