Postcumple: Resacón galáctico. Y el tema de los roles

Hoy estamos derrengados. Yo, al menos, no puedo mover ni las aletas de la nariz. Qué paliza la de ayer. Pero aún tenemos jolgorio…

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Y no es este, precisamente. Pero antes de afrontar el domingo, llegan las anécdotas.

Me cuenta mi amiga Susana, que ahí, en plena vorágine de camellos y renos y focos a la calle, y niños y padres aplaudiendo y gritando, pasan unos señores y preguntan:

– ¿Qué es esto, una publicidad?
– No, un cumpleaños – les informa mi amiga.
– Se nos va de las manos – comentan mientras se alejan. ¡Ja, ja, ja! Razón no les falta.

Otra, la de los que estaban a cargo de los camellos, que los tenían «aparcados» en los jardines de la calle perpendicular a la nuestra, esperando para realizar su aparición estelar: Llega la policía. Sin problema, porque disponían, como es natural, de todos los permisos habidos y por haber. Pero vienen porque resulta que había llamado un vecino diciendo que había unos camellos atados en el jardín (también el vecino… ya ves, por un par de camellicos de nada, hay que ver), y confiesan los agentes que se pensaban que eran… ¡¡dos vendedores de droga!!, y se descojonaban vivos.

Lo que me ha amargado la existencia ha sido cuando el Señor de las Bestias me ha empezado a decir cifras de lo que ha costado la broma. Y ni con dos pagas extras, oiga. ¿Cada dos años, decía yo? Estos niños no van a volver a celebrar su cumple hasta que alcancen la mayoría de edad.

Pero lo que me ha acabado de fastidiar el descanso ha sido un evento de judo multitudinario al que hemos ido para que El Cachorro le coja el gusto a este deporte.

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Ahí estoy yo, dándolo todo. (El Señor de las Bestias, desde la barrera, sacando fotos).

En cuanto a la tarde, no os lo creeréis. Todavía quedan rescoldos del cumple. Han querido las circunstancias que, justo el fin de semana de celebración del cumple de los niños, se estrene “The last jedi”.

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(Quienes me seguís ya sabéis que este relato de nuestras vidas va con un año exacto de retraso).

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Y acudimos al gran acontecimiento perfectamente equipados.

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La ocasión lo merece.

Y no sé si os habéis fijado en los muñecos que ha escogido Don Bimbas para traer al cine (tiene estos dos y a Yoda)… Por eso, adivinad cómo vamos a repartir los cepillos de dientes eléctricos que van a recibir por Reyes mis críos (guau, qué ilu les va a hacer, ja, ja), cuando hay uno con Yoda y otro con soldado imperial…

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No, sí al final somos nosotros los que vamos a tener la culpa de que nuestro chiquillo sea malote… Por hache o por be, los malos se los adjudicamos a él. Y él, ojo, como veis, supercómodo.

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Él es a lo que tiende de forma natural. Desde que hemos descubierto que existe un canal que emite en bucle las seis primeras pelis de la saga, la tele está eternamente puesta. Y cuando termina alguna peli Don Bimbas va corriendo a su habitación y no os creáis que coge el sable verde de los buenos, no, coge la máscara de Darth Vader, diciendo: “¡El malo!”, y se la planta encantado.

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Por mi parte, me guardaré muy mucho, por cierto, de etiquetarlo como “malo” y de decir “es que tú eres malo”. Los niños se identifican pronto con las etiquetas que les ponemos y se adaptan a lo que decimos que son. Y eso es un error morrocotudo. Además de, en el caso de Don Bimbas, falso. Porque, a pesar de que hace trastadas y tiene un carácter muy fuerte, es tremendamente tierno y su corazón es enorme. Aunque respire como Darth Vader.

… Por no hablar de que Darth Vader demostró que seguía teniendo un buen espíritu. Al final, dentro de él, el bien ganó al mal. Que conste.

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Mirad qué muñeco. Qué bendito.

El descanso (angelical) de las fuerzas del orden. (Lo digo por el pijama de policía, ¿lo pilláis?)


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