¿Estas cosas solo me pasan a mí?

Me llaman del cole. Don Bimbas tiene 39º de fiebre y tengo que ir a recogerlo. No me sorprende, pues esta mañana, al despertarlo, lo he notado caliente. El termómetro marcaba 37,7º (ayer lo llevamos en bici con pantalón corto porque creía que el día iba a “caldear”, y resulta que se puso a hacer otoño). Decía que estaba “malito”, pero le había dado un chute confiando en que se le pasara. Y no.

Y menos mal que estoy en paro. Estas son las típicas cosas que te revientan el día y hacen que te miren con el ojo torcido en el trabajo, por tener que largarte.

Voy a por él y llegamos a casa a las tres y diez. Llamo a la chica que trabaja en casa para avisarle de que hoy, cuando vaya a las seis al cole a recoger a mis dos niños de las extraescolares, solo deberá ir a por uno. Cuando cuelgo me doy cuenta de que hoy es el día que viene antes a casa, a las cuatro, que lo hago así para que le dé tiempo a limpiar la casa un poco antes de que tenga que recoger a mis pimpollos, y que se lo podía haber dicho de viva voz en un ratejo. Y a ella, por lo visto, le ha dado corte decírmelo.

Llega la chica a casa y se pone a limpiar. Le reitero que me quedo en casa con el pequeño mientras ella va a por el mayor. A los diez minutos caigo en que yo, a las seis, tengo rehabilitación. ¡Horror! Y mi hijo sale a las seis. Y no tengo el don de la ubicuidad.

Pero no puedo mandar a la chica en bus porque Don Bimbas no puede moverse de casa en su estado. O al menos, no con el trajín que implica ir y volver en autobús de línea. Tengo que ir yo.

Así que voy y aviso en el fisio de que llegaré tarde.

En el cole, precisamente hoy, abren la puerta a las 18:05 en vez de a en punto, como deben. De todas las extraescolares, precisamente faltan los de judo, a la que hoy va mi hijo. Los veo aparecer en lontananza. Caminan como si les pesaran los pies siete kilos cada uno. Y no veo a El Cachorro. Me dirijo a la profe.

– ¡Ah! Es que no encontraba su calzado y se ha quedado buscándolo – me dice.
– ¿Dónde?
– En el polideportivo.

Voy. Al acercarme, veo que El Cachorro se asoma por la puerta, me ve y desaparece. Entro. Está como escondido. Le grito.

– ¿¡Se puede saber qué haces!?
– ¡Buscar las zapatillas!
– ¿Escondido?
– ¡No! ¡Es que estaban por aquí!
– ¿Dónde las has dejado?
– ¡Por aquí!
– ¡¿Y por qué narices no están?!
– ¡No sé!
– ¿¡CÓMO SE PUEDEN PERDER UNAS ZAPATILLAS?! ¿¡PRECISAMENTE HOY!?

Me pongo a sortear, encaramarme a, brincar en y levantar colchonetas. Las encuentro por fin. Llevo un cabreo mayúsculo. Salimos al patio. El Cachorro detrás de mí, que voy flechada con una uva fina, perdiendo el resuello. No hay ni Blas. Es un escenario post ataque nuclear. Voy hacia la verja.

– Estará cerrada – se atreve a observar El Cachorro.
– Ya – contesto escueta y tajantemente.

Pero un chaval sube desde la verja. Es quien la acaba de cerrar.

– ¡Hola, ¿me abres?!
– Uff, ¿no te importa salir por la otra puerta? Por no volver a abrir… – Está a dos pasos de la verja, el desgraciado.
– ¿Por qué puerta?
– Por la principal. – que está JUSTO EN LA OTRA PUNTA.
– ¿Por dónde voy?
– Por el colegio.

O sea, atravesándolo ENTERO por dentro.

Entro, jurando el arameo.

– Hoy, ¡me la tenías que organizar precisamente hoy! – cargo contra El Cachorro.

Nos topamos con una chica de la limpieza.

– Perdone, ¿adónde va? – Me pregunta de manera un tanto seca, que le ha faltado decir: “¿Adónde cree que va, lista de las narices?”
– A la puerta, para salir.
– ¿Por qué no sale por la verja?
– Porque quien la ha cerrado no ha querido volverla a abrir.

Dicho en un tono que creo que ha comprendido que no estaba el horno para bollos. Así que se ha echado a un lado y he podido seguir mi camino refunfuñando.

Hoy, precisamente hoy, que había llegado antes que nunca, que había aparcado justo enfrente de la verja de salida, por primera vez en cuatro años tengo que hacer turismo escolar y salir por la otra puerta, y que andar, mucho.

Yo tenía que estar saliendo del cole a las 18:01h y son las 18:21h.

Voy a casa follada como alma que lleva el Diablo.

madre 17 (1)

Le digo a El Cachorro que suba corriendo él solo. Y de ahí, al fisio. Que, cuando entro a la sala, como a las 18:37h, me dice la muchacha:

– Llegas un poquito tarde… – así, como con sorna.
– He avisado.
– ¡Ah! Es que no me han dicho nada.

¡Pues a pastar! Cooooño ya con el diíta.


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