Si es que…

Me llama la chica para decirme que ha recogido a Don Bimbas con 38 y pico de fiebre del cole. Le digo que le dé una jeringa entera de ibuprofeno. A eso de las ocho de la tarde, me dice que le ha vuelto a tomar la temperatura y que tiene 38,4º o algo así. Le digo que le vuelva a dar otra jeringa.

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Llego a casa a las diez y media. Trabajo de tarde y el Señor de las Bestias está rodando fuera de Madrid. Despido a la canguro y voy a ver a los niños. Toco a Don Bimbas y está ardiendo. Jobar, pobre. Decido apurar un poco a irme yo a la cama para darle de nuevo jarabe, e incluso me pregunto si debería despertarlo para eso, puesto que sé que la fiebre es una reacción del cuerpo para luchar contra virus o agentes malévolos extraños, y que en general es bueno dejarla actuar. Y dado que estaba plácidamente dormido…

Pero me asomo al cuarto de baño pequeño, aún no sé por qué, porque no se me había perdido nada ahí. Y veo encima del lavabo el jarabe que había utilizado la chica.

… Tengo tres ibuprofenos en el armario de ese baño.

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Adivinad cuál había utilizado…

¡Con razón estaba todo el día con fiebrón! ¡Le ha dado del que pone “AGUADO”!

Tengo ese frasco, que viene a ser agua con sabor a ibuprofeno, para engañar a Don Bimbas cuando pide jarabe. Le duelen las rodillas día sí y día también, y creo que a veces no es necesario darle ibuprofeno, que toma tanto el pobre que le va a dejar de hacer efecto, sino que el efecto placebo es poderoso. Y muchas veces me funciona…

Pero, claro, con 38 y pico de fiebre, no. Entonces, sí, decido despertar a mi crío y darle una jeringa de jarabe en condiciones. Madre mía, de tres frascos tiene que coger el fake; es que es la Ley de Murphy total.


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