Crudivegano vs. goloso

En su línea, aquí El Cachorro, el que se trinca las peladuras de los pepinos, ahora que estoy pelando las alubias verdes (o judías), se acerca y se pone a comérselas una a una.

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A mí me da cosa porque es que creo que eso tiene que caer mal al estómago. Una vez las cociné al vapor y no se hicieron del todo y me provocaron una indigestión de tomo y lomo. Estuve vomitando de lo lindo. Tarde un año en volver a comerlas (y no al vapor). Y mirad este. Le digo: “Hijo, mejor espera a que las cueza ¿no?” Y va y me salta que es que cocidas no le gustan.

Somos de planetas distintos.

Y luego está el otro. A Don Bimbas le va justo todo lo contrario. Hoy se ha desayunado una copa Danone, ya sabéis, las de chocolate y nata. No quería desayunar nada, como siempre, hasta que se la he enseñado. Con el chocolate o el dulce hace excepciones.

Luego he puesto unas tostadas en la mesa y, ¿adivináis qué hace? Mete el dedo para arrancarles la mantequilla y la mermelada y zampárselas, sin el pan.

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Destroza las tostadas.

Me recuerda, en cierta manera, a mí. Cuando mi madre me ponía de merienda bocadillo con un trozo de tableta de chocolate, obviamente me comía el chocolate y el pan, para las palomas.

El caso es que con estos dos ando lidiando con mis sentimientos contradictorios. El Cachorro me hace sentir culpable por ser tan gorda y alimentarme tan mal, y Don Bimbas me hace sentir culpable por ser tipo yo. Ah, vaya, espera… no son sentimientos contradictorios… ¡¡los dos hacen que me sienta culpable!


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