Pitón real

Trae el Señor de las Bestias cuatro serpientes a dormir a casa. Mañana hay rodaje. El Cachorro: “¿Las podemos llevar al cole y enseñarlas en clase? Venga, porfa, porfa”. Se muere por que llevemos animales.

PERO.

Pero el cole, público, que no celebra el Día del Padre o el Día de la Madre, no vaya a ser que algún niño no tenga padre o madre, o dos padres o dos madres, un colegio que no comenta nada sobre Todos los Santos pero se pega días decorando los pasillos con murciélagos y esqueletos, que hace un par de meses decidió que ya no se podían mandar fotos de nuestros hijos, aunque todos los padres de la clase firmáramos dando nuestro consentimiento, y ahora tenemos que ir a una plataforma de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid para descargárnoslas con una clave, tampoco ve con buenos ojos que llevemos animales a una clase, por si hay niños alérgicos o a alguno le da miedo.

Vamos a ver. VAMOS-A-VER.

¿Resulta que los críos corren peligro dentro de una clase con bichos controlados, Y NO EL DÍA QUE VAN DE EXCURSIÓN A LA GRANJA? ¿Cómo se come eso? ¿Desde cuándo desarrollas alergias en contacto con animales dentro de una clase y no en una granja? MELOXPLIQUEN.

Me comenta una profesora que la cúpula del cole ya estaba con el morro torcido con las excursiones, porque una niña se cayó en las escaleras del autocar. O sea, algo que puede pasar en cualquier momento, ya sea en la excursión, en el recreo o en clase. ¿Qué os jugáis a que, en breve, se las cargan? Cuánta tontería, madredelamorhermoso.

Otra profe me comenta que es que hay padres muy pejigueros, que aprovechan cualquier cosa para montar un pollo. Que si ella tiene un problema, en el cole le dicen que se peine, pero que si aparece un padre quejándose por una chorrada, alfombra roja. ¡Y anda que no hay mamarrachos con hijos, que se ofenden por cualquier nimiedad! Pues, en vez de ignorarlos y de mandarlos a paseo, hale, a ver de qué narices se quejan y a plegarnos la mayoría a sus memeces.

¿Qué clase de sociedad de pusilánimes y consentidos estamos construyendo? ¿Qué clase de hombres y mujeres queremos que sean los niños que estamos criando entre algodones?

Si un niño no tiene padre o madre, porque se le ha muerto o porque tiene dos mamás o dos papás, habrá de aprender a aceptar a su situación, a su elemento diferenciador y adaptarse a lo que hay. Porque si un niño es cojo, el resto no nos ponemos a cojear para que él se sienta mejor, ¿a que no?

Si negamos que en nuestro país, y generalmente en casi todo Occidente, hay festividades basadas en el cristianismo, negamos un pasado, una historia y una arquitectura social que, durante siglos, se han construido conforme a unas bases y valores determinados, que han constituido, mal o bien, nuestra estructura mental, moldeando nuestra ética y moralidad, ¿qué conseguimos exactamente? ¿No comprender por qué son las cosas e incluso por qué las queremos cambiar? No, no hace falta que se siga educando con una religión vertebrándolo todo. Pero sí hace falta saber de dónde venimos. Y las tradiciones no solo son bonitas, también nos recuerdan y arraigan a lo que somos.

Si por la sacrosanta protección de la imagen de los niños llevamos el tema al absoluto absurdo, haciendo difíciles las cosas fáciles, para obtener LO MISMO, ¿no nos estamos complicando la vida sin necesidad? ¿Para qué? Es decir, ahora, en vez de que me mande la profe las fotos, tengo que ir a una web, meter una clave y descargarlas, igual que hacen el resto de padres, que, si hay por ahí suelto algún padre abyecto y degenerado que vaya a traficar con esas fotos, o un padre normal que las pase a quien sea, un ser abyecto y degenerado o no, lo va a hacer igual. Es decir, vamos a CONTINUAR TENIENDO EN NUESTRO PODER FOTOS DE LOS NIÑOS DE LAS CLASES DE NUESTROS HIJOS, pero con una tocada de narices mediante.

Y, esperad, que enseguida, el lumbreras de las normas coercitivas se dará cuenta del sinsentido, y determinará que esté absolutamente prohibido hacer ninguna foto. Y dentro de un tiempo, los niños irán por la calle como los críos de Michael Jackson, con una capucha y una máscara. Al tiempo.

Y en lo que escribo esto, leo que un colegio de Barcelona ha vetado “La caperucita roja” por sexista y que ha retirado 200 títulos de su biblioteca por considerarlos tóxicos.

Y yo ya no puedo con tanta estupidez. No puedo con mentes tan vulnerables y pobres que no entiendan que censurar libros y prohibir la cultura, siempre es negativo. Que no sepan que se pueden leer esos libros y luego comentar el contexto en el que fueron escritos. Es más, incluso el de la Caperucita Roja, puede estar advirtiendo que a una niña prepúber no le conviene irse con o fiarse de desconocidos. Se trata de educar, de hacer comprender de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. Sin pasado, estamos condenados a repetirlo.

En fin, que este escenario estúpido es en el que nos tenemos que mover los padres de hoy.

Así las cosas, y por insistencia de El Cachorro, escribo a la profe ofreciéndome a llevar una pitón al día siguiente para enseñarla en el cole. Ella suda, porque no ha pedido permiso. Nos emplazamos a que lo pida, y si es que sí, entro y la enseño a los críos.

Por tanto, al día siguiente, salimos de casa El Cachorro, Don Bimbas, la serpiente y yo. En el cole, bajo con ella. Prefiero llevarla encima y cerquita de mi cuerpo, para que no pase frío. Y también porque, igual, de paso, se puede enseñar en clase de Don Bimbas…

Resulta que los niños de Primaria, para entrar en el cole, tienen que hacer cola en el patio, pero a los niños de Infantil los padres los llevamos hasta la puerta de su clase. Con El Cachorro, cuando iba a Infantil, ya se dio la circunstancia de que obligó a bajar del coche a su padre a animales que llevaba después a algún rodaje, como unos pollitos, recuerdo. Así que dejo a El Cachorro en la cola, diciéndole que si me llega el aviso de que puedo enseñar a la serpiente, lo veré en breve en clase, y llevo a Don Bimbas a su clase. Y ahí, por lo bajini, le digo a su profe que llevo una pitón real, que si quiere que se la enseñe a los niños. Y claro, POR SUPUESTO. Así que se la enseño a los críos, que flipan, y me voy.

La profe de El Cachorro me llama como una hora más tarde, cuando se ha enterado de que he estado en clase de su hermano. Todavía no ha pedido permiso, pero quiere que meta la serpiente de extranjis. “Como dice la profesora de Don Bimbas, para algunas cosas es mejor pedir perdón que pedir permiso”. Y tanto. Pero, vaya, que veo que todavía no ha preguntado nada. Y, lo malo, es que yo ya me he ido y no puedo volver.

Pero sí al día siguiente.

El Cachorro, encantado, con la serpiente en el cuello, enseñándosela a sus compañeros. Sus compañeros, también. La profesora, igual.

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La profesora es su tutora, con la que os conté tuve una tutoría y comentamos que vive fascinada con el despiste que tiene mi hijo en todo lo alto, su capacidad de abstraerse del mundo y estar a por uvas, así como con las salidas que tiene, que parece que no se entera de nada, y de repente te suelta cosas como de mente muy avanzada.

Total, que explicamos unas cositas como qué come, cuáles son sus costumbres, cuántos huevos pone, cómo son sus colmillos, etc., hasta que preguntan que cuántos años tiene. Yo no tengo ni idea, así que digo que siete años. Bien, pues la segunda pregunta que hacen los críos no es cuánto llegan a vivir, sino: “¿Y cuándo nació? ¿Cuándo es su cumpleaños?” Les digo que ni idea. Y dice El Cachorro: “¿Y si hoy es su cumpleaños?”

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¡Ja! ¡Claro! Hay 1 entre 365 posibilidades. Pero ¿por qué no? Y su profesora me mira como diciéndome: “¿Ves? Igual no es el que mejor notas saca, pero discurre como nadie”.

Hoy para él ha sido un gran día. Porque después de su clase, su profe ha querido enseñársela a otra profe que es amiga, pero las clases tienen ventanales y, al salir, los niños de esa clase han visto qué era lo que sacaba, y ha habido que hacer otra charla, y cuando me iba había un cambio de clases, y han venido más profes a curiosear, y ha salido una riada de niños, y me he temido ir encadenando clases y no salir de allí jamás, así que me he escabullido, devuelto a El Cachorro de nuevo a su clase y me he ido pensando, a todo esto, en que si queríamos ser discretos haciendo todo de extranjis para sortear a la Santa Inquisición… no nos ha podido salir peor.

Y ahora os cuento los efectos secundarios de llevar la pitón a clase de El Cachorro. Estando en el trabajo por la tarde, y él de vuelta en casa, me llama para preguntarme no sé qué. Solventada la duda, le pregunto yo:

– Oye, ¿qué tal lo de la serpiente?
– ¡Bien
– ¿Qué les ha parecido a tus amigos?
– ¡Han alucinado! Y hasta los amigos de Rodrigo que se metían conmigo, ya no se meten. Ahora es “¡Hola, Simón! ¡Adiós, Simón!”

¡Míralossss! Con que ahora «hola, Simón», ¿eh? Pues ahora es él el que tenía que pasar de ellos.

No quería recurrir a esta herramienta antibullying. Y conste que, por suerte, de eso no sufrimos, por ahora. Pero, oye, la tenemos y la sacamos, y así, con suerte, prevenimos. Porque, no nos engañemos, casi todos los niños quieren ser amigos de un tipo que se pone una pitón de bufanda.


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