Retraso justificado de llegada al trabajo

Estoy arreglada para irme a trabajar. Es pronto por la mañana y mi segundo día de curro. Viene Don Bimbas al salón. Se me acurruca. Muero de amor. La achuchó un rato largo y le digo que me tengo que marchar.

– No.
– Sííí. Que he tengo que iiiiir.
– No te vas a ninguna parte.

Ay, joé.

¿Y de donde habrá sacado esa expresión? Porque tal cual me lo suelta: “No te vas a ninguna parte”. Parece un galán de cine.

– ¡No me lo pongas difícil!

Le tengo que hacer unas cosquillas para quitármelo de encima.

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Don Bimbas es un mimosete, un tierno.

Voy al cuarto de los críos para darle unos besos a El Cachorro para despedirme. Está megasobado. Porque el pequeño no necesita dormir lo que los niños normales. Pero El Cachorro, para lo de dormir, sí es un niño normal.

Total, que me acerco, le doy unos besos y se despierta:

– No quiero que te vayas – me salta mientras me da un abrazo.

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¿Este también? Para echarme de menos por la mañana, es más despegado. Le encanta que le lleve su padre en coche al cole. Los coches que tiene papá son más divertidos. Incluso me suele dejar caer que quiere que lo recoja la chica en vez de yo. Ella les lleva al parque y yo no suelo. Pero, ahora, se descuelga con “no quiero que te vayas”.

Es un complot, se han puesto de acuerdo.

Luego que por qué llego tarde a trabajar…


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