Algunas teorías avalan que el despiste puede tener un factor genético

Vale, lo del título del post me lo he inventado. Pero es algo que, hoy, me he planteado como algo posible y, lo que es peor, que proviene de mí.

Vamos a ver, sabéis, si me leéis, que el despiste de El Cachorro es sideral. Su falta de concentración (exceptuando cuando juega a “MEG” en el móvil) es es-pec-ta-cu-lar. Está en Babia, no se entera, no se entera de que no se está enterando, desconecta y, además, le da igual.

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Hoy, por fin, tenía tutoría con su profesora de segundo de Primaria. No por nada en particular, sino por conocernos y hablar de mi hijo. Llego a las doce y media y espero a que nos den paso. En el cole, las clases del piso de abajo son las de Infantil y las de arriba las de Primaria, aunque el año pasado algunas de primero de Primaria se instalaron abajo por falta de espacio. El caso es que, cuando dejan de pasar críos para el comedor y se despejan hall y pasillo, nos dan luz verde a los padres que tenemos tutoría con los profesores de nuestros hijos para que vayamos en su búsqueda.

Me recuerda la coordinadora del AMPA cuando me ve, que tengo que ir arriba. “¡Ah, claro, es verdad!” Y subo las escaleras. Enfilo un largo pasillo y voy fijándome en las clases, 5º A… 5º B… 4º C… 3º B… y llego al final sin encontrar la clase de mi hijo. Una profesora sale a mi paso:

– ¿Qué buscas?
– La clase de mi hijo.
– ¿A cuál va?
– A primero.
– Aaah, los primeros están abajo.
– ¡Anda, si es verdad!

Bajo. Ya empiezo, con tanto recorrido, a estar llegando un pelín tarde.

Llego al mismo pasillo largo que hay arriba, pero desde la parte del final. Y echo a andar. Miro las clases y no localizo la clase de mi hijo ni a su profesora. Me intercepta otra profesora:

– ¿Buscas a alguien?
– Sí, a la profesora de mi hijo y a su clase, que no la encuentro.
– ¿A cuál va?
– A primero…
– ¿Cómo se llama tu hijo? – se lo digo.
– No me suena. ¿Cómo se llama su profesora?
– Alba.
– Ah, es que Alba es de segundo de Primaria, y Primaria está arriba, tú estás en Infantil. Aquí solo hay algunos primeros de Primaria.
– ¡Ah, claro, es verdad! ¡Qué tonta! ¡Aquí iba mi hijo el año pasado!

Esa profesora se deshuevaba. “Ven, que te acompaño”. Y volvemos a ir hacia las escaleras para subir. Una vez arriba, me encuentro con la profesora que me había atendido anteriormente.

– Ay, hija, que me acabo de enterar de que mi hijo va a segundo ya – le digo. Otra que lo flipa.

No encontramos a la profesora de mi hijo que, deducimos, mosqueada por mi tardanza, había ido hacia el hall para buscarme. Recorremos el pasillo en dirección contraria a como lo había hecho la primera vez, para llegar allí, y por no bajar, grito desde la barandilla que da al hall a los que están abajo:

– Perdón, ¿está Alba por ahí?
– ¡Sí! ¡Ahora te la mandamos!

Y sube. Me disculpo, me despido de mi guía, y vamos hacia la clase de mi hijo mientras le cuento mis múltiples recorridos. Más risas.

O sea, cuando me dijeron que los primeros de Primaria estaban abajo, con Infantil, mi mente, de manera automática, me trasladó al año pasado y me creí que vivía en el año pasado. Además, como diciéndome a mí misma: “Si El Cachorro está aún en el piso de Infantil, es verdad, que le molesta horrores, yendo ya a Primaria, no subir al piso de Primaria. ¡Cómo no acordarme!” Me fustigaba por mala madre cuando era incluso muchísimo peor.

El caso es que entramos a clase para tener, por fin, la tutoría. Arranco yo: “Es que mi hijo es un despistado de tomo y lomo”. Su profesora: “Es lo que te iba a decir”…, y me mira con unos ojillos que le digo: “Ya sé lo que estás pensando… ¡igual que yo!” Se mea.

Sí, El Cachorro y yo nos parecemos en muchas cosas. Yo también me despistaba mucho en clase. Me aburría y dejaba volar la imaginación. Tenía mucha. La mitad del tiempo del cole la pasé en mi mundo. Menos mal que luego no me costaba estudiar (o copiar a la de al lado, je, je) y sacaba los cursos. Yo era de bienes…

Pero tenía más sentido de la responsabilidad que El Cachorro. Sabía lo que implicaba hacer un examen. Y claro que quería aprobarlo. A El Cachorro, se-la-pe-la. Hablando con su profe, me cuenta lo siguiente acerca de un examen de lengua que tuvo el día anterior, que fue creo que el único que le ayudé a repasar en lo que llevamos de curso, que me esforcé en que lo entendiera (él lee las preguntas y los ejercicios sin entender lo que le piden) y del que me dijo mi hijo que creía que le había salido bien:

– Mira, el examen de ayer, tu hijo no lo hizo solo en una sesión…
– ¿Qué es una sesión?
– Una clase. La de lengua, por ejemplo. Tu hijo necesitó hacerlo en la siguiente, que era de matemáticas… que es algo que hacemos con niños que son más lentos haciendo los controles, ¡y también necesitó emplear el tiempo de la biblioteca de después!
– ¿¿Cómo??
– Sí, sí. Y cuando llegamos, él y algún otro aún con el examen de lengua y les digo que cojan un libro para llevárselo a casa, él lo cogió y, en vez de seguir con el examen, ¡se puso a leerlo!

¿¿¿Cómo??? ¿El mismo niño al que le digo que lea en casa y parece que le estoy proponiendo meterse agujas por debajo de las uñas?

– “¡Simón!” – continúa la profesora – le dije, “¡que no tienes que leer ahora, que tienes que terminar tu examen!” ¿Y sabes qué pasó?
– Qué.
– Que ni en tres sesiones lo terminó.
– ¡¡Y a mí coge y me dice que el examen, bien!!

Es decir, para mi hijo no es grave no terminar un examen. No se hace a la idea de qué importancia tienen las cosas. Y no es porque no se lo decimos sin parar. No. Él es así.

– Por cierto – le cuento, para que viera qué nivel alcanza el despiste de El Cachorro – el libro que ya vi ayer que trajo, le pregunté que para cuándo tenía que estar y, ¿sabes qué me contestó?
– Qué.
– “No lo sé”.
– Pues es para el miércoles que viene, dentro de una semana.
– Y aún le dije: “Pues te habrá dicho algo tu profesora, ¿no? ¿Y no te ha dado una ficha?”
– “Sí”.
– “¿Y dónde está?”
– “En la mochila”.
– “¿Y qué hace en la mochila si te digo que, cada vez que vuelvas del cole, tienes que vaciarla y ver qué deberes tienes, que sacar lo de la extraescolar de ese día y meter lo de la del día siguiente?”
– “No sé”. Te lo juro, es desesperante. Aún le pregunto: “¿Y entonces no sabes cuándo la tienes que hacer y entregarla?”
– “No”.
– “¿Y cuándo lo vas a hacer?”
– “Cuando me la pida”.
– “¡Pero cuando te la pida será para que se la des hecha, con el libro leído!”

Su profesora se ríe.

– Mira, me estás describiendo a tu hijo tal cual. Hay madres que me dicen: “Pues mi hijo es de tal otra manera en casa”, cuando les cuento cómo se comporta en clase. Pero tú estás hablando de lo que yo veo todos los días.

Le pedí que, por favor, investigara con el resto de los docentes si existen algunas herramientas para hacer que un niño no sea tan despistado, para lograr que se concentre. Porque yo reconozco que debería sentarme a su lado para hacer deberes (y no estrangularlo, que son las ganas que me entran las pocas veces que lo hago, porque, con su manía de responder a las preguntas de manera aleatoria a ver si, por azar y chiripa, acierta la respuesta, en vez de pensar lo que se le está pidiendo ni un microsegundo, que si se para a pensar un segundo, lo sabe, saca de quicio al más plantado), pero no lo hago por falta de tiempo y es un error, dado que no ha sido capaz de coger el hábito por sí solo, pero es que muchas de las sugerencias que me hacía, de lo que le tenía que decir y tal, ¡¡ya las hago!! No soy una tía laxa, en plan “haz lo que quieras” o de tirar la toalla. Si me pongo con él y me lee el encabezado de algo y veo que no lo entiende, que ha leído alguna palabra mal porque en vez de fijarse en las letras, las ha deducido, y que ha entonado fatal, haciendo una pausa en medio de una frase sin comas o terminando en alto un punto, le hago leer la misma frase hasta que me la dice perfecta y la comprende.

Pero ni por esas.

Nos queda trabajo y a ver qué hacemos. Porque este niño es listo.

– Muchas veces nos parece que no se entera de algo, y resulta que nos sorprende, que ha pillado perfectamente lo que hay que hacer cuando pensamos que está a por uvas – continúa su tutora. – O hace cosas como la que me contó Laura, su profesora de inglés, el otro día; que tu hijo le enseñó el collar del diente de tiburón que lleva, y le dijo: “Es un diente de tiburón”, y acto seguido, le soltó la misma frase en inglés.

En fin, que entre pitos y flautas yo lo que estoy, es preocupada.

Lo gracioso es que, a colación de esto, abro Twitter y veo cómo alguien refleja de manera totalmente fidedigna a El Cachorro:

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Le mando la captura al padre y me contesta: “Tal cual”. Es que es clavao.

Ah, pero, ¿sabéis que ha destacado su profe mucho? Lo educado que es. “Siempre me dice buenos días, buenas tardes… es un primor”. Ha querido extender el cumplido: “Eso son cosas que se traen de casa”. Pues hay un niño que ha dado problemas desde el primer año de infantil y ahí también está todo el mundo de acuerdo en que eso “se trae de casa”.

Yo he aprovechado para contarle el gran corazón que tiene. Que, aunque se queja cuando cree que hay favoritismos con su hermano, si él viene y le quita algo y yo se lo quito al pequeño para devolvérselo a él después de una ardua pelea, enseguida coge y se lo da motu proprio. Porque le puede la bondad esa tan fascinante que tiene.

Al día siguiente, cuando voy a recogerlo, ella me dice:

– Han estado pintando un trabajo y tu hijo tenía el pincel negro y otro niño lo quería también, y ha cogido y se lo ha dado, quedándose sin él cuando era el único color que quería utilizar. Le he dicho que había más y me he ocupado de darle otro – como queriéndome decir, “ostras, tenías razón y, a nada que me he fijado lo he visto con mis propios ojos”.
– ¿Ves? ¿Qué te dije?

Y, qué queréis que os diga, me encanta tener el hijo que tengo. Aunque sea tan despistado de que un día de estos se olvide hasta de que yo soy su madre.


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