Aventura con las bicis

Estamos de vagueo en el sofá, pero los pequeños ya no se aguantan vivos.

madre 7 (1)

Así que decido arrancarme la pereza (en carne viva, me he quedado, qué dolor) y coger las bicis para ir a Madrid Río. Ya el domingo pasado Don Bimbas pasó de que le llevara en el asiento de atrás y quiso coger su bici con ruedines. Yo no daba un duro por nuestra vuelta en bici, pero entre los empujones del padre en las cuestas y sus ganas, algunos pedales con fundamento sí dimos. Así que, en un alarde de arrojo y valentía, me animo, en vez de llevar a Don Bimbas en la parte trasera de mi bici, a llevar a los dos con sus propias bicis.

Cuando vamos al descansillo, me topo con los vecinos y sus tres hijos. Con sus bicis. La mayor tiene la edad de El Cachorro. Y pide venir con nosotros. Su padre: “A ver, ellos ya están acostumbrados a ir en bici, cariño, y no va a estar papá para llevaros a ti y a tu bici si te cansas”. No es que estemos acostumbrados, pero mis niños, aunque hagan algo por primera vez (y no es el caso), si les gusta, son bastante resistentes. La cría dice que sí que va a poder seguirnos. Y yo, que confío mucho en el poder de superación de los niños, sobre todo cuando no están con sus padres y tienen un reto por delante, y porque sé que con un niño de tres años que va en una mini bici con ruedines, no vamos a ir ni muy rápido ni muy lejos, le digo que se venga.

O sea, tres canijos y yo. Una de la que no conozco su comportamiento cuando está sin sus padres ni sé por dónde me puede salir y otro al que sé que me tocará empujar por cuestas y con cuyo carácter tendré que lidiar (por ejemplo, pararse de repente por alguna razón que solo está en su cabeza y negarse a volver a ponerse en marcha a pesar de que su madre se esfuerce en negociar de todas las maneras posibles). ¿QUIÉN DIJO MIEDO?

Nos vamos los tres y tan campantes. Sí, el pequeño se para para explicarme cosas, porque tiene una sed inusual y constante, porque se cansa o porque sí. Y como veo que eso nos va a ralentizar desde el minuto uno, le ofrezco dejar su bici atada a una farola, llevarle yo en la silla de atrás y cogerla a la vuelta. Dice que nanay. Pero se pone las pilas.

La vecina se me toña no una (rueda que hace un extraño al toparse con un escaloncito), ni dos (se le retuerce el manillar intentando esquivar personas), sino tres veces (al ir sobre arena). Que menos mal, como digo, que no soy su madre y tenía el orgullo suficiente como para no echarse a llorar, porque si no, o si en vez de un rasguño se hace daño de verdad, a ver qué narices hago yo sola con los tres y las cuatro bicis, ¿sabes? Menos mal que yo esas cosas no las preveo antes, porque si no se acabó la espontaneidad y la improvisación.

Ocurre también que El Cachorro y la vecinita van por delante todo el rato mientras yo lidio con el pequeño y sus numerosos parones. Por suerte, y creo que es más gracias a ella (superresponsable) que a mi hijo, también veo que se paran para esperarnos. Yo les digo que muy bien, que a mí siempre me tienen que tener a la vista.

madre 7 (2)

Pero ya volviendo, veo que hay una cuesta abajo seguida de una cuesta arriba. Así que les digo a los res: “Venga, carrerilla, lanzaos y no paréis, que luego viene una cuesta arriba”.

No adivinaréis lo que sucede, claro… Don Bimbas se para. ¿Cómo es posible que le ponga tanto llevarme la contraria y sabotearme los planes? Pero los otros dos corren como alma que lleva el diablo. Lo malo, que no paran. A pesar de que me desgañito como para perder la garganta, El Cachorro, que creo que ha heredado mi dureza de oído, no me oye. Los pierdo de vista y ya me pongo negra. El pequeño me ayuda mogollón negándose a avanzar. Un primor todo.

El caso es que consigo tirar de él y encuentro a los dos gaznápiros, que vuelven. Por lo visto, entre los dos se había producido una conversación sobre cómo proceder. Ella, que, insisto, tiene más cabeza que mi hijo, ya lo estaba pasando mal, la pobre.

Por lo que me cuentan, viéndose “perdidos”, no sé cuál de los dos propone ir yendo a casa. Menos mal que no se les ocurre tal disparate. Sé que El Cachorro, que también ha heredado mi orientación, podría hacerlo sin problema. Pero estábamos aún lejos y, sin un adulto al lado que los tranquilizase si de repente les entraban dudas de si iban bien, o por si les pudiera parecer que nuestra casa estaba más cerca de lo que les estaba resultando finalmente y se angustiaran, no era muy buena opción.

Vamos, era nefasta. Imaginaos yo, sin encontrármelos. Me da un infarto.

Ellos siguen contándome sus diatribas, y para que veáis qué malaje El Cachorro (y lo “agobiadísimo” que estaba por no verme), me cuenta la cría que, en pleno debate sobre qué hacían o dejaban de hacer, le salta: “Seguro que a mi madre le han disparado”. Ea, para tranquilizarla.

Qué truculentos son los niños. No respetan ni a sus madres.

Bueno, en cualquier caso, reunidos de nuevo, veo que la madre de la niña me manda un mensaje en plan “volved ya, que mañana hay cole”. Y me siento como la cuarta niña, a la que regañan por saltarse las normas. Así que les azuzo diciéndoles que nos van a reñir a todos por llegar tan tarde. Y se ponen las pilas. Creo que porque ven mi cara de agobio (esta vez sí). Nunca he llevado bien que me lean la cartilla…

Volvemos sanos y salvos y con ganas de repetir. Punto para mí.

P.D. De vuelta en casa introduzco en Google el recorrido que hemos hecho y, entre ida y vuelta… ¡¡6 kilómetros!!

Tengo un pequeño que es un campeonísimo y yo soy otra campeonísima por atreverme a vivir esta aventura así, sin anestesia.


Deja un comentario *
* Tienes que pertenecer al Club Cosmo para poder hacer comentarios