Por qué subo fotos de mis hijos a las redes sociales

Recibo el mail de una chica que está terminando Periodismo y tiene que entregar algo que ella llama TFG y que no sé qué es. ¿Tesis? ¿Proyecto final de carrera? Trata sobre los menores y las redes sociales. Me pide el favor de que, dado que es un tema que recibe muchas críticas, le explique mi opinión al respecto para que se conozca la otra cara de la moneda.

¿Tenéis tiempo?

Pues esto es lo que le contesté:

Es positivo que se me plantee de vez en cuando esta pregunta porque hace que yo vuelva a reflexionar de nuevo sobre este asunto. Creo que es sano revisar y volver a repasar los motivos porque los que yo he optado por subir fotos de mis hijos, menores, a las RR.SS.

Este tema es controvertido. Yo cuelgo las fotos de mis hijos. Es más, cuento lo que dicen, lo que les ocurre, anécdotas y hazañas. Está todo registrado en la web de Cosmopolitan TV. Comparto nuestra vida en un diario público. ¿Se puede estar más expuesto que nosotros? Difícil.

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Tan difícil como para que, explicarlo, sea largo y laborioso. Tan complejo como para que no se pueda explicar sin abordar varios aspectos. Tan crítico como para que, quienes actúan como yo, tengamos que justificarnos.

Esta opción surgió cuando, desde el canal, uno de los jefes, amigo que leía mis estados de Facebook, me propuso contar lo mismo que yo compartía ahí, una red social restringida solo a mis familiares, amigos y conocidos (por aquel entonces serían ya unos 500). Había estado haciendo chanzas sobre mi primer embarazo, contándolo desde el humor puro, y mi hijo ya había nacido. Tenía pocos meses cuando él consideró que yo mostraba la maternidad desde otra perspectiva, un punto de vista real y simpático, sin disfraz.

Acepté. Por qué no hacer reír a más gente con algo tan natural. A mí siempre me ha gustado entretener. Era la graciosa de clase, quería ser actriz, me hice periodista, me dediqué al entretenimiento, ideé y llevé a cabo un programa de humor en la radio y, actualmente, escrito y defendido en escenario mi segundo texto, también puedo decir que soy monologuista.

Así que, las cosas que yo contaba en FB (en principio solo me dijo que pusiera lo mismo, esto es, una frase), pasaron a ser de dominio público. Pero, pronto, los lectores se sentían chafados al abrir los posts y encontrarse tan solo con un pensamiento. Exigían saber más. Y empecé a explayarme. Y Cosmo quiso que colgara fotos. Los posts con fotos son más atractivos que los que solo contienen letra.

Jamás me dijo qué tipo de fotos debía colgar. Pero yo, que soy una enferma de las fotos, que tengo una cantidad tal que creo que mis hijos no podrán verlas todas ni aunque vivan tres vidas, me dije…: “Vamos a ver, ¿voy a buscar fotos en internet sobre bebés, o voy a colgar las nuestras?” Me pareció que era lo suyo colgar las nuestras. Si el bebé me regurgitaba en el pecho, en vez de ir a Google a buscar fotos libres sobre bebés regurgitando, yo me sacaba una foto con el camisón hecho un asco y con mi cara de circunstancias. Sin duda es más gráfico y más auténtico. Es más, si buscas en Google “bebé regurgitando”, te saldrán muchos bebés muy monos con leche en los morros y muy pocas fotos de bebés con sus mamás en ese trance. Las pocas fotos en las que aparecen mamás con bebés regurgitando, muestran mamás bastante perfectitas y, desde luego, ninguna con un lamparón recién hecho en el camisón.

Estaba claro. El diario era acerca de mi experiencia como madre primeriza y de las cosas que hacía mi bebé.

Hoy el blog ya tiene más de seis años de vida (va con un año de retraso, ya son siete) y yo tengo dos hijos. Ha ido evolucionando con ellos, que están creciendo a ojos de todo el mundo (de todo el mundo que tenga interés en vernos). Así que, su intimidad, supuestamente no es tal.

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La intimidad que cuento de ellos es la propia de unos críos. La que puede tener cualquiera. Por supuesto, con sus particularidades. No voy a decir que mis niños son especiales, pero cada niño es distinto y yo reproduzco tanto esas diferencias, lo que los caracteriza y los hace únicos, como lo que no los hace tan únicos. Así que no hago sino contar lo que contaría cualquier madre de sus hijos, comentando la gamberrada que le han hecho, el comentario con el que la han sorprendido, lo que me dicen sus profesoras de ellos, lo que observo yo, sus reacciones… y las mías. Todo, claro, bajo mi filtro. Realmente, el blog va de mí, de las cosas que vivo con mis hijos, de lo cómo reacciono a sus ocurrencias, de cómo me la lían o de cómo respondo a sus provocaciones.

¿Qué ocurre? Que mis vecinas, mi hermano, mis amigas, mis compañeros de trabajo… me cuentan cosas de sus hijos, y se las cuentan a los allegados o a quienes les da la gana (como “aún se hace pis de noche” o “tiene celos”), pero más a petit comité que yo, que lo cuento a gran escala y tiene acceso todo el mundo. Pero, en definitiva, todos los padres hacen lo mismo que yo.
Entonces… ¿Es cuestión de cantidad? ¿Cuántos son muchos? ¿Cuántos, pocos? ¿Por qué no compartirlo con los demás? ¿Cuándo tiene menos intimidad un niño? ¿Qué es mejor, o peor, contar cosas a desconocidos o a conocidos? ¿O a todos? ¿Por qué tenemos tanto miedo en contar cosas habituales y rutinarias? ¿Creemos que nuestro entorno más cercano no va a ser más crítico y nos va a juzgar más duro que el ajeno? ¿Por qué creemos que es malo que la vida de nuestros hijos la sepa mucha gente y no, o en menor medida, quiénes la sepan?

Bajo mi punto de vista, me parece que cuento las cosas de mis hijos con bastante dignidad. Que cuento cosas por las que pasa cualquier crío. Que no son cosas especialmente sensibles. Y también procuro hacerlo bajo la perspectiva del humor, que eso no solo quita hierro al asunto, sino que, dado que el humor es una muestra más de inteligencia, valoro tanto a nuestros lectores que considero son lo bastante inteligentes como para apreciarlo y no pararse a buscar un aspecto negativo con el que, desde luego, no se escribe el diario.

No busco humillar a mis hijos. Busco generar empatía, cariño, risas. Incluso que los admiren tanto como lo hago yo.

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¿Qué busco, además, y con más empeño aún? ¿Cuál es el verdadero propósito por el que hago esto? Pues porque, realizando este trabajo, estoy, de paso, recopilando la vida de mis hijos, algo que no haría si no se me exigiera de alguna manera. No puedo contar la cantidad de iniciativas que pongo en marcha y que luego dejo inconclusas. Al final, el día a día es poderoso y no siempre tengo las mismas ganas o el tiempo necesarios para llevar a cabo mis proyectos (una foto de cada día del primer año de vida de mis hijos para hacer un montaje… Una carpeta con nuestras fotos de familia más cuquis… Un listado con las palabras graciosas que dicen mis hijos según su edad… etc.), con lo que tengo un montón de ideas empezadas y abandonadas a la mitad, que se quedan en el intento. Con mi blog, consigo estar al pie del cañón siempre. Tengo unas fechas de entrega y me esmero en compilar las cosas que nos sucede y dejarlas por escrito, en registrar qué hacemos, qué decimos, con qué nos sorprendemos. Es un trabajo arduo, pero altamente satisfactorio. Mis hijos, el día de mañana, tendrán su libro con fotos sobre su vida. Los “mamá, ¿cómo era yo de pequeño?, ¿cuándo aprendí a andar en bici?, ¿qué tipo de dibujos hacía?, ¿nos peleábamos mucho mi hermano y yo?, ¿te reías conmigo?, ¿nos castigabas?, ¿cómo te sentías tú?, ¿tenías dudas a la hora de educarnos?”, etc., sí o sí, van a tener su respuesta. Y más vale, porque mi falta de memoria es antológica.
Si no fuera porque tengo una relación laboral con respecto a esto, hoy día este diario no existiría. Una ya es mayor para conocerse, y puedo asegurar que así es. Así que, si compartiendo con el público nuestra vida, logro llevar a cabo, para mí, uno de los mayores regalos que puedo hacerles a mis hijos, bienvenido sea. Es decir, en realidad es algo egoísta. Es lo que ellos y yo nos vamos a llevar de aquí.

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Espero que ellos sepan apreciarlo. Para mí, esto, es un tesoro. Pero, ¿soy consciente de que mis hijos puede que no estén de acuerdo con que haya contado ciertas cosas sobre ellos, que haya aspectos de su vida que no les guste que sean de dominio público? Sí. Sé que no soy infalible. Pero también sé que, en la vida, puede que me echen en cara más cosas que este blog. Que los haya bautizado, que los vista de determinada forma en tal evento, que los obligue a hacer un intercambio en el extranjero… yo qué sé. Que haya hecho tantas cosas sin que ellos me hayan autorizado. Pero es lo que implica ser un menor, que se depende de las decisiones que toman tus padres sobre ti. No sé cómo me juzgarán mis hijos en un futuro y desde qué prisma, pero espero que sepan tener una cosa clara, que esto no es para ellos más que una muestra de amor. Y espero que les guste.

Entiendo a los detractores, abrumadora mayoría. Sus argumentos son lógicos y me encajan. Pero los míos, aunque menos populares, me encajan aún más y me compensan y, si se piensan fríamente, no me parecen tan perjudiciales.

“Hay mucha gente mala que busca fotos de menores para sucios propósitos”. Bien, eso está absolutamente fuera de mi control. Y del de cualquiera. Pervertidos hay en todos los ámbitos y relacionados con innumerables temas. Y no son responsabilidad nuestra. La culpa no la tenemos los demás. Los pornógrafos infantiles no me pueden dar más asco, pero si alguno se la menea viendo una foto de mi hijo, pues que le aproveche. Las fotos no se cuelgan para eso. Pero el uso que le den los demás, obviamente, es su problema.
Además, estoy firmemente convencida de que, porque haya más gente que tenga acceso a las fotos de mis hijos, ellos no son más vulnerables que cualquier otro crío ante un depravado. Un pedófilo se puede encaprichar de un niño por la calle y hacerle fotos robadas con su móvil sin que nadie se entere. ¿Y no es cierto que todos los padres han mandado fotos de sus hijos a un familiar? ¿Puede ser que alguno sea un desviado? No se andan anunciando… “oye, que yo soy un enfermo de mierda”. ¿Y es posible que, en su intimidad, se ponga como una moto viendo las fotos de esos niños? Por supuesto que puede ser. Vayamos un paso más allá, y en lo que respecta a la pederastia, que ya no se trata de un trastorno sexual, sino de una conducta criminal, por la que se abusa de un menor: los datos demuestran que la mayoría de las víctimas, entre un 80% y un 90%, se encuentran dentro del entorno familiar del agresor.

¿De verdad los míos están más expuestos al peligro que los demás por el hecho de salir en un blog? ¿O es una cuestión de “lotería”?

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Que si son fotos realizadas en un entorno privado, de espacios íntimos. Sí. Son fotos de rutinas propias de una familia. Salen montando en bici, cenando o en el baño. Pero me cuido muy mucho de que salgan imágenes inapropiadas. O sea, una cosa es que considere que, si cuelgo una foto inocente de mis hijos, el problema de quien haga un uso inadecuado de ella no lo tengo yo, sino el que lo perpetra, y otra, ponerlo en bandeja o vulnerar la intimidad física de mis hijos. No van a salir los genitales de mis hijos. No digo a qué colegio van. Tapo las caras de los menores que les rodean, incluso de los adultos a los que no les he pedido permiso para salir en el blog (a no ser que no tengan relación con ellos, no me refiera a ellos y sea en un lugar público). Cuelgo fotos graciosas, por ejemplo, de un moco que se le ha quedado a mi hijo, que está riéndose, que sabe que le estoy sacando una foto y que luego me pide que se la enseñe a los demás, porque se parte de risa. Hago que aprendan a reírse de las tonterías. No cuelgo fotos que les avergüencen. Sí hago chanza, pero no hago burla de su aspecto o los saco en situaciones incómodas. Igual he patinado alguna vez, pero creo que me cuido muy mucho. A mí mis hijos me encantan y, tal y como hago conmigo, que, como el resto de gente que cuelga fotos en RR.SS, muestra su mejor aspecto, o en mi caso también, el más divertido, de ellos cuelgo sus mejores fotos, en las que yo considero que salen más monos, más simpáticos o más entrañables. En definitiva, actúo con sentido común. Insisto, me puedo equivocar, pero generalmente creo que procedo con corrección.

No nos volvamos locos. Sabemos qué cara tienen los hijos de Angelina Jolie o las de Melanie Olivares. ¿Tienen menos derechos esos niños que los niños de hijos no famosos? No, ¿verdad? Los famosos son sus padres, no ellos. Pero salen. ¿Y cuál es, verdaderamente el problema? De hecho, seguramente les acarree más trabas que a los míos. Gente que se les acerque solo porque saben de quiénes son hijos, que tengan más miramientos con ellos, o que precisamente por eso tengan los perjudiquen, que reciban, en fin, un trato diferente. Sin embargo, ellos forman parte de ese ámbito y, lo mismo que las infantas están absolutamente retratadas y sus movimientos medidos, porque les ha tocado nacer en el seno de la Familia Real, lo mismo que los niños actores son de sobra conocidos porque se dedican a esa profesión, la cara de los míos, para mi público, también se conoce. Les ha tocado una madre exhibicionista.

A mi hijo mayor, de un tiempo a esta parte, cuando he creído que puede empezar a entender de qué va todo esto de colgar algo en internet, de cuando en cuando le pregunto qué le parece que suba sus fotos y si quiere que lo siga haciendo. De momento dice que sí.
Por supuesto no lo hago para quitarme el cargo de conciencia. Lo hago para que vaya asumiendo qué implica y para que sepa que él puede tener el control de su imagen. Quizá aún es pequeño para entender la dimensión de las cosas, pero es mayor para saber que sus fotos las ven desconocido. Y conocidos.

Él me pide que le lea el blog, y yo se lo leo. Y se troncha. Se muere de risa con las cosas que cuento y con las fotos que pongo. Mientras esto nos produzca placer, y mientras Cosmopolitan lo quiera mantener, seguiremos ahí, toda la familia, al pie del cañón, compartiendo nuestras vivencias para que unos se identifiquen, otros recuerden, a otros les dé qué pensar y muchos, espero, simplemente disfruten con nosotros y esbocen una sonrisa.

Tengo ya lectores fijos que esperan como agua de mayo una nueva aventura de las nuestras. Gente que nos ha cogido cariño, que le gusta comentar lo que sucede, que se ríen y que comparten, asimismo, lo que hacen sus hijos conmigo. Es un intercambio sano y divertido, entrañable y nostálgico.

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Insisto… Desdramaticemos, señores. Tampoco somos tan importantes. “Yo no cuelgo fotos de mis hijos porque los van a ver los demás”. ¿¿Y?? Pues tampoco son tan importantes. Qué más da. Que nos ven, pues que nos vean. Nuestro paso por la Tierra es efímero. Qué tiene de malo dejar huella de algún modo, que nuestra vida repercuta en la de los demás de alguna manera. Es más, aunque salgamos aquí hoy, nadie se acordará de nosotros cuando estemos muertos. Hay que relativizar. Qué tiene de malo que se sepa quiénes somos. Qué más me da a mí que se vea cómo es mi salón, mi pasillo o mi cocina, cómo es mi coche o cómo me visto. Me da absolutamente igual. A mí me gusta y eso me basta. “No quiero que sepan cómo son mis hijos”. Pues muy bien. Yo sí. ¿Pero los habéis visto? ¿No leéis cómo son? ¿¡Cómo no los voy a enseñar!? 😉 Me parecen dos tipos estupendos, maravillosos y guapísimos, dignos de ser mostrados al mundo. Me enorgullezco mucho de ellos (no digo que el resto no) y me gusta exponer lo mejor que tengo en la vida. Y no voy a dejar que mentes enfermas o jueces de andar por casa dominen nuestras actuaciones, que la maldad y las críticas coarten nuestra libertad, que el miedo tome las riendas de nuestra vida. Esta es, a día de hoy, mi opción.

(Por cierto, un inciso, alguna de las que no muestran la cara de sus hijos en redes ni por equivocación, casualmente se va al extranjero y los sacan de espaldas acompañados por niños de aquel país a los que se les ve perfectamente la cara…)

En fin, es un tema con muchas aristas ante el que, al final, cada uno se enfrenta a él como le parece. Entiendo que mi opción con respecto a este tema, tenga muchos detractores. Pero yo considero que las cosas no son blancas o negras; en general siempre me he movido bastante en la gama de grises, no solo en lo que a este asunto se refiere. Creo que ni todo es tan malo, ni todo es tan bueno. Me parece que nos hemos vuelto demasiado precavidos, asustadizos, pusilánimes, pejigueros y mojigatos, por un lado. Y, por mi parte, que igual soy muy ingenua y peco de tener demasiada fe en el ser humano, que si contar lo que hacen y dicen vulnera de verdad su intimidad o la intimidad es otra cosa o se construye de otra manera, que tiendo a quitarle importancia a cosas que sí la tienen y que, aunque no se descarta que este blog me/nos pueda pasar factura, creo que las consecuencias, sean las que sean, nos van a compensar.

A mi modo de ver, pienso que, a la postre, lo que cuenta, es cómo se actúa y por qué, con que ánimo, si es el de ofender o no, si es con propósitos sibilinos y enrevesados o de forma limpia e inocente, si es de manera zafia o garrula o con ironía y elegancia o si es desde un punto de vista natural y simpático u oscuro y bochornoso. Yo, como es lógico, no quiero hacer daño a mis hijos y no hago esto para incomodarles. Hago esto porque me parece bonito y original, para honrarles. Porque los amo.

A ver qué opinan ellos más adelante…

Este fue, en fin, mi alegato. Puede ser más extenso. Puedo tocar cuestiones como el bullying. ¿Pueden sufrir bullying, mis hijos? Por supuesto. Pero con y sin blog. ¿Quizá con este blog lo estoy poniendo en bandeja? Quién sabe. Probablemente. O no. No es posible calibrar algo así. Y, por supuesto, tendré que enseñarles a defenderse de que se metan con ellos por cómo son físicamente, por qué llevan puesto o por que su madre se dedique a airear su vida.

De todas maneras, añadiré que no descarto que cambie de opinión pasado mañana (siempre digo esto, pues todos tenemos el derecho a ello) y deje de colgar fotos de mis hijos, o mías. O lo mismo resulta que al final me aburro de escribir… Ya veremos.


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