Escuela de Shakespeare

Estamos dando un largo paseo por el campo. Cómo no, mis hijos se entretienen por el camino y se rezagan. Nosotros vamos parando pero también retomando la marcha para ver si nos siguen, porque si no no caminaríamos absolutamente nada. En una de las ocasiones le pasa solo a El Cachorro lo de quedarse atrás, y oigo, en un lamento desgarrado: «¡Por favor, no me dejéis atrás!»

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Ay, pero cómo es de trágico. De verdad que es un teatrero de cuidado.

El día anterior, volviendo a casa desde el centro de Pamplona, se nos escapa el autobús. En Pamplona todo está cerca, menos nuestra casa. Sobre todo cuando nos hemos pegado una paliza. Mi madre, además por otras circunstancias, estaba muy cansada. Así que decido adelantarme para coger el coche aparcado en casa y volver a por todos, a por mis padres y a por mis hijos. Y echo a andar deprisa, casi a correr.

Y en esto que mis hijos, sí, esos por cuya culpa hemos perdido el autobús, porque cuando les hemos dicho que corrieran, que teníamos prisa porque se nos iba a escapar, no había manera de que espabilaran y han tenido que subirse a todos los bordillos, se han tenido que parar a mirar cualquier idiotez y han remoloneado lo más grande, cogen y se ponen a correr detrás de mí.

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“¡Mamáááááá, yo quiero ir contigooooooo!” El Cachorro, desgañitado. “¡Mamááááá, espérameeeeeee!” Yo me daba la vuelta y lo mandaba para atrás, con los abuelos. “Vuelve, que voy demasiado rápido y te vas a cansar, no puedes ir a mi ritmo”. Volvía a caminar. El otro detrás. “¡Nooooooo, yo voy contigo, no me voy a paraaaaaar!” ”¡Pero si me acababas de decir que estabas cansado!”

Por supuesto, donde va El Cachorro y lo que hace El Cachorro, va Don Bimbas y lo hace Don Bimbas. Así que si uno iba detrás de mí gritando “mamá”, el otro iba detrás de él gritando “mamá”. Un espectáculo por la acera. Dos críos berreando y su madre escapando.

Si no me he vuelto doce veces para decirles que no me siguieran, no me he vuelto ninguna. Y daba igual que cada vez estuviera más enfadada.

El Cachorro, lo que os digo, elevaba la intensidad del drama: «¡Mamá, no me hagas estoooo!»

Yo cada vez estaba más enfadada, aunque tronchada por dentro, sobre todo con el «¡mamá, no me hagas estoooo!» Cualquiera que lo oyese, madre mía.

No recuerdo qué les dije para convencerles de que se tenían que quedar con los abuelos. Una mezcla de “vuelvo enseguida”, con “cuidad a mis padres” y “os vais a cansar y yo no podré ir tan deprisa”, no sé ya si aderezado todo con una amenaza o con una cara de pocos, muy pocos amigos.

Y ya por fin liberada de ellos y yendo a casa con la lengua fuera, sí que pensé en la paradoja de esta situación. Si les llego a pedir que me acompañaran corriendo, sé, porque LO SÉ, que jamás lo hubieran hecho. Habrían protestado, sacado mil excusas, el pequeño lanzando los bracitos para que lo cogiera aúpa, como hace siempre, y el mayor quejándose de dolor de piernas o de pies o de uñas o de lo que fuera. JAMÁS HABRÍAN VENIDO CONMIGO. JA-MÁS.

Pero es que la vida es puro teatro.


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