De al borde de la inanición, al borde del empacho

Este caballero era el que le hacía ascos a todo tipo de comida el verano pasado.

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Y aquí lo tenéis, jalándose mi pollo al curry.

Pero cuando hay que verlo es cuando se le da algo relacionado con el chocolate…

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Que por cierto hay que ser animada para ignorar los peligros de darle chocolate a un niño de un año, claro. Luego tengo que limpiar las consecuencias…

Más tarde, como postre, natillas de chocolate. Otro desastre. Porque además, el canijo se cabrea si intentas darle tú la comida. Tiene que coger él la cuchara o te monta un pollo del quince.

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Lo malo es que si la coge con la mano derecha, a la hora de llevársela a la boca, le da la vuelta y se tira todo encima. Curiosamente, con la izquierda no le ocurre. Pero, para cuando me he dado cuenta de ese detalle, ha sido tarde.

Luego ha sido el turno de la premonición observación del padre: “Sabes que este va a ser un gordo, ¿no?” La verdad es que se pone hasta las trancas, el pequeñito. Hoy ha sido después de cenar pasta cuando se ha metido una copa Danone y las natillas que su hermano no ha querido. Y luego su bibe de siempre para dormir, bien cargadito de cereales con galleta.

Manda huevos. El verano pasado embuchándolo, con percentil -3, agobiados, que hasta una vecina vieja que tengo me confesaba el otro día que creían que el crío no iba a salir adelante (así son los ancianos, de un optimista que tira para atrás, que se pirran por una muerte, sea de quien sea), y el Señor de las Bestias queriéndolo ahora poner a régimen. De traca.


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