No ejercer de madre

Esta situación así como de calma, mucho, no podía durar.

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A los pocos minutos, mis dos centollos, directos a las rocas, a trepar. Yo me quedo leyendo. Un señor dice en voz alta algo como «¿qué haces ahí arriba?» para llamar la atención de la madre de ese rubio tan pequeño al que descubre a una altura nada recomendable. La madre se da la vuelta, lo ve, y sigue leyendo. El hombre alucina.

Por no hablar de cuando el padre se lleva a los dos canijos a unas rocas en medio del mar. Don Bimbas sin manguitos ni nada. Ahí yo he sufrido mucho, todo sea dicho. Pero no he protestado de la manera enérgica que debiera. Bueno, sí, pero no precisamente porque el padre irresponsable se los hubiera llevado mar adentro, sino porque él, que no las pide, tiene una cantidad de fotos que es un publirreportaje continuo de lo padre enrollado que es. Hace cualquier cosa con los críos y ahí estoy yo, al quite, inmortalizándolo todo.

Mirad qué colección.

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Y no sale ni una quinta parte de lo que llevo en el día.

De mí, que hoy he estado jugando con la colchoneta con El Cachorro, también en plan madre superdivertida, NO QUEDA RASTRO.

Me parece muy injusto todo y me pillo unos rebotes que pa qué. A Wally no sé, pero a mí en el carrete de fotos seguro que no me encuentran (en la sección Selfies sí, claro; hay Amayas con sus hijos a cascoporro).

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Bueno, que me desvío. El caso es que ahí estaba el Señor de las Bestias, a una ola de perder a sus dos hijos. Y yo sacando fotos, no me fuera a perder la oportunidad de inmortalizar un ahogamiento.

Unos padres ejemplares.

En otro momento, a la hora de salir de casa por la noche, pregunta El Cachorro: “¿Que vamos a cenar? Paella no, que te conozco”, me advierte. (¿De dónde saca estas expresiones como de adulto? ¿Qué es eso de que me conoce, el tipo?)

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Está hasta el moño de comer siempre lo mismo. Tanto en vacaciones (porque estamos en tierra valenciana y me parece un desperdicio pedir otra cosa que no sea arroz en todas sus versiones) como en casa (que ya creo haberos comentado que a mí, que me gusta poco cocinar, me da por hacer puré y hago un cacerolo que mis pobres críos se hinchan a puré durante cinco días seguidos). Así que no se libra, el pobre.

Para rematar… Vamos al supermercado a comprar algo para tener a mano estos días por si a los peques les entra algo de hambre de forma repentina, y salgo con este abanico de alimentos…

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Bueno, qué pasa. Definitivamente me he tomado vacaciones de madre.

Pero no os preocupéis. Son cosas que me gustan a mí y que seguramente me comeré cuando no me vean, para no compartir…

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Aunque luego soy así de mezquina… Atención:

Cuando volvemos a casa para ir a dormir, paramos para tomar un postre. Me es difícil elegir (lo que sudo con los postres, madre mía, me gustan todos), así que finalmente decido decantarme por una horchata y, como Don Bimbas no tiene el gusto muy definido, y aprovechando que apunta a ser tan goloso como yo, le pido un cucurucho de dulce de leche. Por la cuenta que me trae.

Como sospechaba, le gusta. Estupendo. Y yo aprovecho para ir pegándole algunos bocados. Al principio Don Bimbas no parece molestarse. Pero luego cae en la cuenta de que me estoy comiendo la mitad de su helado, y que me lo zamparé casi todo si no pone freno cuanto antes a mi ataque. Así que me vuelvo a acercar con la boca abierta y me salta: «¡No! ¡Atás!»

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Como El Cigala: «¡Atrás!» Con el mismo tono y determinación.

Pero no se ha librado. Yo he tomado horchata y helado.

Ya tienen cruz mis hijos, ya…


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