Paseos que matan el aburrimiento y acaban con una

No, no soy amante de los niños y me resultan un coñazo supino. Menos mis hijos, claro está. Aunque siempre he tenido temores pensando en que, por muy de mi sangre que fueran, me iba a aburrir horrores haciendo cosas de críos, hablando con ellos, o simplemente estando con ellos. Y, no os hagáis ilusiones, porque una vez madre, sigo manteniendo que pasar el rato en un parque infantil es muerte.

El hecho irrefutable es que convivir con tus hijos es lo más entretenido del mundo. Os narro un día cualquiera, como el de hoy:

Decido llevármelos a dar un paseo (a que me acompañen de compras, vamos, que ya hay que ser valiente). Empiezo a vestir a El Cachorro… Y la primera pega: “Salir a la calle zí pero zi borro zi buzanda”, sentencia. Así que como hace solete, de momento respeto sus deseos. Más tarde sí que le cae la bufanda y protesta, pero no se la quita. Y termina con el gorro, por el que también protesta pero deja en su sitio. Estoy entre que me tiene mucho respeto, o que lo que verdaderamente tiene, es frío.

Total, que nos metemos en el metro y se sienta al lado de un pasajero oriental. El pasajero oriental juega al Candy Crash y eso atrapa la atención de mi hijo. Yo también juego y a él le gusta dar a los caramelitos y que exploten. Así que me ofrece esta estampa de fisgón absoluto.

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El jugador cambia su asiento. Pero eso no arredra a mi pequeño. No es alguien que se desanime fácilmente. Así que continúa echando un vistazo. Y suelta: «No me deja el zeñó a ve».

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En efecto, el chino sieso, no le deja ver. Ni le deja ver ni reacciona de modo alguno a su presencia. Ni una sonrisa, una mirada cómplice, ni no cómplice, ni siquiera una mueca de desagrado. Nada. Como si mi hijo no existiera. Anda, majo, que te crees que va a colar que no te has dado cuenta de que tienes dos ojos pegados a tu cara y a tu móvil…

Luego salimos a la calle. El Cachorro está aprendiendo las letras. Hay una que tiene clara.

swaroski

«Mira, dos ezez de Zimón». Ve eses de Simón por todos los lados. Y es una ilusión total. A mí también me ilusiona que le ilusione.

Nos metemos en una tienda de ropa que también tiene una ese de Simón y, claro, mientras yo me pruebo cosas sobre la marcha, mi niño zascandilea.

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En fin, que todo es la monda. ¿Todo? Noooooooooooooo. No tiene mucha gracia que un torbellino de tres años se ponga a correr por toda la tienda y lo pierda, por ejemplo. Aunque le he quitado la manía de no aparecer cuando lo llamo. Ahora me desgañito solo una vez, porque enseguida se persona a mi vera. Algo es algo. Y hay que reconocerle a la criatura que bastante ha aguantado mis quita y pon de ropa medio en bolas entre la gente en medio de la tienda, por no meterme en un probador con carro, niño y todo el copón.

Y lo que ya es mucho menos divertido es salir a la calle y que el bebé se ponga a llorar como un descosido. Argh, mucho ha durado. Tiene hambre, así que a buscar una cafetería para poder sacar la teta y que no se me congele. Y justo cuando entro en una y cojo al pequeño en brazos hecho un mar de lágrimas, es el momento que aprovecha el mayor para informarme: “Mago piiiiiiiz”. HORROR.

Así que con el bebé aúpa llorando y con el otro con el baile de San Vito, pido a los de la mesa de al lado que me cuiden el cochecito con el bolso con todos mis objetos de valor, y todos los abrigos encima y las bolsas con toda la ropa de niño y de mujer (atormentada) que he comprado. En esas circunstancias no te queda otra que confiar en la gente, así esté fumando un porro y tenga las uñas como un guitarrista de flamenco (que afortunadamente no es el caso). Porque el baño del lugar… ¡¡está escaleras (empinadas) abajo!!

Ir al baño con el brazo izquierdo inutilizado con cinco kilos y pico de peso, para desabrochar un pantalón y aupar con el otro brazo a un niño de quince kilos y pico de peso a un váter al que previamente le has pasado un trozo de papel higiénico (que afortunadamente había) ensalivado por la taza, y pedirle que no apoye las manos y que se sostenga agarrándose a tus piernas, limpiarle el pitilín una vez ha terminado (habiendo hecho una mierda chorro que se podía haber aguantado perfectamente), bajarlo al suelo, subirle los calzoncillos y los pantalones y abrochárselos, es como para que me erijan una pedazo de estatua que sustituya a la de Colón, por lo menos.

Podría seguir. Podría contaros lo de encontrarte con alguien a quien quieres impresionar por Gran Vía y ofrecerle una imagen de psicópata desesperada que no mira a los ojos porque mientras habla intenta localizar a ese menor que momentáneamente se ha perdido entre la multitud, podría relataros mi vuelta a casa en autobús, cuando tú te colocas en el lugar del carrito y tu hijo mayor se quiere sentar lo más lejos posible de ti y de su hermano. Podría. Pero creo que con lo que he contado ha quedado claro que tener hijos, como decía, ENTRETIENE.


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