De travesía

Mirádmelos, parecen los niños más chungos del vecindario…

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Jajaja. Vaya par.

Bueno, pues los chungos no se van a rapear, sino que este es su atuendo campestre. Hoy nos vamos de excursión a ver una caída de agua.

Para empezar, cuando llegamos al pueblo punto de partida, nos ocupamos de coger fuerzas. Ya sabéis, torreznos, cerveza y unos buenos bocatas. Y esperando la comida, mis chungos desaparecen. Ahora se dedican a hacer el majico.

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Pero qué brujos.

Después de comer, que yo me hubiera tirado en un césped para hacer la digestión, decidimos ponernos en marcha. Si no, es verdad que se nos hará tarde, de noche, nos cansaremos y la cascada la veremos en una postal.

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Iniciamos el trayecto. A los 200 metros de empezar, ya El Cachorro se queja: “Estoy cansadoooooo”. La opción de la postal va ganando enteros.

Para contrarrestar esa desgana, me tengo que dedicar a promocionar la cascada, que no conozco, como si fuera la imagen más maravillosa y espectacular que verán en sus vidas, remarcando que hay agua a raudales. El agua les mola, así que el objetivo al menos es atractivo.

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No sé ni cómo, porque Don Bimbas pasa también de andar y lo tenemos que llevar aúpa, sobre todo su padre, y ya pesa lo suyo, pero acabamos llegando.

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Allí damos todos unos cuantos saltos arriesgados.

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La gente con la que coincidimos está haciendo apuestas para ver a cuál de nuestros dos hijos perdemos primero.

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Aquí donde lo veis, el pequeño está a dos días de cumplir DOS AÑOS Y CUATRO MESES.

Cuando empiezo yo ya con las fotos de rigor, El Cachorro, que tiene el espíritu de una cabra, empieza a trepar por una pared inclinada con cierto peligro. El Señor de las Bestias acaba acompañándole. Don Bimbas y yo nos quedamos abajo.

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Veo que llegan a la cima. Nos saludan. Saco fotos. Me dan envidia.

Así que le pregunto a Don Bimbas si quiere escalar y le falta tiempo para encaramarse a la pared, que ya digo que es curiosa.

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Voy detrás de él alucinando de cómo sube. La gente que está abajo lo flipa. Sé que cuando llegue a la cima me coronaré como la madre más irresponsable del trimestre.

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Cuando alcanzamos a los otros dos, El Cachorro ve otro pico más arriba y propone que vayamos. Y vamos. Pero una vez allí hay otro pico más arriba. Y vamos. Y eso no tiene fin.

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Nos vamos a acabar escalando la montaña entera.

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Nos escalamos la montaña entera.

Los dos “montañeros” con los que nos cruzamos alucinan en colores. Están ellos y nosotros cuatro. Don Bimbas a veces escala y a veces va a hombros de su padre.

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Y en esto que el padre, no sé ni cómo, ni él sabe ni cómo, se tropieza y… ¡se cae de narices pegándose una toña maja! Con, os recuerdo, Don Bimbas encima. Acaban ambos en el suelo. Por suerte, quien se hace daño es solo el padre.

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Estamos ya arriba y el Señor de las Bestias plantea que volvamos por el otro lado de la cascada. El valle hace como una herradura y el camino, corto no es. Pero allá que vamos.

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Nos recorremos la sierra entera. Atravesando retamas y frondosos arbustos, cruzando el río que luego es cascada. Luego otro riachuelo que también cae por la roca. Subiendo, subiendo, subiendo. Cruzando y cruzando.

Un paseo de una hora se ha convertido en uno de tres.

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(En amarillo más o menos todo nuestro recorrido).

Alcanzado por fin el camino por el que hemos venido, coge el Señor de las Bestias a Don Bimbas en hombros y el peque muestra un poco de miedo.

– ¡Pero buenooo, peque, ¿de qué te asustas?! – le dice su padre.
– Hombre, igual, solo igual, es porque te has caído de bruces con él encima hace una hora… – sugiero.

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Porque a veces hay críos que tienen miedo a lo desconocido, miedo infundado. Este tenía miedo a lo conocido. Pobre mío. Prefiere bajarse.

Van tanto el pequeño como el mayor tan pichis. Yo estoy ya muerta y no sé cómo les quedan energías para poner un pie delante del otro. De hecho, El Cachorro termina como ha empezado:

– Estoy cansadooooo.
– Venga, cariño, mira el pueblo al fondo, ya casi hemos llegado.
– Estoy cansadooooo.

Hemos tenido que tirar de él. Pero nada más entrar en el pueblo, un parque con columpios.

– ¿Vamos al “togogán”? – me pide emocionado El Cachorro.
– ¿No estabas cansado?
– Pero en el “togogán” vas sentado…

Toma lógica incontestable.

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Mientras, el otro, por si no hubiera sido suficiente con la paliza del día, ve unos maderos y se pone a escalarlos.

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Y luego se mete dentro de la pirámide.

Y después no sabe cómo narices salir.

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Ah, pero ya sabéis de su legendario carisma. Enseguida hacen acto de presencia dos niños para echarle una mano.

En fin, creo que lo que está claro es que lo primero que tengo que hacer nada más llegar a la ciudad, es abonarlos a un rocódromo.


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