Excursión

Me caracteriza ser una tía muy echada p’alante. En lo que respecta a mis hijos también. Enseguida me animo a hacer cosas con ellos que en principio el resto de los mortales no hacen habitualmente con sus vástagos: trepar, viajar, visitar ruinas, montar en canoa… Así que cuando el pesado de la playa nos aseguró que a la excursión a la isla de Saona se podía llevar críos sin problema en la lancha rápida (“donde os podréis poner en la parte de atrás, sin salpicaduras y en sombra”) y en el catamarán, y que por supuesto con el carrito, no me hizo falta pensarlo dos veces. Y la contraté.

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Ese día había que madrugar. A las siete se salía. Cuando nos acercamos a un minibús que estaba en la puerta del hotel esperando, observo que es demasiado mini y que está hasta la bandera de gente. Los guías que están al lado, los típicos que medio te ignoran, que solo van a ver si tienes el tique, que no saben muy bien dónde meterte, que ni una sonrisa ni mirada de aprecio, lo único que me dicen es: “El carrito no lo va a utilizar, déjelo en el hotel”. Pero yo soy perra vieja y me conozco las excursiones de días completos, y me conozco a mi hijo (al que le cuesta dormir y fuera de casa solo lo hace ahí) que tiene solo un año, y me conozco a mí misma. Y cuento con todo lo que llevamos dentro del saco del carrito y colgando en bolsas del carrito. Y me niego: “El carrito viene con nosotros”. Eso les produce un manifiesto fastidio, y lo meten en un maleterillo absurdo bien sucio que tiene el vehículo, de cualquier manera.

Nos hacen subir y pretenden que nos sentemos en los huecos, separados. “Mira, no. Vamos con dos niños pequeños y necesitamos sentarnos juntos”, y acabo yo organizando a una tipa que iba ancha (es un decir, en esa mierda de minibús) en un asiento, metiéndola cerca de sus amigos con otro que también iba solo para, al menos, sentarnos alguno de nosotros dos con alguno de nuestros hijos.

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Y luego viene cuando tienes que aguantar cómo esos mismos guías ariscos, los que casi me escupen cuando hemos llegado, cambian el chip en plan “ahora empieza mi trabajo y tengo que animar a este ganado y decirles las mismas gilipolleces que repito todos los días”, y uno de ellos esboza una sonrisa, se presenta en plan tope colegui, y nos pide que contestemos, alegres y pizpiretos, al unísono, “buenos días”. Y, como borregos, todos, rusos, franceses, ingleses y portugueses: “¡Buenos díaaaaasssss!” El otro: “¡No os oigo, venga, más alto”. ¿Quién se cree que es, Fofito?

A mí esa hipocresía, esa simpatía de palo, me saca de quicio. Me saca de quicio que se note. O eres simpático desde el minuto uno, es decir, desde que nos recibes a pie de minibús y exiges el pago de lo que falta para ir a la excursión, con amabilidad y cortesía, o si no luego, cuando decides convertirte, no me vengas con que te contestemos “buenos días” como si nos acabara de tocar el Euromillón, porque ya me has puesto de mala leche. So bobo.

Después de soltar el típico y manido discursito de que cinco minutos dominicanos equivalen a media hora, y que no debemos estresarnos (vine a este país en el 97 con compañeros de la universidad y te soltaban la misma gracia), descubres que eso lo aplican a lo que les da la santísima gana, porque cuando les conviene, bien que corren. O sea, que para parar a mitad de camino para echar un cigarro o un pis, como si nos hicieran un favor, casualmente en una tienda, sí que hay tiempo, pero cuando llegamos a destino y nosotros tenemos que montar un carrito de bebé, “corre, corre, que tenemos que coger la lancha”. “No te estreses, macho”, le digo al guía jefe, que es el que nos maneja desde el minuto uno. Y él aprovecha para recordarme que no voy a tener que utilizar el cochecito del bebé, que es mejor que lo deje en el maletero. “No, gracias”, y lo llevo. Y siento cómo el tipo me odia.

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Nos montamos en la lancha (y es un circo hacerlo, con el carrito en volandas, los niños, las bolsas… para que no se mojaran). Somos los últimos. Y nos sentamos en los primeros asientos; separados, claro está, dos delante y dos detrás. El resto de la lancha no solo estaba ya ocupada, sino que además no cabía un alfiler más. “Nos hundimos”, pienso, “esto ha superado aforo desde hace veinte personas”. El carrito del bebé lo meten (por no decir lo arrojan) en un hueco de la lancha. De nuevo cagándose todos los dominicanos que se encargan de la excursión en mí.

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A los primeros asientos no llega el toldo y el sol nos da de pleno. Y en cuanto nos ponemos en marcha compruebo que estamos en la zona donde el mar nos va a sacudir de lo lindo.

Nada más salir de la playa, nos paramos. Dentro del planning figuraba un esnórquel muy chulo de veinte minutos. Resulta que es como a doscientos metros de la orilla, al lado de unos barcos amarrados, con un mar picado, un viento considerable, una brisa fresca, y “venga, ya, ya, al agua el que quiera tirarse, hay gafas al final”. Cuatro pringados, porque no apetecía nada de nada meterse en el agua, deciden saltar. El resto, esperamos en la lancha. Esos veinte minutos a mí me parecen cinco. No digamos a los que se tiraron. Todo como muy corriendo y muy chapucero. Un horreur.

Emprendemos de nuevo la marcha y ya la lancha se pone fiera. Tal y como me temía, nos empieza a salpicar el mar en toda la cara y El Cachorro se pone a llorar porque le pican los ojos (por el agua salada).

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Yo me preocupo también por la piel blanquita de mi bebé, que está sentado detrás de mí con su padre. Me empiezo a poner negra. Pero negra. Y no precisamente por el sol que nos está dando de lleno (o no solo por eso, porque nos estamos torrando).

El viaje en lancha rápida me está pareciendo lento. Especialmente lento. En teoría eran 45 minutos hasta la isla y yo creo que llevamos navegando hora y media ya como mínimo. Un viaje incomodísimo, todos como sardinillas en lata. Y los guías repartiendo ron a ver si no nos enteramos de la jugada, pero sí. El truco del ron para universitarios, vale, pero en esa lancha de ochenta personas o más, debía haber solo tres jovenzuelos con ganas de fiesta. El resto solo teníamos ganas de llegar ya adonde fuera. Pero no hay manera. Nos adelantan hasta los pedalos, a nosotros, los de la lancha rápida. Y a la postre sí, tiene un problema, nos comunican. Y parece que es de sobrepeso. Justo lo que yo pensaba.

A todo esto ya llevamos tiempo pasando frío. La temperatura no es muy alta y hace viento. A El Cachorro lo tapo con una toalla y lo rodeo con mis brazos (con piel de gallina). No quiero ni pensar en cómo están los cuatro del esnórquel.

Pero cuando el viaje se pone verdaderamente interesante, es cuando, con tanto floash, floash encima de las olas, p’arriba y p’abajo, Don Bimbas decide hacer aprecio al movimiento y ponerse a vomitar. Yeah. Para qué queremos más. Pringado de arriba abajo.

Por suerte, si es que podemos considerar ese factor, pronto paramos en otra zona en el mar donde hay una piscina natural con estrellas de mar. Otro momento para tirarse al agua. Y para lavar al enano de arriba abajo y aclarar su ropa asquerosa.

Aquí la parada es de cuarenta minutos. Aprovecho para decirle al guía listillo: “Oye, que para cualquier otra cosa que vayamos a hacer o a la que nos vayamos a montar, te pido que tengas en cuenta que tenemos niños pequeños y que nos reserves un sitio un poco en condiciones, que el bebé se me ha hecho a l’ast bajo el sol y el otro está incomodísimo con el mar en la cara todo el rato”. Como es un chulo de libro, me contesta: “Haberlo dicho, no lo puedo adivinar”. No es adivino y debe ser sordo y ciego, porque estaba a mi lado y ha oído a mi niño quejarse y ha visto como intentábamos proteger al pequeño del sol abrasador. “Por eso te lo estoy diciendo. Como no lo has adivinado, te lo digo. Te estoy diciendo que, para la próxima, te ocupes”. Pero qué lerrrrdo es este señor, por el amor de Dios. Qué ganas de ahogarlo.

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En fin, ahí decidimos meternos los cuatro, donde aparte de las pobres estrellas de mar que coge todo el mundo, nos esperaban unos dominicanos pertrechados con cámaras de fotos que te hacen posar con ellas como sombrero.

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Todo el mundo trajinando con las estrellas y haciéndose fotos. Y todo también como con prisas. No me he estresado tanto en mi vida. Ahí, en el país de “tranquiiiiiiila, muchacha, que estás de vacaciones”.

Tras el baño, en el que he sufrido bastante por esos bichos, pasan a algunos pasajeros a otra lancha y ya no vamos como piojos en costura. Ahora tengo hasta asientos donde puedo extender la “colada”.

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Nos dirigimos a nuestro destino final, que yo estoy pensando ya en que antes encontramos la Atlántida que llegar a esa isla que dicen que es tan bonita pero que a mí ya no me hace ni ilusión.

Desembarcamos y ahí nos enteramos de que tenemos que andar un trecho bastante largo porque al punto donde teníamos que haber llegado con la lancha, ha sido imposible por el oleaje. Nos han tenido que dejar en otra parte de la isla. Y entonces es cuando uno de los guías nos reconoce que menos mal que hemos llevado el carrito del bebé, que no podíamos haber realizado ese trecho con él en brazos, arrastrando al otro y llevado las cinco bolsas pesadas que llevábamos.

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De todas maneras, para el Señor de las Bestias tampoco supone la panacea. Aquí lo veis recién llegado y caminando por una pista de tierra más o menos transitable. Pero enseguida la cosa se pone morrocotuda, con pura playa. Arrastrar un carrito repleto de cosas que pesan (incluido el bebé) por la arena es una de las experiencias más extenuantes que existen, y él acaba al borde del colapso. Y desesperado. Para colmo, no hacíamos más que pasar zonas y zonas de playa en las que no había nadie, con tumbonas vacías…

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… donde nos decían que no nos podíamos quedar, y al final, yo creo que tres kilómetros después, nos hacen llegar a un cacho de playa donde tenemos que estar todos hacinados, en plan Benidorm en agosto. ¡Venga ya!

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Para colmo, hay que comer. Y la cola llega hasta Madrid. ¿En serio? ¿¿En serio?? ¿Nos han dicho que ahí íbamos a estar tres horas, hemos perdido veinte minutos en una caminata y ahora vamos a perder otro tanto en una cola? Y, sí, en efecto.

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Después de media hora de cola, ponte a comer. Y después, comprueba que solo te queda una hora de playíbiri. Es que estoy a cinco minutos de pillar una recortada y cargarme a todo quisqui, primero a los guías y luego a todos los bañistas, aunque no tengan culpa, pobres, pero odio a todo el mundo.

Cuando por fin ya logro estar en la playa, que apenas disfruto, y termino de jugar con mi hijo a saltar olas…

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… decido que quiero dar un paseo, al menos para llevarme la sensación de que he hecho una paliza de excursión para algo, para ver o sentir algo parecido a un anuncio de Fa. Como mi amigo el guía es incapaz de darnos mucha información, me acerco para preguntarle que a qué hora partimos. “En cinco minutos”, me dice. “A ver, si has dicho que íbamos a estar tres horas y hemos venido a las doce y media y son las tres menos cuarto, supongo que al menos media hora más estaremos, ¿no?”, y me contesta: “Sí, sí. En cinco minutos salimos”. Insisto: “¿A qué hora?” Y él, con su cantinela de los cinco minutos. Incapaz de decirme algo más. ¡¡Es que ni escucharme, el estúpido de él!! Estaba ocupado sacando fotos a turistas para luego vendérselas.

Con las mismas, hago yo mis propios cálculos y decido dar el paseo que quiero hasta el final de la playa y volver. Algo que me va a llevar un cuarto de hora como mucho. Que me conozco el percal, el país y a los mamarrachos. El Señor de las Bestias me pide que no tarde mucho.

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Y no tardo mucho. Cuando vuelvo, un cuarto de hora o veinte minutos después, el monicaco del guía sigue a lo suyo, sacando fotos a rusas que ponen morritos. ¡¡Es que me lo voy a cargar!! Y luego el padre de mis hijos me cuenta que sí que ha visto cómo me iba yo caminando por la orilla y que le ha sentado fatal: “¡Adónde va, nos vamos ya!” ¿¿Ya, bobo de Coria?? ¿¿Ya?? ¿¿Ya, que llego de mi paseo y ahí estás tú sacando fotos a ver si pillas cach… unos dólares más, importándote el tiempo y las vacaciones de la gente una puta mierda?? Voy a respirar hondo mientras cuento hasta diez porque si no voy, le cojo la cámara y se la estampo contra una palmera.

En fin, la vuelta fue lo mismo que os he contado de la venida. Es vernos en rebobinado.

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La única diferencia es que en vez de volver en lancha, lo hacíamos en catamarán. Un catamarán que también llevaba gente hasta en el palo mayor. Un catamarán con la música a tope y que repartía ron a diez de las cien personas que íbamos montadas con cara de “nos han tomado el pelo pero a base de bien”.

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Por cierto, ¿no decís nada del palo que estáis viendo? Es el auténtico palo-selfie. El palo-selfie rústico. Invento del Señor de las Bestias.

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Total, ¿eh? Bueno, era para distraer el tema, porque el día este es para olvidar. Qué dinero más malgastado. Qué mala sensación. Qué tremendo cansancio. Qué asco.

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Y luego me pegué el resto de los días de mis vacaciones esperando encontrarme al que me vendió la excursión en la playa para cantarle las cuarenta. Porque no es una excursión para niños. Y porque no se puede intentar vender las cosas a toda costa. Que me cago en todo. Pero no tuve suerte… Él sí.


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