La cara es el espejo del alma

Vamos el Señor de las Bestias y yo con los dos churritos por los mundos y el pequeño va, ¡oh, sorpresa!, llamando la atención. Es que es un niño que hasta caminando sin más despierta admiración. ¡Sin hacer nada en especial! Deja a su paso un reguero de gente que se le queda observando, divertida, y lo señala.

Entramos en una tienda y me encuentro con el comentario de siempre: “Aaaaay, madreeee, el rubio, ¡qué cara de bueno tiene!”, con toda la ironía, claro. Porque tampoco le hace falta hacer nada: tiene cara de lo diablo que es, tal cual. No engaña a nadie (si no quiere).

Es un muchachito muy payaso y bastante gamberro.

Y consigue lo que otros niños no. Es decir, en la tienda se mete por todos los expositores, tira prendas al suelo, corre y baila, que bailar le encanta. Y no os creáis que lo hace con mi beneplácito. No soy de las madres que se desentienden mientras sus hijos hacen el mal. Es un llamarle la atención y echarle gritos constante. Sin mucho éxito.

madre 3 (1)

El caso es que así como, como es lógico, los dependientes se mosquean con los niños revoltosos, ¡a este van y le ríen la gracia! Forma parte de su encanto.

Una lástima. No me ayudan nada de nada. Así no va a haber forma de meterlo en vereda. Va a tener las cosas demasiado fáciles en la vida… Menudo brujo está hecho (y con aplausos).


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