Morramen

El otro día, saliendo del cole, Don Bimbas intentó endiñarme su mochila. Me negué. Así que se dirigió hacia otra potencial víctima:

– Simón, ¿me llevas la mochila? – le preguntó a El Cachorro.

Y el otro ¡cogió y se la llevó!

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Alucino. Cómo vio claro el pequeño que se podía aprovechar de lo bendito que es el mayor.

Así que, ¿qué pasó a los días? Que Don Bimbas no quería vestirse y El Cachorro fue a ayudarle. Era ayer cuando les dije que no bajábamos al patio hasta que el pequeño no se vistiera.

El Cachorro ha madurado lo suficiente para saber qué es lo que le conviene.

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El otro no va a madurar en su vida, haciendo que los demás trabajen para él.

Pero es que, al día siguiente, el canijo vuelve a negarse a vestirse para ir al cole y vuelve a dejarse hacer por su hermano, que se encarga del cometido.

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Es un sol, El Cachorro. Me ve agobiada y se responsabiliza de esa parte, de hacerse cargo del huevazos pesadito de su hermano.

Lo de El Cachorro no es del todo desinteresado, puesto que ha visto cómo, estos días que está más hacendoso y con más ganas de obedecer y de agradar, yo le premio con alguna partida a Megalodón (qué enganche tiene, pardiez). Pero lo mismo da. Se está portando de diez. En cuanto a Don Bimbas, menos mal que no es Luis XIV, porque no veáis si iba a abusar de sus criados, el cacho tirano.


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