Cada cosa a su tiempo

Me ve El Cachorro armada con mi móvil, y me dice: “Ahora fotos no. ¡LUCHA!”

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Jaajajjaaja. La cara de “vaya cruz que me ha tocado” es mundial. Menos mal que le queda su padre… Y os doy un ejemplo de por qué.

 

Voy conduciendo el coche. Viajamos de noche por un puerto. La carretera, flanqueada por balizas.

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Y dice el Señor de las Bestias: «¡Mirad, espadas láser!» El Cachorro: «Que noooooo, papá, que no son espadas láseeeer». El otro: «¿Cómo que no? Mamá, para, que vamos a luchar». Yo: «¿Qué dices de parar? ¡Ni hablar, hombre!» Y el otro: «Joooo, mamá, paraaaa». Y El Cachorro: «Para, para, mamá».

 

Habiendo estado todo el día en danza, llegando tarde al hotel, siendo de noche, estando en medio de una carretera de puerto estrecha, no es la mejor idea. Y me enfado con el padre de las criaturas: «Oye, no me dejes a mí de malrrollera. No se puede parar», le digo en bajito. Pone cara de perrillo abandonado mientras El Cachorro sigue suplicándome que pare para la lucha de espadas láser.

 

«¿Sabéis qué?», digo, harta de mi papel de aguafiestas, «que venga, que paro». Y detengo el coche en medio de la carretera. Pero en el mismísimo medio. Esperaba que el Señor de las Bestias dijera: “Que noooo, venga, sigamos el viaje”. Pero el desgraciado ¡coge y se baja!

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Qué paciencia tengo que tener…

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(POR SUPUESTO, la dejó en su sitio igual que la encontró, y aquí no ha pasado nada).


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