Entre el odio profundo y la solidaridad fraternal

Se enfada El Cachorro con Don Bimbas: “A mi qué me importa Pablo”, me dice. Qué le habrá hecho para que esté tan enfadado. Continúa: “Que se busque otro hermano”. Y por si todo esto fuera poco, remata: “Tíralo por la ventana”.

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No se anda con chiquitas, El Cachorro.

Pero es que Don Bimbas un poco de mala vida sí le da. Por ejemplo, cuando El Cachorro sale por la mañana de casa con un avioncito en la mano para ir al cole. Don Bimbas se lo empieza a reclamar desde el minuto uno. Pero es que Don Bimbas pide las cosas y cuando le preguntas que, si después de que su hermano se las deje, cuando se las pida de vuelta, se las va a devolver, dice que “ti” y luego es que no. Así que hoy le insisto especialmente: “Cariño, ¿si te deja el avión se lo vas a devolver cuando te lo pida?” “¡Ti!” “Seguro, ¿eh?, luego no me vengas con que no, porque no te dejará nunca nada más”. Su hermano, que es maravilloso, le deja el avioncito. “Asias”, dice Don Bimbas todo contento. Yo le hago notar que ha tenido una suerte inmensa con su hermano mayor. El hermano mayor aprovecha para decir que sin embargo él no ha tenido nada de suerte con el hermano que le ha tocado. Cuando le pregunto por qué dice que porque es pequeño y porque le repite todo lo que dice, y eso lo saca de sus casillas. En efecto, mientras me cuenta todo esto Don Bimbas repite (a su manera, porque sigue sin hablar) todo lo que dice. El Cachorro, de los nervios.

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Para redondear, cuando aparcamos donde el cole le pide el avioncito a su hermano y, como me temía, Don Bimbas dice que NO se lo da. Yo me enfado, le insisto en que habíamos hecho un trato. Pero a mi pequeño se la pela. Así que le arranco el avioncito de la mano y se lo devuelvo a El Cachorro. Entonces, como era también de esperar, el pequeño se cabrea y se arranca la tirita molona que lleva en el dedico índice porque esta mañana no sé qué le dolía y se la hemos puesto y andaba tan feliz con ella, y la tira al suelo del coche. El Cachorro cizañea: “Ha tirado la tirita al suelo para que tu coche esté sucio”.

Cuando lo saco del coche, cojo la tirita del suelo y se la pongo en la mano y le obligo a que la tire a una papelera. Don Bimbas protesta, dice que a la basura no, pero a la basura sí, por mis narices.

Total, el camino al cole, un drama. Yo se lo explico: “A ver, que te la has arrancado y la has tirado, así que la tirita ya no servía. Y si se tira, hay que tirarla a la basura. Y ya es hora de que aprendas que esa mala gaita no te va a llevar a ningún lado”. Pero mi lógica explicación no hace mella en él y sigue con su disgusto a cuestas.

¡Y en esto que El Cachorro, que desconoce el rencor, empieza a compungirse porque qué pena que le está dando su hermano! ¡Que por qué he tirado la tirita a la basura!

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Mira, de verdad, no puedo con ellos. Así que el camino al cole lo he hecho con dos enanos llorando. Uno de disgusto y rabia y otro de empatía suma y pena mora. Es más, cuando vamos a dejar a El Cachorro en la cola, como siempre, no se separaba de mí, como en los viejos tiempos, cuando empezó el cole, que no había manera humana de que entrara normal. Que qué pena le daba su hermano, que es que le daba mucha pena. Una congoja supina. “Venga, va, o sea, esto no puede ser. A tu hermano se le va a pasar en cuanto te des la vuelta”. Entra a regañadientes en el cole cuando suena la sirena, junto al resto, y una vez dentro… ¡se escapa y vuelve a salir corriendo, preocupado y lloroso! Lo ha interceptado la conserje y lo ha metido de nuevo para dentro.

¿¡Será posible!?

No, si por hache o por be, siempre están estos dos montando un número a la entrada del colegio. Si no es por algo así, es por todo lo contrario. Otro día una madre que estaba a nuestro lado a la hora de dejar a los niños en el cole le ha entrado la risa al ver cómo se despedían mis hijos. Se han dado un beso.

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No pueden ser más monos porque es imposible. De lo tierna que me parece la escena, les pido que lo repitan para inmortalizarla con una foto. Y coge Don Bimbas y hace otra de las cosas que suele hacer en esta situación: se le cuelga a El Cachorro como un mandrilillo.

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Son mundiales.

Y cuando están así, es gloria bendita.

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¡Gloria bendita! Y punto.


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