Lo estoy haciendo muy bien, muy bien

Había quedado con una amiga, que a su vez trajo a la cafetería a otra amiga suya, psicóloga a la sazón. Los móviles de las tres estaban encima de la mesa. Resulta que el mío se pone a vibrar por la llegada de un mensaje. “¿No lo miras?”, me pregunta la psicóloga. “Sí, luego”, respondo. “Ah, como eres madre y normalmente las madres estáis a la que salta (o saltáis) cuando os suena el móvil por si le ha pasado algo a vuestro hijo…”

Y yo, sí, me puse a pensar en que menuda madre desnaturalizada que era. Porque yo lo último que pienso cuando oigo que recibo un mensaje es que a mi hijo le haya pasado algo. Igual es porque nunca le ha pasado nada sin estar conmigo (nada más allá de un raspazo o un chichón, que eso para mí es no pasar nada). No lo sé. Pero no me preocupo. Y así se lo hago saber a la psicóloga. Y ella exclama: “¡Me parece fenomenal! Es que así hay que ser. No angustiarnos porque sí…” Y entonces, teniendo el beneplácito de una profesional de lo humano, me sentí mucho mejor conmigo misma.

niño

Y le conté lo que a su vez me contó una amiga, al verme con mi hijo y mi actitud hacia él. Asimismo le dijo un psicólogo que para distinguir a una madre nerviosa que transmitirá un montón de inseguridades a su hijo de una madre confiada que todo lo contrario, no había más que quedarse observando un parque infantil. Está la madre que no deja a su hijo ni a sol ni a sombra, que advierte cada dos por tres del peligro de todo lo que está haciendo, que da un respingo y grita cada vez que se resbala y/o se tropieza, no digamos si se cae, que salta como un resorte y pesca al hijo al vuelo… y está la madre que se relaja, que charla con otras personas y deja que su hijo experimente, que está atenta a lo que hace su hijo, pero desde la distancia. “Ese niño”, le dijo el psicólogo a mi amiga, “tendrá fortaleza, confianza en sí mismo, seguridad”.

Pues me voy a poner una medalla, con la venia.


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