Qué perra con la gata

Tanto ofrecerles bichos al lado del morro para que les den besos, que ahora se encuentran cualquier gato callejero y le besuquean el hocico sin parar. Y como si es una rata de alcantarilla.

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Según ha podido observar el Señor de las Bestias, el gato tenía que ser gata. Parecía embarazada. Yo lo que he pensado es que, de instinto, este animal iba flojo.

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No sé qué le hacía pensar que estaba a salvo en manos de estos dos mastuerzos besucones. Porque los besos no fastidian, pero intentar agarrarlo a toda costa por el cuello, por la tripa, por donde sea, eso ya es otro cantar.

Pero la gata, ahí estaba, aguantando el manoseo y el mareo estoicamente.

Hay embarazadas que se vuelven locuelas.

Si no quieres taza…

Yo no sé para qué colgamos el menú del cole en la nevera, si no lo consultamos nunca.

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Hoy han comido un cocido y cojo y les doy de cenar… alubias rojas.

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Oda a la legumbre. Ea.

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Siempre hacemos la misma gracia. ¿Comen tortilla? Pues hacemos tortilla para cenar. ¿Ha habido pollo? Pues filetes de pollo a la plancha. Qué desastre, la mare de Deu. Tenemos ojo clínico. Dadnos un menú bien pensadito, que os lo desequilibramos en un periquete.

No tuta

Y dale. Es que no hacemos carrera con este crío. Le coge manía a toda la ropa nueva nada más verla. Casi siempre va de azul y hoy decidí ponerle un pantalón beige de los cuatro que tiene muertos de la risa. Pues ha sido sacarlo del armario y ofrecérselo y cerrarse en banda. “No tuta”.

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Y que no hay forma de colocárselo, oigan. Tengo que estar a limpia estratagema con él. Hoy ha sido: “¿Quieres ir con papá a desayunar a la calle? ¡Porque se va ya!” Ha accedido a regañadientes y yo me creía victoriosa. Hasta que le he sacado el abrigo nuevo. Una chulada. Pues ea, que no. “¡No tuta!” Madre del amor. (Yo, también, he estirado demasiado el chicle…) El argumento: “Es el que te pega, el azul no va con lo que llevas”, no ha servido para que diera su brazo a tocer. Ha sido de nuevo el: “¡Que se va papá, que se va!”, con el Señor de las Bestias en la puerta, el que ha terminado de convencerlo.

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Qué cara de alegría.

Ya son ganas de complicarlo todo continuamente, ¿no? ¿Por qué esa manía de ir con el no por delante?

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Pero me he salido con la mía.

Con lo que no da guerra es con el pijama. Está de lo más obediente.

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¡Miradlo! ¡Tan feliz! ¡Con los pantalones del pijama encima de los de vestir! Para hacer el ganso está siempre disponible.

Encestar

Que tengamos que dar espectáculo cada vez que vamos a un restaurante…

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Culpa del padre, que juega a meterles bolitas de miga de pan en la boca.

Y ahí están los dos.

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Que parecen pollos en un nido.

El caso es que el Señor de las Bestias es bastante bueno, y encesta casi siempre. Pero que yo esté de los nervios por dar mal ejemplo a los críos de cómo se comporta uno en un restaurante, y por temer que se le escape una bolita y le dé en el cogote al de la mesa de detrás, eso no me lo quita nadie.

La diversión de unos, el sufrimiento de otra.

Patatolandia

Aquí pongo cara de interés.

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Pero no es por lo que estoy viendo. Es porque estoy haciendo como que no sé que el Señor de las Bestias me está sacando una foto, pero estoy posando. De hecho, lo que veo me espanta, me horripila, me estremece. Se trata de “Cortylandia”. Vamos a ver, ¿qué os pasa a los madrileños con este horror? Todos emocionados, y no existe en el mundo petardez mayor. Si al menos los muñecos hicieran un recorrido o algo… Pero no, te sueltan un tostón de canción que dura más que una depilación láser integral (y es más dolorosa), y los muñecos mueven levemente la cabeza. Y todos extasiados perdidos.

Madre mía, qué fáciles de contentar. Mis hijos se aburren como locos. Les parece más interesante el reflejo del sol contra una farola.

Por eso llamo a “Cortylandia”, “Patatolandia”, porque me parece una patata de atracción. Y El Cachorro se mea, porque no hago más que bromas acerca de esto, de lo terrible que es, y pongo voz del Pato Donald. Y así parece que la cosa, mejora…

Madrileños, qué terrible infancia tenéis.

Corta vida

¡Hoy ponemos el árbol de Navidad! Qué ilusión, madre.

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Disfruto como una enana desenvolviendo las bolas, que son unas cuantas, por cierto, montando el árbol y decidiendo su diseño…

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E intento contagiar a mis hijos, aunque con reservas. Las bolas son delicadas y mis niños NO son delicados. Hay una incompatibilidad que me hace sufrir horrores y es contra la que lucho para poder disfrutar del momento.

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Decido sobre la marcha que, este año, el árbol sea blanco y crudo. Y nos ponemos manos a la obra.

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Hay bolas de toda clase, y algunas de ellas especiales, como las dos que traje de mi reciente viaje a Nápoles. A mí me vuelven loca las nuevas adquisiciones navideñas. Pues bien, una NO HA LLEGADO NI A SER COLGADA. ¿Qué ha ocurrido? Pues esto. Es que se podía haber roto cualquiera que compré aquí, pero no, la de Nápoles.

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Vaya carilla que se me ha quedado.

Esta es una facultad que tienen los críos, ¿verdad? Esa capacidad innata para identificar, de entre todo lo rompible de valor, lo más irremplazable, lo más nuevo, lo más especial. Un don desconocido que estudiar a fondo. Desde aquí hago un llamamiento: Destinemos recursos económicos a la ciencia para que alguien descubra a qué se debe este fenómeno. Y seguro que tiene alguna utilidad sorprendente. ¿No se anima la universidad de Massachusetts? ¿La de Wisconsin? Venga, que luego se invierte dinero y esfuerzo en determinar que el chocolate hace más feliz a la gente, y esto te lo digo yo de gratis. PERO NECESITO QUE ALGUIEN ME EXPLIQUE ESTO.

En fin. Afortunadamente adornos no me faltan.

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Así me ha quedado el árbol.

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Más mono que ni qué. No puedo parar de hacerle fotos y de enseñároslas.

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Me gustan bastante mis bolas, he de decir.

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Y así he dejado la entrada:

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Colgar cosas, ¡qué vicio!

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Y el salón (con niño derrengado):

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Que luego quitas todo en enero y se te queda como mustio.

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Me merezco un premio:

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Voto por que sea Navidad todo el año.

Aventura en el pasillo

Con tal de no ir a la cama a echar la siesta es capaz de estar entretenidico en el pasillo con un coche unas dos horas. Está ahí porque sabe que si entra al salón donde estoy yo, se ganará un bufido (por no hacerme caso habiéndose ido a dormir). Así que se queda en el pasillo, en la entrada del salón, para tenerme cerca o a la vista.

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Hace lo mismo de noche. Sale de la cama y por no entrar en el salón para que le afeemos la conducta, se queda en el pasillo. Y tú lo oyes trajinar y respirar.

Por supuesto en ambos casos, tanto cuando lo hace en la siesta como cuando lo hace de noche, al final me da penica y le digo que venga. Entonces se le ilumina la cara y se acurruca a mi lado en el sofá, el jeta.

Y me recuerda a mí. Yo hacía lo mismo. Yo también me levantaba por la noche y me quedaba en el pasillo pero silenciosa, para poder ver la tele desde ahí. La disposición del sofá y la tele en casa de mis padres por aquel entonces era propicia para mis propósitos. Estaban de espaldas a la puerta y la tele de frente al pasillo. Así que, aunque veo al peque reflejado en mí, lo cierto es que tanto la situación como el propósito eran distintos. Y ahora, un saludito a mis padres… je, je.

O nada o todo

Yo creo que la cosa anda entre que es muy poco caprichoso, y que tiene de todo. Así que cuando por decimocuarta vez le pregunto que qué quiere para su cumple y qué pedirá a los Reyes Magos, El Cachorro por decimocuarta vez me contesta “no sé”. Así que opto por tenerlo toda la mañana pegado a la tele para que vea anuncios, a ver si se inspira.

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Y entonces ya viene siendo que quiere “todo”, así, al buen tuntún, sin ningún tipo de criterio ni nada. Superinspirado que está. No hay término medio, no…

Campeonato de cabezonería

A Don Bimbas le encanta el yogur. Pero esta vez le he dado yogur natural, a pelo, sin azúcar. Así se lo comía El Cachorro en su día, y oye, si a este también le gusta así, pues mejor que mejor.

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No. No le gusta. Ni ver.

Entonces le digo que espere, que le voy a poner azúcar y que ya verá qué rico está.

Que si quieres arroz.

– ¡¡NO!!
– Cariño, de verdad, pruébalo ahora solo una puntita, ya verás que sabe totalmente distinto – le acerco la cuchara a los labios.
– ¡¡NNNNNNNOOOOOOOOOO!!
– Vengaaaaa, que te va a gustaaaaar, haz caso a tu mamá que siempre que te dice que te va a gustar algo va y te gustaaaa.
– ¡NO! ¡NO! ¡NO!

Cerraba la boca que ni la puerta de un refugio antinuclear en pleno Armaggedon.

– Cariño, me pones del higadillo, qué cabezón eres. Abre la boca.
– ¡¡No tuta!!
– Pues si tú eres cabezón, tu mamá, más. Que no me conoces. Y ahora, mira tú por dónde, me he encabezonado con que pruebes un poquito del yogur y no pararé hasta que lo hagas.

Un duelo de titanes.

Y al final, ¿qué ha pasado? Pues que le he obligado a abrir un poco la boca (que mis sudores me han costado), le he enchufado un poquitinino de yogur… y ha relajado el gesto y todo.

– ¿Te gusta?
– ¡Ti!

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UFFFFFFFFFFF. Señor, qué lugar tan cerca de ti me estoy ganando.

Falsa superalarma

Estoy en el trabajo y me entra una llamada. Veo que es de la mujer que cuida a mis niños. Y estoy por no cogerle, porque es la hora a la que los recoge del cole y suele llamarme para decirme, entre grandes aspavientos auditivos, que Don Bimbas se niega a andar, que ella no puede, que qué hace, que mira, que esto y que lo otro. Y yo no sé por qué narices me llama, porque yo estoy a unos cuantos kilómetros de su localización y desde el trabajo no puedo hacer nada. NA-DA. Y me pone negra porque me hace perder un tiempo precioso quejándose sin parar, y ni avanza ella ni avanzo yo.

Es una mujer de por sí exagerada. Si estamos en el patio, de repente la oigo: “¡No! ¡NO! ¡¡AY!!”, gritando como loca, pero de esos gritos en plan susto, como los que emitiría cualquier ser humano si viera a alguien autoseccionándose el antebrazo con un hacha. Y cuando miro alarmada, es cualquier tontuna. Alguna donbimbainada pero de las más suaves. “Ay, chica, qué susto”, le digo, “¡pero tú, no él!”

Tiene ahora a su hija embarazada. Y vive en un drama continuado. Que si los médicos le han dado cuatro FPP, que seguro que tiene complicaciones, que si el padre de la criatura se ha ido a Francia a buscar una vida mejor y que seguro que no vuelve, que se tendrá que hacer cargo ella, que cómo lo va a hacer, que me dejará tirada, que… Con esa cantinela vivo yo a diario.

Así que cuando ahora a las cuatro de la tarde veo su nombre en la pantalla del móvil, pongo los ojos en blanco, suspiro hondamente, me muerdo el labio inferior y… contesto.

– AAAAAAAAAAAH. BUAAAAAAAAAAH. BUAAAAAAAAAH. – escucho de fondo (como para no). Es Don Bimbas. Entre los lloros, emergen los gritos de la mujer.
– ¡¡Ay, Amaya, está llorando, mira!! ¡¡Y le duele la barriga!! ¡¡Me lo ha dicho su profesora cuando me lo ha dado!! ¡¡Que se ha empezado a quejar a las tres y media!! – todo son frases cortas entre gritos – ¡¡¡Mira, mira!!! ¡¡¡Escucha!!!
– BUAAAAAAH, BUAAAAAAAH.
– Ya, ya, vale, tranquilidad. A ver, ¿le duele la tripa?
– ¡¡Sí!! ¡¡La tripa!! ¡¡Un montón!! ¡¡No sé qué hacer!! ¡¡Estamos aquí!! ¡¡No se mueve!!

Hoy al menos parece que tienen una excusa más elaborada. Lo de estar “ahí” sin moverse es la tónica general: Don Bimbas se niega a andar, la mujer no lo puede coger aúpa, y se quedan el gran rato, con ella desesperada y El Cachorro hastiado perdido. Las performances del pequeño es que son de un aburrido ya que no se aguanta. Pero la actuación de hoy está siendo soberbia.

– ¡¡Y la profesora os iba a llamar, a los padres!! ¡¡Pero eran las tres y media!! ¡¡Y como ya era casi la hora de salir, por eso no os ha llamado!!

A mí lo de irme del curro me viene fatal, porque, de costumbre, mis circunstancias no me acompañan. Contrato de un mes para un programa piloto en una productora con la que nunca he trabajado anteriormente que ha presupuestado por supuesto a la baja y tiene las jornadas de grabación y edición contadas y son más que escasas. Es decir, desde que entro curro como una mona sin descanso para poder llegar, meto más horas de las que corresponden, y no quiero largarme a mitad de día para que me miren mal.

Por otra parte, hay que ser realista. ¿Qué ganamos con que vaya yo para allá, que tardo, si el tráfico es benigno, y eso es mucho decir en Madrid, como poco tres cuartos de hora? Y, además, no sería la primera vez que dejo un curro por lo mismo, por acudir a una llamada entre gritos de esta señora, que me presenta a mi niño moribundo solo porque llora, y cuando con la lengua fuera y preocupada llego a casa, está el tipo sentado viendo la tele y, si tuviera edad, fumándose un puro. Y la otra: “Ah, ya se le ha pasado”. Que es para meterle la cabeza en la olla de agua hirviendo.
Insisto, aun si el asunto es grave, ¿qué puedo hacer yo desde la distancia, por mucho que decida ir? Con lo que tardo, el crío la ha espichado.

Seamos prácticas:

– A ver, mira, coge un taxi…
– ¿¡Un taxi!? ¿¡¿Un taxi?!? ¿¡Dónde, un taxi!?
– A veeeeer, yo te mando un taxi. Ahora vamos a colgar y llamo a un taxi y te lo mando.
– ¡¡Vale!! ¡¡Vale!! ¡¡Está el niño doblado!!

Llamo al taxi y le doy las coordenadas. Vuelvo a llamar a la señora.

– Mira, el taxi va para allá.
– ¡¡¡No lo veo!!!
– Escuuuucha. Va-para-allá. No-está-ahora. Está-de-camino.
– ¡Vale! ¡¡El niño está doblado!! ¡¡No para de llorar!!
– Bien. Cuando cojas el taxi os vais directos al ambulatorio.
– ¡¡Pero tú vienes!!
– No. ¿Cómo voy a ir yo? Yo no voy. ¡Estoy a una hora de allí!
– ¡¡Pero no tengo hora para ir allí!!
– ¡A ver, por urgencias! ¡Te presentas, das su nombre y le verán de urgencias! – De verdad, todo problemas.
– ¡¡Pero el taxi cómo lo cojo!!
– ¡El primer taxi que veas en esa calle es el tuyo! ¡Paciencia!
– ¡Con tanta gente ahora aquí, cómo hagooo! – sigue lamentándose. Maaadre del amor hermoso, qué cruz tengo con ella.
– No te preocupes que para cuando llegue se habrá despejado de gente.
– ¡¡Pero tú vienes!!
– Nooo, yo no voy.
– ¡¡No para de llorar el niño!!
– ¡¡Pues ahora os vais a que lo vea un pediatra!!
– ¿¡Vas allí?!
– ¡¡No, no voy a ir allí!! ¡Cuando lo vea el pediatra me llamas, y si es una apendicitis galopante, no te preocupes que ya iré corriendo, pero a ver qué diantre es porque para mí que es un pedo atravesado!

Convencida de lo del pedo, estoy. Si me conoceré el percal. Y al uno. Y a la otra. La otra que casi me escupe “mala madre” a la cara con tal de hacer que yo abandone mi curro.

– Tú antes que nada te tranquilizas. El taxi va para allá. Si el niño llora, que llore, qué se le va a hacer, ¡pero no ganas nada gritando, mujer, por favor!

Así que allá que se han ido. Al rato llamo.

– Amaya – me contesta en voz baja – lo está viendo ahora el médico.

En efecto lo oigo darle órdenes a Don Bimbas. Y ahora el desesperado parece él, el médico. “¿Te duele aquí? ¿Y aquí? ¿Y aquí? ¿Te duele? ¿Te duele ahora?” Parecía tan ansioso que si llego a ser Don Bimbas le digo que sí. Pero Don Bimbas a todo que no, tan pichi. Colgamos el teléfono.

Más tarde, la histérica mujer me llama:

– Dice el médico que no ve nada ni nota nada.
– ¿Y cómo está el pequeño? Tan tranquilo, ¿no?
– Sí, bueno, sentado conmigo en la sala de espera.
– Ya.
– A ver cuándo quiere andar.
– Pues en cuanto vea algo que le interese, una pelota, un niño, o que su hermano tiene algo superatractivo en la mano.
– El médico ha dicho que si vomita o tiene diarrea, que lo llevemos corriendo.

Yo sé que eso NO-VA-A-SUCEDER.

– Bien, vale. Pues a ver qué pasa entonces.
– Dice también el médico que puede ser algo emocional. Yo lo que creo es que se moría de hambre.

Y yo sigo con mi teoría del pedo.

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En cualquier caso, me ha tocado volver a explicarle a esta mujer que yo, a una hora de distancia, poco puedo solucionar si mi hijo está berreando. Que tampoco ayuda nada que el personal (o sea, ella) se ponga nervioso y grite. Que tiene que facilitarme la vida y evitar preocuparme constantemente. Que cuando ocurra algo que no implique sangre, brecha, corte, ambulancia, etc., me llame para informarme: “Veo al crío chungo, me lo llevo para el médico”, y que luego me diga qué es lo que tiene, para actuar yo en consecuencia.

… Y sé que es una conversación que no-va-a-servir-de-NA-DA.