Carreras honorables

En el circuito de carreras, Don Bimbas encuentra un contrincante a su altura. Un niño algo mayor que él que corre con la moto esa que se las pela (haciendo trampas, porque corría sin estar apoyado en el asiento). Se pican (sanamente, porque no veo yo que ninguno de los dos se enfade porque el otro le sobrepase), se buscan, y si se cae uno el otro va detrás. Pero en una de las carreras que estaban echando, Don Bimbas por detrás, que es lo habitual entre estos dos, al otro se le cae el casco que llevaba y él, lejos de aprovechar la circunstancia para adelantarle, para en seco su moto, recoge su casco y se lo da.

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Un verdadero pacto entre caballeros. Si esto no es la esencia de la deportividad, que venga alguien y me lo explique.

En otro lugar del recinto donde nos encontramos, acontece otra carrera…

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Seis años ya en este mundo, en pleno siglo XXI, y es hoy cuando mi hijo ha tenido su primer contacto con una consola.

El coche, por supuesto, iba todo el rato en la “dirección incorrecta”.

Pues yo que casi prefiero que no le haya ido bien, que se vive fenomenal sin saber, como yo, qué es la PS3, la Nintendo, la Wii y tal (si es que no son la misma cosa). Me inclino por las atracciones de siempre, que no atontan.

Me sé de uno que no solo no se atonta, sino que espabila cosa mala… En el carrusel, Don Bimbas, que lleva ya como seis viajes y ya le quedan pocos aparatos por probar, decide ir a la nave espacial.

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Una que ya estaba ocupada por otro niño. Ya sabéis que normalmente estos cacharritos son de dos plazas. Si no lo sabéis, Don Bimbas sí. Así que él quería subirse ahí y eso es lo que ha hecho, importándole nada y menos que ya estuviera pillado. Llega a ser El Cachorro y ve que ya hay alguien, no ya montado, sino que se ha fijado en el mismo, y pone pies en polvorosa. Y a este, se la trae floja. Viaja bien y no mires con quién.


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