Maldita la hora

Barajábamos en su día hacer un viaje en Navidad o en enero. El Señor de las Bestias se emperró con el Caribe. A mí no me parecía muy buena elección. Creía que la idea de relax que él podía tener no era tal, porque estar tumbados en una hamaca con dos críos tan pequeños alrededor, como que no iba a ser posible, y que íbamos a volver más cansados que otra cosa. Por no hablar del pastizal (a sumar) en tan señaladas fechas.

Yo prefería una escapada de cuatro días a Roma, por poner un ejemplo. Pero eso a él no le seducía nada. Que cómo iban a aguantar los dos críos fuera todo el día dando vueltas viendo cosas, que qué paliza, que qué frío. Yo no tenía problema en pasarme los días de restaurante en cafetería, de terraza en bar, de pizza en espagueti frutti di mare, si hacía falta, y ver tan solo cuatro cosillas de pasada. Pero eso no convenció al padre.

Total, que aquí estamos, en Punta Cana.

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Llevamos un día y, desde que iniciamos el viaje, nos pasamos el rato, tanto él como yo: “Pero ¿quién tuvo la idea de venir a Punta Cana?”

La primera vez, con los chillidos de Don Bimbas en el avión, nada más despegar. Sabiendo que nos esperaban nueve horas infernales por delante. “¿Pero a quién se lo ocurrió tener que ir tan lejos?”

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Después, al aterrizar por la noche (supermadrugada para nosotros), y tener a un crío espídico y al otro por el cuarto sueño ya, con un descontrol horario de narices. “¿Qué necesidad había de vacacionar en un sitio con jet lag?”

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Al día siguiente, cuando nos encontramos con el panorama de que llueve que te llueve.

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“¿Quién narices se empeñó en venir hasta aquí, en gastarse semejante dinero para recorrer más de seis mil kilómetros para estar como pollos bajo la lluvia?”. Ideítas de Jesmar. Tiene pinta de que esta pregunta va a ser el leitmotiv de las vacaciones.

En fin, ¡al mal tiempo buena cara!

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