Don Manías

Don Bimbas hace una trastada, tira algo o la arma, y El Cachorro no se ríe. El Cachorro se T-R-O-N-C-H-A. Son carcajadas que más a gusto no las he oído proferir nunca.

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Lo preocupante es lo que anima al pequeño para que continúe haciendo el mal. Vamos, que entre todos lo estamos consintiendo de lo lindo.

Porque hace lo que quiere, y si no coincide con lo que queremos los demás, vamos listos. Lo de aprender a vestirse y desvestirse solito, no lo hace porque yo se lo diga; de hecho, si es cosa mía, ya puedo esperar sentada. Se viste y desviste porque sale de él…

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Aunque no con el resultado esperado.

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Él no se desviste/viste; él se pelea. Y va perdiendo.

Como este asunto no lo domina, se vuelca de lleno en su meticulosa manía. Es la de colocar los zapatos: siempre a ambos lados de los de su hermano.

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Y las chanclas.

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Aquí, cuando los dejaron para subir a unas camas elásticas.

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Y escribo esto mientras estoy tirada en la cama y el protagonista del tema rondando alrededor. Cuando voy a levantarme y me voy a poner mis chancletas…

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¡Jajaja! Simetría perfecta.

Pues nada, entro a formar parte del juego. Yo, encantada. Hay un igual a mí en casa, un pequeño maniático.

Aunque espero que no se salga de madre, que miedo me está dando… Es maniatiquito para estas cosas simpáticas, pero un MANIATICAZO de narices para las demás. Por ejemplo, le lava los dientes su padre y deja su cepillo momentáneamente donde le cae bien.

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Don Bimbas empieza a lanzar uno de sus gritos rompetímpanos. Es por el cepillo. Hay que ponerlo en su sitio, al lado del de su hermano.

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Ese es todo su drama.

Porque las cosas tienen que estar EXACTAMENTE a su gusto. Pongamos que le tenemos que colocar las zapatillas. Llevo al salón las suyas y las de su hermano y las coloco como en fila. El Cachorro, al ponerse las suyas, mueve una de las de Don Bimbas. Bueno, bueno, bueno. Pues ya se china y se levanta y la coge y la pone donde estaba con un categórico: “¡Aquí!”, que no ha lugar a discusión alguna. Y ya vuelve a respirar y a hacer vida normal.

Las cosas tienen que estar de una determinada y particular manera, la suya, o se china. Le damos pizza.

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Es un trozazo, con lo que se le dobla y se le cae. Su padre decide cortarla por la mitad. Pues ea, a fruncir el ceño y cerrarse en banda. Ya no quiera comerla. Ha tenido que darle su trozo entero para que volviera a la normalidad.

Uffffffffff.

Y en esta ocasión se ha conformado y no le ha dado por redoblar su protesta. Porque es normal verlo como Dios lo trajo al mundo.

– ¿Qué haces en culos? – le pregunto.
– Es su forma de enfadarse – me dice El Cachorro.

Es muy divertido observar cómo El Cachorro se ha arrogado el papel de intérprete de su hermano. Me cuenta cómo es él y qué hace de una forma entre evidente y resignada. En plan: “Esto es lo que hay”.

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¿Qué hacemos con este superrebelde?


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