Chan-chan

Hoy Ruth, la chica que tengo en casa desde el 1 de este mes, ha recogido a los críos a las cuatro de la tarde y no a las seis, porque no tenían extraescolares. El caso es que llego a casa y me pongo con ella a pelar alubias verdes (le estoy enseñando a cocinar, planchar, cómo meter la esquina de la sábana, y tal). Viene El Cachorro:

– Tengo hambreeeeeeeeeeeee.
– A ver, son las siete menos cuarto. No queda demasiado para la cena. ¿No has merendado?
– Sí – dice la chica.
– Sí – corrobora él.
– Pues ya está – sentencio yo.
– Pero solo un vaso de leche.
– ¿Y eso?
– ¡El bocadillo se lo ha zampado Ruth!

Eeeeeh. Miro a Ruth de reojo. Ruth hace como si se llamara Hermenegilda, como si la cosa no fuera con ella.

– ¿Cómo dices?
– ¡Que ha hecho un sándwich y se lo ha zampadooo!

Vuelvo a mirarla con los ojos así como muy abiertos, aunque divertida. Ella… no sabe dónde meterse. Mentalmente oigo su “glubs”. Cómo traga. Está haciéndose la sueca porque no sabe cómo salir. Pero El Cachorro sigue:

– Es que se ha comido ella el sándwich y tengo hambreeeeeee.

madre 15 (1)

No conoce la perseverancia de El Cachorro. Por fin, confiesa:

– Le he hecho el sándwich y él no lo quería, y para no dejarlo ahí, me lo he comido.

Jaajajaj. Ruth, además, hay que decir que está bastante oronda. Y como le guste comer la mitad que a mí, me cuadra todo que no se pueda resistir a un bocata recién hecho, que estira sus bracitos hacia ella y le diga: “Cómeme”.

– No lo quería entonces pero después sí – protesta El Cachorro.

Y yo no le puedo ni contestar, de la risa que tengo por dentro. Porque además no ha dicho “se lo ha comido”, ha dicho “se lo ha zampado”, y el verbo me pirra.


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