Ratoncito Pérez ̶o̶l̶v̶i̶d̶a̶d̶i̶z̶o̶ juguetón

Se levanta El Cachorro con los ojos cerrados. Viene donde estoy yo, que llevo un rato danzando porque tengo turno de mañana en el trabajo y madrugo un montón. Se choca contra mí.

– Tengo los ojos cerrados para no ver el regalo.

No le entiendo muy bien porque es lo primero que dice al levantarse y está adormilado.

– ¿Cómo?
– Que no abro los ojos para no ver el regalo.
– ¿Qué regalo?

Pienso que está sonámbulo perdido y que se está haciendo un lío, que ayer era el Día del Padre y que lo mismo está pensando en eso.

– ¡El regalo!
– ¿Cuál, cariño?
– ¡El del ratón!
– ¿Qué rat…?

COOOOOÑO. Ayer, mientras cebábamos por ahí por el Día del Padre, se le cayó un diente.

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Cuando llegamos a casa lo pusimos en la cómoda de su cuarto. Y hasta hoy.

Mierda.

Mira que, conociéndome, al llegar a casa me dije: “Amaya, que no se te olvide dar el cambiazo. Y si no lo haces ahora, por la mañana, que te levantas pronto”. Y, seguidamente, borré ese pensamiento de mi mente.

Menos mal, MENOS-MAL, que a El Cachorro le ha dado por no querer ver si estaba o no el diente.

Así que he ido con él al cuarto y le he dicho que se escondiera debajo de la cama, que no mirara. He cogido el diente y he ido a mi cuarto, al armario donde tengo chorraditas para que lo del ratón me pille con algo en casa, saco la bolsa y cojo lo primero que veo, un bote con una masa fosfo que hace ruidos de pedos.

PERO, claro, canta por soleares que me he ido a mi habitación y que se ha oído el ruido de trajinar con una bolsa. Así que no dejo el regalo en vez del diente, y le digo a Él Cachorro que qué extraño, que no veía su regalo por ninguna parte.

Lo dejo en la mesita de la cocina.

Vuelvo.

– Sal, sal de debajo de la cama, cielo, que aquí no hay nada.

BUENO. Superdisgustado.

– Pero es raro – continúo – porque el diente no está.

No le encontramos explicación. El pobre está cada vez más extrañado y decepcionado. Pero no se le ocurre ir a la cocina. Y yo estiro el paripé, para darle más veracidad a la jugada.

– Cariño, lo mismo ha considerado que ya estaba bien de regalos. ¿No ves que tenéis muchos dientes? ¡No va a dejar un regalo por todos los dientes!

El Señor de las Bestias, que sale del baño, me mira extrañado. Le cojo en un aparte y le cuento la movida.

– Ya, ayer cuando me acosté vi que estaba el diente encima del mueble y me dije: “Bueno, será que Amaya lo pondrá ahora”…

Y se fue a dormir, con toda su cachaza. Que esa es otra. Lo del ratoncito también es, por lo visto, mi responsabilidad. El comprar regalos de reserva, el esconderlos, el quitar el diente, el colocar el regalo… y el agobio de hoy.

Críticas aparte, y como El Cachorro no pisaba la cocina ni por equivocación y cada vez estaba más tristón, le llama su padre: “¡Ven a desayunar, anda!”

Y, cuando va… tachán.

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– ¡Anda, vaya! – digo – ¡nos ha salido gamberro el ratoncito, esta vez! ¡Qué tío!

El Cachorro, feliz.

PD. Por cierto, eso de taparse los ojos para no ver si estaba el diente o qué regalo le había dejado el Ratoncito Pérez, ¿no será porque es tan cuco como su abuela?

Cuando mi madre era pequeña, descubrió en un armario sus regalos de Reyes. Y no dijo ni mu. No fuera a ser que le dejaran de traer cosas sus padres…

¿No será que El Cachorro se levantó, no vio nada, y dijo lo de que se tapaba los ojos para darme tiempo a reaccionar? Porque, otra cosa no, pero DISCURRE QUE DA GLORIA.


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