La deshonra de la familia

Que dice El Cachorro que no le gustan unos tortellini que he llevado para comer en la playa. Están rellenos de ternera.

Desde hace tiempo lo de comer un filete le cuesta la misma vida.

Hace poco me vino con que matar a los animales para comérnoslos le daba pena. (Hay que decir que hay muchas cosas que le dan pena, como canciones, que, cuando suenan, las tenemos que quitar por ese motivo).

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… ¿A QUE ME SALE VEGETARIANO?

Qué vergüenza, por favor. Qué deshonra para la familia.

Luego está el otro. El otro acaba de beber un batido de chocolate (no ha parado desde que ha visto como lo metía en la mininevera), se ha zampado los tortellini y ahora solo quiere ventilarse mis patatas fritas. Problemas éticos, ninguno.

Las pequeñas cosas

Hoy se pone Don Bimbas una camiseta heredada de su hermano por primera vez: “¡Mira, camiseta superguay con moto!”

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Es el heredero feliz. Espero que estos entusiasmos le duren muuuuuuuchos años.

Porque anda que no puedes tener una vida satisfactoria, si te emocionas con lo mínimo. Don Bimbas está que se sale en ese aspecto. Resulta también que a su pajarito de plástico le ha puesto nombre. Es la primera vez que un hijo mío le pone nombre a un juguete suyo.

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El albatros se llama Mimi.

Y pregunta por él así: “¿None está Mimi?” Y está muy pendiente de dónde lo deja.

Me resulta curioso, la verdad. Un muñecajo raquítico de plástico. Pues encantado de la vida que está con él.

Y no descarto que tenga que adoptarlo…He notado que los niños, o al menos los míos, dan lo mejor que tienen. Don Bimbas me ha regalado su figurita de tigre favorita. El Cachorro siempre me desliza alguno de sus objetos bienamados.

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¿De dónde sacan esta generosidad extrema?

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Tienen mil juguetes y figuritas. Pero me dan las que más aprecian, sus favoritas. No se puede tener tanto corazón. Yo, para rato. Qué orgullosa estoy de ellos.

Estar moreno o ESTAR MORENO

Tú ves estas piernas y lo primero que piensas es que pertenecen a un niño oriundo de las orillas del Ganges.

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Envidiable el color de El Cachorro. Es estupendo. Viene favorecido de fábrica.

Es de la raza de su padre, que me pregunta: “¿Qué es más negro, mi pie o su espalda?”

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Ahí anda la cosa. Pero creo que El Cachorro nos da sopas con onda a todos en negritud. Incluso al moro de su padre.

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(Ojo a las fotos que le saco. ¡OJO!)

Si yo fuera rica

El Señor de las Bestias: “¿Qué hora es?”. Yo: “Las me importa un pito en punto”.

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Estas son las verdaderas vacaciones. Las que no tienen horario. VACACIONES con mayúsculas.

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Yo he nacido para vivir permanentemente así. Lo digo en serio. Hay gente que lo dice pero no duraría ni veinte días. Yo sí. Lo sé. Soy una profesional de las vacaciones. Es mi estado natural. Lo único que me falla y que hace que vaya contra natura es que tengo la cuenta corriente con moho. Por lo demás, cumplo todos los requisitos para vacacionar en condiciones, para ser la mejor vacacionante del mundo.

Es más, no me importaría que me persiguieran los paparazzi y salir en el “¡Hola!”. Yo, por si acaso, ya voy haciendo prácticas, no vaya a ser que me toque la lotería.

No me digáis que esta secuencia no parece la de una famosa pillada saliendo de su casa de verano.

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Es que no puedo salir más ideal. De verdad que yo he nacido para ser rica. Lo llevaría superbién.

Obviedades

Estamos en la playa y aparece El Cachorro con una pala que no es suya.

– ¿De dónde has sacado eso?
– La he encontrado.
– No, majo, no. Eso es de alguien seguro – la pala está perfecta.
– Estaba cerca de la basura. Seguro que alguien se hizo mayor y ya no la quería.

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Porque… ¿qué otro motivo, más que el de hacerse mayor de repente, ha de tener nadie para tirar una fabulosa pala de playa a la basura?

Mi hijo es de los que ven las cosas claras. No se pierde en detalles absurdos. La vida para él es de lo más obvia.

Por la noche, pido un vino blanco. Viene el camarero y me sirve lo justo para probarlo y darle el visto bueno. Y salta El Cachorro:

“Hala, qué poco te han echado”.

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Ea. Está bien que exija sus derechos como consumidor. Él ha realizado un comentario objetivo, que es que me estaban racaneando el vino.

Supongo que también ha creído que me han echado más gracias a su “indirecta”. ¡Es de agradecer!

Chamuscando al pequeñito

Joooooooooooder. Ha cogido el Señor de las Bestias a los dos críos y, antes de salir de viaje en coche, les ha dado una vuelta encima de mi moto nueva por el garaje.

Esa moto es incandescente, el Infierno sobre ruedas. Jamás me he montado en algo que quemara tanto. De hecho, y eso que iba con extremo cuidado, el mismo día de mi cumple, cuando la estaba probando yendo con unas bermudas, me quemé un poco (un poco, comparado con mis dos quemazos míticos en la pierna, uno de ellos del verano pasado).

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(El nuevo es el de arriba del todo).

Pues bien, cuando la aparca para coger el coche y largarnos de viaje, va y quema a Don Bimbas. “¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!”, grita el pobre.

Yo me asusto. Sé lo que es eso. Y sé la guerra que dan estos quemazos, que son lo peor. Sé los cuidados que requieren. Sé lo que duelen y molestan. ¡POBRE MÍO!

Le echo una bronca del carajo al Señor de las Bestias. “No es nada”, dice. “Sí, sí que lo es”, le replico. Si me conoceré el percal. Parece que no es para tanto, y luego es aún peor de lo que parece.

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El pequeño, OBVIAMENTE, hecho un mar de lágrimas. Pero cuál es mi sorpresa que, su disgusto, aparte del lógico dolor, provenía de otra preocupación. Me dice: “No quiero ser zombi…”

¡Jaaaa, ja, ja, ja, ja!

Ay, por favor. Resulta que, cuando yo me quemé el verano pasado, mis hijos, sobre todo El Cachorro, hizo que enseñara la pierna de zombi día sí, día también, a sus amigos en la piscina. Por supuesto, mis hijos veían la pierna de zombi (la herida asquerosita) a diario. Pues se ve que caló tanto que ahora coge y me viene con esas…

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Ay, mi chiquitín. Marcado ya de por vida. Y con unos días por delante bastante aparatosos, de intentar curar la herida, a la que no le puede dar el sol ni se puede ensuciar, EN LA PLAYA…

Broum, broum

Hoy es mi cumpleaños, que es algo que sucede todos los 20 de agosto.

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Todo el mundo sabe que, para mí, mi cumpleaños es superimportante. Quién lo diría, habiéndolo vivido siempre sin caramelos y sin fiestas. Pleno verano. En clase en el cole yo en el tema cumpleañero directamente no existía. Y normalmente siempre me pillaba fuera. Yo he cumplido años, cuando era pequeña, en Mallorca, Túnez, Pittsburgh, Peñíscola… De mayor, en Sancti Petri, Bali, Namibia (tampoco está mal, ¿no?)… También en Pamplona y en Madrid, claro que sí. En Madrid toca también este año. Llevo varios consecutivos. En esta ocasión, hemos estado de vacances en Ibiza y Denia y acabamos el periplo en el Algarve portugués (sí, son las MEGAVACACIONES. Pero ha sido un año con DEMASIADO estrés y me las he ganado). Pero antes de la última parte, cuatro días en casa. Que coinciden con mi cumpleaños. Así lo he querido. Con la edad, una se vuelve práctica. Que me digo: “Mejor en casa para poder dejar todos los regalazos que me van a caer, y además doy la oportunidad de poder estar al lado de un Corte Inglés o de mil tiendas para olvidos de última hora”. ¿Sí o qué? Una no cumple años en balde. La sabiduría se abre paso en mí.

Retomo. Decía que mi cumple es mi gran acontecimiento anual. Aunque lo viva con cuatro gatos. Ni fiestón me hace falta. (Aunque los he tenido, y sorpresa, y me han chiflado). El Señor de las Bestias lo sabe. Esto se lo he grabado a fuego. Y la verdad es que, meterá mucho la pata y dejará bastante que desear en varias ocasiones. Pero en mis cumples, se luce.

Hace dos años me organizó una gymkana fabulosa y acabamos en un hotel rural maravilloso, y el año pasado nos lo montamos de escándalo. Yo muchas veces pienso… ¿qué narices hará este año para superarse?

Me despierto y me lo encuentro vestido. A él y a El Cachorro.

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“Nos tenemos que ir. Para las once, estate preparada”. Don Bimbas también se despierta y se apunta al plan. Cuando estoy lista, llamo. Están en el portal: “Vamos a desayunar”.

Así que bajamos y nos vamos a un Viena Capellanes. De dentro, mis niños salen con dos paquetes.

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Sé que uno es un casco. Hace poco un amigo cerró su mítica tienda de accesorios de moto y le dije al Señor de las Bestias que había visto uno abierto amarillo todo molón. Y un día lo pillé mirando cascos por internet.

Abro el otro paquete y resulta que es una cazadora motera de Harley Davidson.

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Que digo, pues bueno, es una marca que a mí siempre me ha gustado. Aunque me verán en mi Suzuki 250cc y dirán “qué salada, con su casco de Harley en su motaja”.

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Al abrir el paquete que sé que es un casco, ya me empiezo a mosquear. Porque, équili, he acertado. Es un casco. Pero… de Harley Davidson.

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Y es cuando el artífice de todo esto me dice: “¿A ver cómo te queda todo si te colocas al lado de esa moto que hay aparcada?”.

NO.

Noooooooooooooooooo.

¡No puede ser!

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Se me saltan las lágrimas.

¡¡Pero es que no puede ser!!

No me quiero emocionar mucho porque estoy asustada. Porque se ha pasado. Porque ni la he pedido ni la necesito ni nada. Porque no me lo acabo de creer. Porque no puede ser.

Voy y la miro. Es preciosa.

Vuelvo a la mesa. Me siento. Estoy sin palabras.

El Señor de las Bestias pide la cuenta. Y aparece la camarera y me la trae… Las llaves están en el platillo.

La mujer no da crédito a que yo no dé muestras más fehacientes de alegría, que no demuestre sorpresa. Pero estoy demasiado sorprendida como para mostrar sorpresa. Y digiriendo.

Maaaadre mía.

Es real. Esta moto es mía.

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Una Harley Davidson.

Maaaaaaaaaaaadre mía.

“¿No te has dado cuenta de cuando la han traído y la han aparcado?”

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NO-ME-HE-DADO-CUENTA.

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Increíble. Ha sucedido delante de mis narices.

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Y sin enterarme.

El Señor de las Bestias se ha pasado. Es un BESTIA.

Dos preciosos

Están mis dos pequeños jugando con sus cochecitos. El Cachorro le dice a Don Bimbas. “¿Me das el coche amarillo?” Y Don Bimbas se lo da.

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– ¿A qué soy muy güeno? – pregunta.
– Muy bueno – le contesto.
– No, Simón. – Quiere que se lo diga su hermano.
– Simón, dile que es bueno – le pido.
– Eres bueno – le dice – ¿Y yo?
– Eres muy güeno, Simón. Eres muy peziozo.

Jaajaja. Qué preciosidades tengo.

El pulso

Don Bimbas tiene carácter, sí. Y me echa pulsos sin parar. Primero, cuando le llamo y no viene. Eso ya sabéis que es su especialidad. Se la pela lo que le diga, o lo que se pierda, si no se quiere mover porque está chinado perdido, no se mueve.

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Pero últimamente, cuando ve que le compensa venir, pero no quiere dar su brazo a torcer, si le digo “ven”, me dice “no, ven tú”. Y tengo que ir, claro.

Tengo que acercarme hasta donde está él y, entonces sí, consiente en venir conmigo y hacer lo que le digo. Claro, que a mí también me revienta que ese canijo me mande, así que alguna vez (me sobran dedos de una mano si las cuento), contraataco diciéndole yo: “No, tú, ven tú”, y él no viene y mi enfado va in crescendo, le riño y me largo y él pierde las cuerdas vocales gritando, y así pasamos el gran rato, la mar de bien.

“No, ven tú”. Con dos cojones, mi niño.

¿Qué por qué me compensa no tirarlo por la ventana? Porque es un experto en amor verdadero. Porque cuando lo acompaño a la cama…:

– Te quiero – le digo.
– Te quiero yo a ti.

(Ya, ya sé que hay un post en el que contaba esto, que él siempre responde: “Te quiero a ti”. Hoy ha introducido la variable del “yo” y me ha parecido oportuno volver a sacar el tema. Más que nada porque me priva y me enamora y quiero sacarle partido antes de que se le pase esta vena tan amorosa).

De verdad que no hay nada en el mundo que supere esto.

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Me recontrachifla este lenguaje como de yo Tarzán, tú Jane.

Me estalla el corazón.

Me reconcilia con él y él sabe que así consigue una especie de salvoconducto para cuando me pone de los nervios y me reta.

Miembro fantasma

Esta mañana, desayunando, Don Bimbas tiene frío. Por eso le traigo su bata, una que tiene unas orejitas en la capucha, que se coloca y está más mono que ni qué. Así que… adivinad… Le casco una foto. (No sé por qué lo digo en singular, cuando siempre es en plural. Fotos).

– ¿Ané (a ver) la foto? – pide mi pequeño. Y se mira. – Parezco un ratón – sentencia.

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Pero hay algo que lo deja mosqueado…: “¿Po qué no puedo mové las orejas?”

Jaaajaja. Parece un amputado, que sufren del síndrome del miembro fantasma, pero al revés.