Papitis

Mientras estamos esperando en el aeropuerto a El Cachorro como agua de mayo, que vuelve de sus vacaciones, voy y me entero por su señor padre de que ayer andaba el crío llorando en Lanzarote porque no se quería ir.

Nos ha echado de menos NA-DA.

Creo que estamos criando a niños independientes, pero eso tiene su contrapartida… ¡Que no quieran estar con nosotros!

Pero nosotros sí que queremos estar con él, así que aquí andamos, en la terminal de llegadas, desojándonos a ver si vemos al fondo a nuestro niño, saliendo.

Y estamos los dos de milagro. El Señor de las Bestias está hasta arriba de curro porque en nada y menos nos largamos 22 diazos de vacaciones al extranjero. Quiere dejar todo más o menos atado, y está que no vive, el hombre. Así que por eso iba a venir yo sola. Pero cuando El Cachorro ha hablado con su padre antes de montar en el avión, le ha dicho que quería que lo fuera a recoger él.

Pues nada, yo estoy de sujetavelas y vengo a cogerle la maleta e irnos ambos a casa, que el Señor de las Bestias luego se vuelve a trabajar también por la tarde. ¡Que te hagan una cesárea para esto…! Este tipo de manifestaciones me duelen directamente ahí, por cierto. Como cuando a algunos les duele la rodilla cuando va a llover. Pues para mí esto es como un hachazo en la cicatriz.

(Siempre sostengo que tiene papitis, pero no es menos cierto que es un niño que quiere ser ecuánime en el amor por/a sus padres, y en realidad esto responde a que, como yo le llevé, quiere que le recoja el otro. Quiere repartirse entre los dos. Si hubiera sido al revés, ahora pediría que fuera yo. Creo).

madre 10 (1)

Llega, lo besuqueamos, y nos hace abrir su maleta en el mismo suelo porque tiene algo que darnos.

madre 10 (2)

Este crío desconoce lo que es la paciencia. Pues resulta que nos ha hecho una pulsera a cada uno.

madre 10 (3)

¿Veis la diferencia entre ambas? Pues la que tiene más abalorios, es la de su padre. Y ahí está la pijotera de su madre:

– A papá le has puesto más cositas…
– Sí, porque tiene la mano más grande y la tía le ha dicho que le ponga 27 bolitas –. Las pulseras miden lo mismo.

El padre está más ufano que todas las cosas. Y también se interesa.

– ¿Cómo sabes para quién es cada una? – pregunta su padre. Cómo se nota que es hombre. No pueden ser más distintas. Pero en fin.
– El que es más azul para mamá. El que es más rosa para ti.

Porque siempre ha sido así, la verdad.


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