La sargenta de hierro

En su línea (¿o debería decir nuestra línea?), El Cachorro y Don Bimbas empiezan a hacer uso de un parque indicado para niños de ocho a catorce años.

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Un niño como de diez me lo hace notar a mí, que estoy en ese momento cerca: “Es para niños mayores”. «Ya lo sé, ya, hijo».

En eso que El Cachorro, que ha subido a una plataforma, lloriquea: «Mamá, bájame». Y yo que nanay: «Si has podido subir ahí, también podrás bajar». Eso ha dado paso a más quejas, pero yo impertérrita. El crío de diez años no salía de su asombro. Yo le debía parecer «El sargento de hierro». Y tras prestarme a supervisar el descenso, El Cachorro ha bajado.

Y ha sentenciado: «Facilísimo».

Luego me voy y dejo a Don Bimbas al cuidado de El Cachorro. Y cuando vuelvo me encuentro al pequeño encaramado a un tobogán y al mayor animándole: «Vamos, Pablo, tú puedes».

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Porque, de esta manera, es como las cosas, se pueden.


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