Merienda amarga

Recojo a los niños de la ruta que los trae de sus extraescolares, de tenis (El Cachorro) y de natación (Don Bimbas), que viene dormido y hay que despertarlo. Justo enfrente de la parada hay una pastelería, y ambos me piden ir a merendar ahí. “¿A santo de qué?”, digo. Pero me acuerdo de que la última vez los llevó el Señor de las Bestias, ese papá que hace cosas molonas, no como su mamá, que no quiere darles caprichos continuamente ni que se alimenten mal y que por lo tanto no es, ni de lejos, tan divertida. Y también pienso en que en tres días me voy unos días a Pamplona sin ellos, y que los voy a echar de menos, y que igual puedo dejar de ser una malrollera por una tarde. “Venga, vamos, que os invito a merendar”.

Entramos y se ponen a mirar el mostrador de bollos y pasteles:

– ¡Yo quiero éte! – dice Don Bimbas.
– ¿Ese? ¡Pero si es muy grande! – Es un cafetero con doble ración de trufa – ¿Ya te lo vas a acabar?
– ¡Sí! – Así que se lo pido. – ¿Y tú? – le pregunto a su hermano mayor.
– Yo este y…
– ¿Cómo, “y”? – le digo.
– Pues que quiero dos –. Los dos que estaba señalando tenían el tamaño de una plaza de toros.
– De dos nada, majo, uno y vas que chutas – le replico.
– Pues con papá son dos –. Tócate los pies, con su papá.
– ¡Que de dos nada, hombre ya, ¿de qué vamos? ¡Y para vosotros nada es suficiente! ¡Ya con el morro torcido, pero bueno! Elige ya o nos largamos y santas pascuas. – El malrollismo me puede.

Así que El Cachorro elige un donut (más grande que su cabeza) de chocolate.

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– ¿Y ahora qué queréis, Cola Cao?
– Yo sí – dice El Cachorro.
– Yo quiero un batido de chocolate – dice Don Bimbas.
– Simón, ¿quieres tú también batido o prefieres el Cola Cao?
– Cola Cao – reitera El Cachorro.

Total, que pido. Y de paso una especie de teja doble rellena de chocolate y un té para mí. Sirven lo de los críos.

– Joooooooooooooooooooooo – dice El Cachorro, con ese tono lastimero rayano en el lloriqueo que me saca de quicio. – Yo quería lo de Pabloooooooooo.
– Simón, vamos a ver, te he preguntado no una, sino DOS veces, si querías Cola Cao o batido. Y has dicho Cola Cao.
– Pero yo no sabía que era esoooooooooooooo.
– Pues te aguantas.
– JOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO, NOOOOOOOOOOOOOOO.
– ¡¡Simón!! ¡Te aguantas! ¡Ya lo sabes para la próxima vez!
– ¡¡JOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!
– ¡¡¡MECAGÜEN TODO!!! O TERMINAS DE QUEJARTE O COGEMOS Y NOS VAMOS AL COCHE TAL QUE YA.

Se calla.

– Que ya está bien, hombre, ya está bien. Que me convencéis para venir, que es un premio, y desde que entramos no hacéis más que quejaros. – (En realidad es solo El Cachorro, alias Don Protestón, quien lo hace) –. Y me pongo de los nervios, ¿eh?, pero de los nervios.

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En esto, veo al de la O.R.A. observando mi coche, al que no le he puesto tique porque no pensaba ir a merendar.

– ¡Quedaos aquí un segundo que muevo el coche! – les ordeno a los críos.

Y salgo pitando para cambiarlo enfrente, que es zona de residente y yo lo soy. Y cuando vuelvo, a los dos minutos, ya me la habían empezado a liar. Veo a El Cachorro DUCHADO en polvos de Cola Cao.

– ¡Pero bueno! ¿Qué ha pasado? ¿No puede pasar un segundo sin que la lieis?

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Las de la pastelería se descojonan. Entre risa y risa me sacuden once euros y yo ya estoy escandalizada perdida: “¡Si es el precio de un menú con café y postre!”. Cojo el té refunfuñando y me dispongo a darme la vuelta para enfilar la mesa. Y en ese preciso instante… ¡CRASH!

El Cachorro le ha metido un codazo a mi pastel y lo ha tirado, junto con el plato donde reposaba plácidamente a la espera de ser comido, al suelo, haciendo añicos pastel y plato. Las de la pastelería ya no se ríen tanto.

– ¿¡Pero cómo es posible esto!? – exclamo.

Por favor, es una pesadilla. No lo entiendo. No sé cómo no podemos merendar en plan normal, sin sobresaltos y sin enfados y sin gritos y sin estrés.

Don Bimbas, por su parte, ya está moneando por ahí. Y veo su pastel. El que me había asegurado que se iba a comer entero. Entero está. Solo que en el plato y destrozado. Pero entero. Como mucho le falta un bocao.

– Pablo, ¿y el pastel?
– No quiero maáááááás.
– Vamos a ver, Pablo, ¡me has dicho que querías ese y que te lo ibas a comer! ¡Come!
– No me guta.

¿Qué hago, me lo cargo? Para colmo, a mí, con lo laminera que soy, NO ME GUSTA LA TRUFA. O sea, que ni siquiera lo puedo aprovechar. Me dirijo a El Cachorro, que ya está en un sofá viendo una tele que hay ahí puesta.

– Oye, cómete el pastel de tu hermano.
– No.
– ¿Cómo que no? ¿Por qué no? ¡Si es de chocolate, como querías!
– No me gusta.
– ¿Cómo narices no te va a gustar?
– No me gusta.
– No digas tonterías, Don Papá Es Que Nos Compra Dos Pasteles. Aquí tienes el segundo.
– ¡Que no quiero!
– ¡¡Que comas!!

Así que viene con cara de resignación y pena suprema y le meto un trozo. Ahora pone cara como si le hubiera metido en la boca vómito de rata.

– ¿No te gusta?
– No.

Así que lo libero. Me cago en todo lo que se menea. EN TOOODOOOOO.

Don Bimbas, que descubro tiene los pantalones pringados de chocolate (hurra), se pone a saltar en los sillones de la pastelería.

– ¡Ven aquí! ¿Qué te crees que es esto, un parque de bolas?

Cuando voy a por él, se descojona en mi cara y se escapa.

– ¡Ven aquí!

Más risas.

– ¡Qué vengas!

Más risas y más esquivarme.

– ¡¡Para quieto!!

Lo agarro por el brazo y solo se lo quiero arrancar. Él, que es inmune al dolor, porque sí que le agarro como para arrancarle el brazo, sigue meado de la risa y haciéndome burla. ¡QUE-LO-ESTAMPOOOOOO!

Por favor, ¿cómo es posible que me hayan tocado estos niños? Ponen a prueba la paciencia del más pintado.

– ¡Poneos los abrigos, que nos largamos!

Y nos vamos. Nos montamos en el coche y llama el Señor de las Bestias. Le cuento en altavoz, para a la vez echar la peta a los nuestros dos morroskos, la supermerienda que me han dado. Y le digo que esto no puede seguir así…: “Lo malo de los críos de hoy en día es que viven en un premio constante. A mí, como mucho, me compraban un pastel una vez al mes. Ir a merendar fuera era algo especial. ¡Para estos, parece que es una obligación!” Igual que la “modita” esa de “es que los domingos se desayuna fuera””. El Señor de las Bestias se pega ese capricho y se lleva a los dos monicacos, y el último domingo, que les preparé el desayuno en casa, los dos de morros, venga protestar y venga exigir: “¡Es domingo! ¡Se desayuna fuera!” ¿¿PERO DE QUÉ VAMOS??

Por lo pronto, aquí con la menda lerenda les va a costar un tiempito volver a una pastelería…


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