Eclipse de riesgo

Decidimos ir a ver el acontecimiento del año, que es la luna de sangre, un eclipse total de la Luna con Marte merodeando…

Para ir al campo para verlo en todo su esplendor, hay que coger, por supuesto, el coche verde (el Santana militar antiguo). Y llevarse a unos vecinos.

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Claro que, en nuestra línea, a las horas a las que vamos, a un cuarto de hora de que el eclipse alcance su cénit, no podemos llegar muy lejos. Así que vamos a tener que ir a las afueras más cercanas, a algún lugar que esté algo despejado y haya baches para divertirnos con el coche.

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Cuando el Señor de las Bestias coge un desvío por un camino de tierra, veo que la zona no es, digamos, la más bucólica del mundo. Resulta que hay chabolos y quinquis y yonkis. Y un coche destartalado, que parece una kunda, con el que nos cruzamos, y al que El Cachorro, asomando medio cuerpo de nuestro coche, saluda con efusión: “¡Holaaaa!”

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Supongo que los de dentro debían pensar que era consecuencia de los alucinógenos…

No encontrábamos un promontorio a nuestro gusto, y en nuestra búsqueda, bien de polvo. Polvo y más polvo. Tanto polvo que yo ya veía eclipsado todo, no solo la luna.

Al final, por fin, en un lugar entre Getafe y Vallecas, encontramos el sitio ideal.

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¡Y llegamos a tiempo!

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Ha merecido todo la pena las prisas, masticar polvo e intimar con yonkis.

Y ya que estamos con esta temática, os cuento que Don Bimbas no es muy de esforzarse dibujando (bueno, no es mucho de esforzarse en general). Solo hace rayajos y, como mucho, caras de las de círculos raros, dos ojos, cada uno de un tamaño, un palo por nariz y una boca que no se sabe si el monigote ríe, llora o tiene un ataque epiléptico.

Pues hoy me ha sorprendido cuando se ha asomado al estudio y me dice: “Mira, mamá, el sol”.

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Oye, y muuuuuy conseguido.


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