Nunca hay que fiarse de las apariencias

Esa noche que sales, y ligas, y él te pregunta que cuántos años tienes, y se los dices y él contesta que ni de coña, y añades que tienes un hijo, y él dice: “¡y yo cinco!”, y se descojona. Y tú te descojonas por el piropo que te está echando (cómo me alegra saber que no tengo pinta de madre), y también porque de lo entrañable que es no sabes si compadecerlo, porque imaginas su careto llegando a tu casa después y topándose con este personaje…

niño

Y hablando de ligoteo… Lo cada vez más enamorada que estoy de mi hijo me está empezando a preocupar.


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