Hasta aquí hemos llegado

Se me inflan los ovarios de que Don Bimbas no me haga ni puñetero caso ya de par de mañana, y que ni se quiera lavar los dientes ni ponerse el babi ni darse prisa ni recoger ni nada, y le digo: “¡Pues hala, descalzo!”

madre 7 (1)

La cara…

A ver si aprende. Voy a hacer esto hasta que espabile. Ya me he hartado, uno, de repetirle mil veces las cosas, de ir detrás de él, y dos, de que encima me tome por el pito del sereno.

Ya le llevo amenazando con que va a ir en pijama al cole unos cuantos días. Y el tío se deshueva. Pues hoy ha sido medio descalzo y la sudadera y el abrigo sin poner. Ya se puede dar vidilla porque a Dios pongo por testigo que, como me siga toreando y no le dé la gana de vestirse, lo llevo en pijama.

Es que, qué tortura de mañanas. Lo visto, que ya está bien, porque debería hacerlo solo, pero es más lento que el Tarazonilla, y cuando le digo “ponte el babi”, se tira al suelo boca abajo y que no. Va y le da por que no. Otro día que sí. Pero otros, como hoy, que no.

– A ver, Pabler, ¿para qué haces eso? Sabes que te lo vas a acabar poniendo. ¿Por qué la montas de par de mañana? ¿No es más fácil decir “vale, mamá”, te lo pones, y empezamos todos bien el día? – Él hace como que no me oye. Ni se mueve. Su padre, que está a punto de salir de casa: “Déjalo, ya se lo pondrá”. Bien, pienso, luego contraataco.

Más tarde, cuando salgo de la ducha, voy en su busca. Me lo encuentro en su cuarto, que ha sacado TODOS los cochecitos, y puede que haya 60, y se ha puesto a jugar en el parking.

– Nooooononononono – digo mientras los recojo. – Primero, lo que tienes que hacer, y después, si hay tiempo, juegas.

Así que le pido que se lave los dientes. Pues otra cosa que pasa de hacer. Esto sucede de manera muy frecuente, lo de no querer cepillarse. Así que, tras pedirle que se lave cuatro o cinco veces, para variar, decido que en vez de abrirle la boca por la fuerza y meterle el cepillo hasta las amígdalas, para enseñarle que, si hay que lavarse los dientes, se los va a lavar quiera él o no, como suelo hacer, probar otra estrategia. Lo dejo estar y me muestro decepcionada.

Él observa mi decepción y… se larga del baño con una sonrisa, tan feliz.

– ¡Ponte el babi! – le grito.

No quiero rendirme con todo a la vez.

Salgo del baño y sigue sin ponérselo.

– Como no te pongas el babi, tampoco te pones las zapatillas y te vas tal cual al cole – le amenazo.

Se ríe en mi cara (esto lo hace bastante también). Intenta ponerse las zapatillas porque, como son nuevas, eso parece que de momento le ilusiona. Se las arrebato.

– Primero, el babi. Luego, las zapatillas.

Y me voy a seguir con mis abluciones mañaneras. Miro la hora y ya vamos megapillados.

– ¡Venga, al cole! – les apremio.

Me encuentro a Don Bimbas en el salón, abrazado a OTRAS zapatillas que le compramos, estas aún con la etiqueta. Ha pensado: “Me quita las que acabo de estrenar, pues pillo estas”. Bueno, no sabe con quién se las está viendo… Se las quito.

– Ni lo sueñes.

El tiempo corre inexorable.

– ¡¡Vengaaaa, vamoooosssss!!

Los dos están en su cuarto pillando los abrigos (bueno, eso El Cachorro, porque el otro yo ya no sé qué narices está haciendo), y yo ando recogiendo una cosa en la cocina. Y ya empiezo a escuchar a Don Bimbas llorando con el llanto de cuando el otro le está haciendo rabiar. COOOOOOÑIO. Voy hacia su habitación, como si fuera el minotauro, con unos humos de cuidado, y es tanta la mala energía que desprendo, que me resbalo y me caigo al suelo golpeándome un poquito en lo que viene siendo POR TODO.

madre 7 (2)

– ¡¡¡MECAGÜEN TODO!!! – exclamo hecha una furia – ¡¡¡MECAGÜEEEEEEEEEEEEEEEEENNNN!!!
– ¿Qué pasa, mamá? – se preocupa El Cachorro. Porque el otro sigue con su teatro, tirado boca abajo en el suelo.
– ¡¡Que me caigo porque me la liais a todas horas y en los peores momentos!! ¡¡Que me ponéis de mala leche porque estáis todo el santo día haciendo el mono!! ¡¡Que ese enano no hace NI PUÑETERO CASO A NI UNA MALDITA COSA QUE LE DIGO!! ¡¡Y tú vas y le haces rabiar, en vez de ayudar!! ¡¡Que me ponéis MALA!! ¡¡Que me he hecho MOGOLLÓN de daño, porque tengo que venir a ver qué narices pasa en vez de estar tranquila porque hacéis las cosas bien!! ¡¡YA ESTÁ BIEN!! ¡¡VENGA, NOS LARGAMOS!!

Don Bimbas, que ha considerado oportuno cejar de hacer el mongolo con el llanto, ya se está poniendo el bendito babi.

– ¡¡No da tiempo, majo!! ¡¡Agarra las cosas y te las pones cuando buenamente puedas!! ¡¡Que YA ESTÁ BIEN!! – (otra vez).

Así que se va con el babi a medio atar, con una zapatilla puesta y con la otra en la mano. Y le dejo en el hall el abrigo, que también tiene que recoger y llevar todo en la chepa.

En el descansillo, llamamos al ascensor, que tarda.

– ¡¡Pues aprovecha el tiempo y ponte la otra zapatilla!! – le abronco.

El otro, que ya ha visto que no le conviene seguir haciendo tonterías, se sienta en el suelo e intenta ponérsela. Pero llega el ascensor.

– ¡¡Levanta!!

Se levanta con la zapatilla en la mano, deja el abrigo en el suelo.

– ¡¡El abrigo!!

Lo coge, se mete en el ascensor. Y así, hasta la calle, como habéis visto.

Una vez en el coche, se logra poner la zapatilla. Yo voy hablando con El Cachorro, que hoy expone un trabajo. A punto de llegar al cole, el pequeño, con vocecilla:

– Mamááá…

No le contesto.

– Mamááá – prueba suerte otra vez.

Ni caso.

– Mamááá.
– ¡Qué! – Un “qué” alto, seco y cortante.
– Que Eva me ha disho – (no sé quién narices es Eva) – que con estas zapatillas puedo volá y pamién puedo nadá.
– Pues no, no puedes volar con esas zapatillas –. ¿Puedo ser más borde? Pero esto él lo hace mucho, llevarme al límite, cabrearme todo lo posible, y luego hacer como si nada, transformándose en el niño más cariñosito y obediente del mundo. Y hoy no le cuela.

Cuando estoy aparcando, nos encontramos con los vecinos que van al mismo cole, que nos saludan contentos.

– Venga, desátate y sal – le digo a El Cachorro.
– Yo no puedo, mamita – me dice, de nuevo con vocecilla, Don Bimbas. “Mamita”, tú. Está COMO LA SEDA.

Así que bajo, lo desato, y le pido que se ponga la sudadera y el abrigo. La vecina madre dice que va tirando con El Cachorro, que se aleja mirándome con cara de pena:

– Enseguida voy, cariño. Os alcanzo.

Ayudo a Don Bimbas con la sudadera, que, obediente, está procediendo a hacer todo lo que le digo pero mal, y si dejo que lo siga haciendo él solo nos dan las uvas, y vamos corriendo a la entrada.

Dejamos a El Cachorro en su fila y acompaño a mi pequeño tormento a su clase.

– Anda, dame un beso.

Y me ha dado un beso muy tiernito (qué rico es, el jodido). Y yo me pregunto si lo de hoy le habrá calado o si mañana irá al cole en calzoncillos. Seguiré reportando.


Deja un comentario *
* Tienes que pertenecer al Club Cosmo para poder hacer comentarios