Miedo (heredado) al abandono

Acuesto a los críos y voy a la cocina. Me ensimismo con el móvil y la casa se queda en silencio. Al rato se oye la puerta del descansillo. Unos pasos. Viene uno de los vecinos de enfrente. Se oye ruido. Cuando entra y vuelve el silencio, llama en alto El Cachorro: “¿Mamá?”

– ¿Qué quieres, cariño?
– ¿Dónde estás?
– En la cocina – le digo mientras me voy acercando a la puerta de su habitación.
– ¿Sabes qué?
– Qué.
– Qué pensaba…
– … que aprovechando que estabais dormidos me había largado de casa.
– ¿Te irías mientras dormimos? – ¿Veis, cómo he dado en el clavo?
– No, cariño, nunca me iría y os dejaría solos.
– Pues pensaba que el chico que ha entrado a su casa eras tú.
– Ya lo sé… Venga, duerme.

madre 15 (1)

Este crío… Siempre piensa que lo dejo solo. Si me alejo un segundo y no se ha dado cuenta, o si no me oye, grita “mamá” despavorido. “Cariño”, le digo siempre, “si momentáneamente no me ves, tú piensa que estoy cerca, no te agobies, jamás me voy a ir, mira alrededor, yo estaré a la vista seguro”.

No sé de dónde le viene esa sensación. Pero se da la circunstancia de que es EXACTAMENTE LA MISMA que tenía yo cuando era pequeña. Solo que la mía era justificada… (jajaja. No). Al recordar un día en familia este miedo mío, mi madre me contó que, una noche, siendo mi hermano y yo pequeños, después de cenar en casa con unos amigos, se les ocurrió bajar al bar de abajo a tomar una copa rápida. No tardaron ni diez minutos y además nosotros nunca nos despertábamos. Pues bien, cuando volvieron nos encontraron a mi hermano y a mí en la puerta llorando como descosidos. Yo de eso no me acuerdo, pero no sé si fue desde entonces que no volví a descansar hasta que no oía a mis padres con las zapatillas de andar por casa o lavándose los dientes. Era capaz de inventarme que me hacía pis para levantarme y echar una ojeada a ver cómo estaba el patio, para ver si estaban empijamados con intención de irse a dormir o aún vestidos, lo que implicaba riesgo de fuga (y eso que mis padres son opuestos a la juerga, que no salen ni encañonados). A menudo me levantaba de la cama y me tiraba al suelo al lado de la puerta de mi habitación para intentar ver por la rendija de abajo y averiguar qué tipo de calzado llevaban o qué se oía. O sea, que me mandaban a la cama a las nueve, pero yo no me dormía hasta que lo hacían ellos. Ya veis qué plan.

Pero él… ¿por qué tendrá ese miedo? Y lo mal que se pasa…


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