Doña Pupas

Menuda toña me acabo de pegar con la bici. Iba subiendo una cuesta por la carretera y he decidido que, para dirigirme al sitio al que tenía que ir, acortaba un tramo yendo por la acera. Y ahí iba yo, creyéndome Induráin, resuelta a acometer el bordillo con un ágil salto, que además era el de un bordillo bajo y asequible.

Pero necesitaba hacer una pequeña parábola, y el coche que ha aparecido a mi lado no me ha dejado. Y eso que vas hacia el bordillo de lado y sabes que te vas a caer, y que deberías abortar el salto, y aún y todo mantienes la esperanza de que te vaya a salir… Pero no. PUM. A morder el polvo.

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Me he dejado la mano clavada. No sé si se me ha metido asfalto dentro. Un dolor que te cagas. También en la rodilla. Y, oh, horror, me he roto las únicas mallas de deporte que tengo, que además me encantaban. Agujeraco al canto.

Dolor también en el culo. Y en algún otro sitio. Un cuadro.

Y entre el accidente en bici y que en la otra pierna tengo una herida del quemazo que me produjo caerme al suelo clavando ambas rodillas, haciendo que me moría en la clase de Improvisación a la que voy, así como un moratón que no sé de dónde diantre ha salido, ¡parezco mis hijos!

Porque ellos van finos también.

El mayor.

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Y el pequeño.

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Y aquí andamos los tres, comparando heridas.

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Vamos con las rodillas a juego.

Lo de que tener hijos siendo viejales, te rejuvenece, ¿era esto?


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