Ni cinco minutos, ni cinco

De verdad, es desesperante. Es recoger a los críos del cole, llegar a casa, y no tener ni una tarde, NI UNA TARDE tranquila. Qué digo tarde, ni cinco minutos.

Yo les prometo: “Portaos bien, jugad, echad la siesta, y a las seis bajamos al patio, ¿vale?”, y me creo que me van a dejar en paz dos horas para que yo pueda trabajar, por ejemplo, escribiendo este blog, que tengo que entregar ya y estoy en bragas. PUES NO HAY JODIDA MANERA.

Llegamos a casa, después de haber vaciado sus zapatos de arena y piedras en la calle, pensando “esta vez no me pillan, está vez mi salón no va a parecer el Sahara, esta tarde va a fluir sin incidencias”, y me pongo un plato de pasta con bien de queso. Voy al ordenador para comerlo mientras trabajo, y cuando llevo dos tenedores aparece El Cachorro. Quiere otro plato, aunque él haya comido en el colegio. Me levanto, se lo preparo, se lo caliento en el micro y se lo pongo. Me vuelvo a sentar frente al ordenador. Oigo lío en el salón. Andan ambos a la gresca. El pequeño se señala la pierna y se queja a limpio lloro del mayor. El mayor dice que el pequeño llora de mentira. El pequeño llora más fuerte. Pero cuando el mayor insiste en que es mentira, el pequeño entonces se ríe. Tenía razón, como la mayoría de las veces, pero es que los lloros desesperados de Don Bimbas son muy convincentes…

Los dejo ya calmados. Me siento. A los dos minutos Don Bimbas me pide que le cambie no sé qué cartucho de no sé qué juego con el que está. Voy, vuelvo y me vuelvo a sentar. Les pido que por favor me dejen un rato. Y, sí, me lo dejan. El rato justo que les cuesta ingeniar algo para volver a hacer una gatada. Esta vez es un “¡CRASH!”. Cuando voy, resulta que el pequeño…

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… ha tirado un vaso de cristal al suelo, convirtiéndolo en añicos. ME-CA-GÜEN todo. Ya empiezo (mucho he tardado): “De verdad, hijos… ¿¡en serio no es posible que no me la lieis ni una sola tarde, ¡NI UNA SOLA!!? ¡¡Madre mía, qué hartura!!”

Me pongo a barrer, preguntándome si en vez del vaso amarillo que tenía yo, lo que ha roto Don Bimbas en mi salón era el mismísimo Palacio de Cristal de El Retiro, pues no paro de encontrar cachitos por todas partes. En serio que estoy convencida de que, si los pego, me salen el vaso amarillo, una jarra y un quinqué.

Les digo luego de salir del salón, que voy a poner a Saturnino (el aspirador redondo que trabaja solito) a currar. Y les pido que vayan a su habitación. Me siento.

Como veinte segundos después, ya aparece en mi despacho el primero, Don Bimbas. Abre un cajón que tengo aquí de juguetes más para peques y lo empieza a sacar. Al poco se une El Cachorro.

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Vivo en una casa de cuatro habitaciones, dos baños, cocina, salón y terraza, y no encuentran lugar mejor para instalarse a jugar que en mis pies.

Del cajón no sacan uno o dos juguetes. Los sacan TODOS. Entre ellos uno que odio especialmente, que es un libro musical, con lo que me toca escribir al ordenador al son de “que llueva, que llueva la virgen de la cueva” y “cucú, cantaba la rana” entonadas por una voz repelente.

Cuando está todo ya bien esparcidito, y calculando lo que les cuesta hacerme caso con las cosas, si pretendo bajar al patio a las seis y son las cinco, les tengo que empezar a pedir que recojan todo AHORA. Como temía, se sucede la retahíla de “recoge, recogeeeee, si no recoges todo abajo no vamos”, etc.

En esto que Don Bimbas me pide “cao”. Así que mientras sigo exigiendo a El Cachorro que recoja (“¡¿y Pablo por qué noooo?!”), voy a la cocina a preparar la leche. Cuando ya la he hecho y me voy a sentar, El Cachorro: “Yo también quierooooo”. Pues, venga, a repetir proceso.

Los siento en el salón con su leche con cacao y sus galletas. ¿Cuánto ha durado la paz? Tres minutos exactos. “¡Mamáááááá!”, es El Cachorro, y me llama con ese tonito de “me voy a chivar de algo que no te va a gustar nada de nada”. Os juro que me pienso si siquiera contestar, porque sé que me espera otro desastre. Pero lo hago: “¡Qué!” “Pablo ha tirado la lecheeeeeeee”. ARGH. “¡Voy!” Durante mi trayecto, El Cachorro me va poniendo desde el salón en antecedentes: “La ha tirado toda, toda”. Así, para animarme.

Llego y, para mi desgracia, El Cachorro tenía razón.

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Como conozco a mi hijo pequeño, por la forma y la distancia en que ha caído la taza, y por la cara que pone, sé que lo ha hecho a dredísimo. Voy a por una bayeta y a la vuelta me topo en el suelo con algo que no había visto antes y que me confirma que el desaguisado no ha sido sin querer, y es un trozo de galleta de chocolate en el suelo, que también por la zona en la que se encuentra, deduzco que no ha llegado ahí casualmente. Este nuevo hallazgo ya me decide a coger al pequeño y decirle que vaya por Dios, que qué mala pata, que no va a poder bajar a jugar con los vecinos, que se queda en su habitación. Por supuesto, protesta.

Ahora me toca preguntar a las vecinas si van a bajar con sus hijos y si les puedo mandar a El Cachorro, porque no es justo que él esté castigado. Este, por su parte, que es taaaaan solícito (ejem), aprovecha mientras para avisarme de más sucesos: “Ven, mira esto que también ha hecho Pablo que te va a enfadar muchísimo”. Y me enseña una pizca de chocolate que hay en una esquina del hule de la galleta que ha lanzado Don Bimbas en plan proyectil.

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O sea, va al detalle.

Se viene arriba, al ver que está ganando posiciones conmigo a “mejor hijo de la jornada”, y para terminar de conquistar el título, me comenta: “En Religión nos dicen que tenemos que hacer felices a nuestros padres y a nuestros amigos y a todo el mundo. Por eso cuando me has dicho que recoja los juguetes, he recogido”. Jajaaaja. “Ah, ¿sí?”, le replico, “pues para eso hay que hacer las cosas a la primera, no después de trescientas veces que te he dicho que recojas y que esperes a que te diga que si no lo haces no hay patio”. Y me replica: “Es que no lo he pensado, lo de hacer feliz a mis padres. Después cuando lo he pensado he dicho “ah, sí, no me acordaba de eso”, así que he abierto el cajón y he recogido”. Tiene respuestas para todo.

¿Pero no es verdad que seguro que es así como ha sucedido todo? No lo digo con ningún sarcasmo esta vez. Seguro que ha sido así, que al principio no lo ha pensado y luego se ha acordado. Qué crack.

En fin, que mientras recibo contestación por parte de mis vecinas, siento a El Cachorro a ver la tele. Ya son las seis y veinte de la tarde. Acto seguido, voy a observar a Don Bimbas, al que he dejado antes llorando y ya no oigo (¿será por Saturnino, al que he vuelto a poner en marcha?), porque temo que se haya tomado la revancha en forma de “me meo encima”. Y cuando voy a su habitación…

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Era una posibilidad, claro. Es un efecto que suele ocurrir.

Por fin, una vecina se presta a ocuparse de mi hijo y mando a El Cachorro abajo. Escribo estas líneas a las siete menos diez de la tarde. Con suerte tengo una hora para mí. Todavía no me he puesto con la entrega para Cosmo. Ya veis en qué he invertido la tarde. Y con pre-escribir este larguísimo post ya me puedo dar con un cantico en los dientes.

Ahora, decidme con sinceridad qué pensáis…: ¿¿No me estoy ganando un sitio privilegiado en el cielo??


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