Madre malrollera

Una madre malrollera es una madre malrollera a tiempo completo.

Esta semana tengo turno de tarde en el trabajo, ergo no veré a mis hijos a la hora de cenar y acostarlos. Ni, obviamente, en el previo. Me fastidian estos turnos porque me los pierdo, y bastante poco los veo. Pero bueno.

El caso es que hoy el Cachorro comete el error de llamarme. En Semana Santa le hice aprenderse mi móvil y ahora, albricias, me suele pegar algún toque. Y yo encantada.

En cambio, igual deja de hacerlo, porque aprovecho para pedirle que me pase con su padre y le indico qué tarea le tiene que dar para que haga. Y al otro, a Don Bimbas, que no tiene tareas, también le cae algo que hacer. Recuerdo que hay por ahí suelta alguna ficha de cuando su hermano era pequeño, y lo pongo también (a distancia) a dar el callo.

El Señor de las Bestias me envía esta foto:

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Lo dicho, estaban tan felices hasta que me han llamado. Creo que El Cachorro va a desaprender mi teléfono en un pispás.

Artista incomprendido

“Mira lo que he hecho, ¡un reno!”, me enseña El Cachorro.

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“Y una silla”.

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Y así anda, formando figuras.

Y luego va el cafre de Don Bimbas y le destroza todo.

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“¡Jo, Pablo, estás estropeando mis obras!” Y el otro, lejos de compungirse ni de arrepentirse, se troncha. Disfruta haciendo el mal a limpia carcajada. Es que le echas la bronca, además, y te hace: “Ja-ja jajajá” (no es onomatopeya, es así dicho, ja-ja, jajajá, con las jaes muy marcadas, en plan “mira cómo me la pela que me abronques”).

Pobre artista mío, lo que tiene que sufrir con su hermano pequeño. No sé cómo no le acaba poniendo el juguete de sombrero.

Daños colaterales

Se pone el Señor de las Bestias a trabajar en sus cuentas por la noche y mis niños acaban así.

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Y así se van al cole al día siguiente.

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Porque aquí nadie se hace responsable del desaguisado, ni el padre, dueño del aparatito infernal, ni los críos, a los que no se les ocurre idea buena. Pues, hale, a apechugar todo el mundo (hoy los deja él en el cole).

Es que les da igual todo, de verdad. Alguna mañana amenazo con que, si no se cambian cuando digo y/o cuando deben, los llevaré en pijama al cole. Don Bimbas: “¡Bieeen!”

Aventura con las bicis

Estamos de vagueo en el sofá, pero los pequeños ya no se aguantan vivos.

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Así que decido arrancarme la pereza (en carne viva, me he quedado, qué dolor) y coger las bicis para ir a Madrid Río. Ya el domingo pasado Don Bimbas pasó de que le llevara en el asiento de atrás y quiso coger su bici con ruedines. Yo no daba un duro por nuestra vuelta en bici, pero entre los empujones del padre en las cuestas y sus ganas, algunos pedales con fundamento sí dimos. Así que, en un alarde de arrojo y valentía, me animo, en vez de llevar a Don Bimbas en la parte trasera de mi bici, a llevar a los dos con sus propias bicis.

Cuando vamos al descansillo, me topo con los vecinos y sus tres hijos. Con sus bicis. La mayor tiene la edad de El Cachorro. Y pide venir con nosotros. Su padre: “A ver, ellos ya están acostumbrados a ir en bici, cariño, y no va a estar papá para llevaros a ti y a tu bici si te cansas”. No es que estemos acostumbrados, pero mis niños, aunque hagan algo por primera vez (y no es el caso), si les gusta, son bastante resistentes. La cría dice que sí que va a poder seguirnos. Y yo, que confío mucho en el poder de superación de los niños, sobre todo cuando no están con sus padres y tienen un reto por delante, y porque sé que con un niño de tres años que va en una mini bici con ruedines, no vamos a ir ni muy rápido ni muy lejos, le digo que se venga.

O sea, tres canijos y yo. Una de la que no conozco su comportamiento cuando está sin sus padres ni sé por dónde me puede salir y otro al que sé que me tocará empujar por cuestas y con cuyo carácter tendré que lidiar (por ejemplo, pararse de repente por alguna razón que solo está en su cabeza y negarse a volver a ponerse en marcha a pesar de que su madre se esfuerce en negociar de todas las maneras posibles). ¿QUIÉN DIJO MIEDO?

Nos vamos los tres y tan campantes. Sí, el pequeño se para para explicarme cosas, porque tiene una sed inusual y constante, porque se cansa o porque sí. Y como veo que eso nos va a ralentizar desde el minuto uno, le ofrezco dejar su bici atada a una farola, llevarle yo en la silla de atrás y cogerla a la vuelta. Dice que nanay. Pero se pone las pilas.

La vecina se me toña no una (rueda que hace un extraño al toparse con un escaloncito), ni dos (se le retuerce el manillar intentando esquivar personas), sino tres veces (al ir sobre arena). Que menos mal, como digo, que no soy su madre y tenía el orgullo suficiente como para no echarse a llorar, porque si no, o si en vez de un rasguño se hace daño de verdad, a ver qué narices hago yo sola con los tres y las cuatro bicis, ¿sabes? Menos mal que yo esas cosas no las preveo antes, porque si no se acabó la espontaneidad y la improvisación.

Ocurre también que El Cachorro y la vecinita van por delante todo el rato mientras yo lidio con el pequeño y sus numerosos parones. Por suerte, y creo que es más gracias a ella (superresponsable) que a mi hijo, también veo que se paran para esperarnos. Yo les digo que muy bien, que a mí siempre me tienen que tener a la vista.

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Pero ya volviendo, veo que hay una cuesta abajo seguida de una cuesta arriba. Así que les digo a los res: “Venga, carrerilla, lanzaos y no paréis, que luego viene una cuesta arriba”.

No adivinaréis lo que sucede, claro… Don Bimbas se para. ¿Cómo es posible que le ponga tanto llevarme la contraria y sabotearme los planes? Pero los otros dos corren como alma que lleva el diablo. Lo malo, que no paran. A pesar de que me desgañito como para perder la garganta, El Cachorro, que creo que ha heredado mi dureza de oído, no me oye. Los pierdo de vista y ya me pongo negra. El pequeño me ayuda mogollón negándose a avanzar. Un primor todo.

El caso es que consigo tirar de él y encuentro a los dos gaznápiros, que vuelven. Por lo visto, entre los dos se había producido una conversación sobre cómo proceder. Ella, que, insisto, tiene más cabeza que mi hijo, ya lo estaba pasando mal, la pobre.

Por lo que me cuentan, viéndose “perdidos”, no sé cuál de los dos propone ir yendo a casa. Menos mal que no se les ocurre tal disparate. Sé que El Cachorro, que también ha heredado mi orientación, podría hacerlo sin problema. Pero estábamos aún lejos y, sin un adulto al lado que los tranquilizase si de repente les entraban dudas de si iban bien, o por si les pudiera parecer que nuestra casa estaba más cerca de lo que les estaba resultando finalmente y se angustiaran, no era muy buena opción.

Vamos, era nefasta. Imaginaos yo, sin encontrármelos. Me da un infarto.

Ellos siguen contándome sus diatribas, y para que veáis qué malaje El Cachorro (y lo “agobiadísimo” que estaba por no verme), me cuenta la cría que, en pleno debate sobre qué hacían o dejaban de hacer, le salta: “Seguro que a mi madre le han disparado”. Ea, para tranquilizarla.

Qué truculentos son los niños. No respetan ni a sus madres.

Bueno, en cualquier caso, reunidos de nuevo, veo que la madre de la niña me manda un mensaje en plan “volved ya, que mañana hay cole”. Y me siento como la cuarta niña, a la que regañan por saltarse las normas. Así que les azuzo diciéndoles que nos van a reñir a todos por llegar tan tarde. Y se ponen las pilas. Creo que porque ven mi cara de agobio (esta vez sí). Nunca he llevado bien que me lean la cartilla…

Volvemos sanos y salvos y con ganas de repetir. Punto para mí.

P.D. De vuelta en casa introduzco en Google el recorrido que hemos hecho y, entre ida y vuelta… ¡¡6 kilómetros!!

Tengo un pequeño que es un campeonísimo y yo soy otra campeonísima por atreverme a vivir esta aventura así, sin anestesia.

Caerme un rayo encima

Estamos hablando El Cachorro y yo sobre qué pasa si te cae un rayo encima. Yo le estoy diciendo que no lo cuenta.

– ¿Y si te cae en el pie?
– Se te queda negro para siempre.
– ¿Y si te da en el corazón?
– Te mueres.
– ¿Y si te da en el pito?
– Pues que no puedes tener hijos.
– ¿Por qué?

MIERDA.

– Esteeee, porqueeee…

Hace falta ser lela. Y dice:

– ¿Porque los niños dirán: “¡Aaaaaah!, ¡es un monstruo, no un padre!”?
– Claro – Uff.

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Y se queda tan satisfecho con su conclusión. A mí sí que ha estado a punto de caerme un rayo encima.

Chiste de Jaimito

El Cachorro:

– ¿Te cuento un chiste que seguro que lo has oído?
– ¿El del abuelo y Jaimito?

Maaaadre mía. No me acordaba de lo que era aprenderte un chiste por primera vez en tu vida. Lo sueltas en varias ocasiones a lo largo del día.

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Este es el de Jaimito que va con su abuelo y coge una chuche del suelo, y le dice su abuelo: “Jaimito, las cosas del suelo no se cogen”. Al rato, el abuelo se tropieza y se cae al suelo y le pide ayuda a Jaimito. Y le contesta Jaimito: “No, que las cosas del suelo no se cogen”.

Pues con esa matraca llevo ya una semana entera. Ahora solo falta que le cuenten el del perro Mistetas.

¿¿Pero por qué nos gusta tanto de pequeños repetirlo todo trescientas veces?? Porque si me dices que lo repites con público distinto… pero no. Viene y me lo quiere contar de nuevo. ¡¡Que ya me lo sé!! ¡¡Si ya me lo has contaoooo!! Suplicio chino.

Pesadilla salchichera

Rememoramos que, hace un par de días, en medio de la noche, Don Bimbas se cayó de la cama al suelo.

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Las leches y cuando las contamos, con onomatopeyas (“y va el otro y hace ¡PUM!”), es algo que tiene mucha aceptación en mi casa.

Y dice El Cachorro… “Seguro que estaba soñando que era una salchicha que se estaba rebozando y al dar vueltas se cayó al suelo”. Y me ha entrado la risa tonta con lo de soñar que eres una salchicha.

Y la risa se la he contagiado a El Cachorro.

Somos simples. Pero simples. Como una salchicha.

A escondidas

Al acompañar al baño a Don Bimbas, de camino he visto una tienda de chuches. Así que, a la vuelta, he pasado de largo, lo he dejado con el padre y me he vuelto sola a saquearla. Me he hecho con una buena bolsa. Pero soy madre y he de dar ejemplo…

La bolsa me la meto dentro de la cazadora, y una vez en el coche, su padre y yo hemos ido comiendo golosinas a escondidas.

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Ha habido un momento en el que me han dado pena mis hijos y les he dado. Ah, pero les he dado las que yo consideraba, en la mano, directamente, para que no vieran que había una bolsa llena. Menuda soy yo. Me compadezco, pero sin pasarme.

Y el Señor de las Bestias y yo, dos egoístas como dos catedrales, nos hemos puesto las botas.

Lo nunca visto

Vamos a recoger a Don Bimbas de su clase de una hora con su profesor particular de esquí. Ayer ya nos dijeron que el jardín de nieve (ese en el que no le querían aceptar porque no tenía la edad mínima de 4 años) se le quedaba pequeño. Así que le contratamos una clase para hoy.

Nos espera el monitor: “Bueno, vamos a ver, os quiero decir algo”. Sonaba grave y todo. Pero yo solo tenía el impulso de coger el móvil y grabar lo que fuera a tener que decir (que no lo hago, porque se hubiera sentido raro, el hombre). Tenía el presentimiento de que iba a ser algo importante y, a pesar del rictus de seriedad, también iba a ser bueno. Y no me equivocaba…

“No he visto EN TODA MI VIDA DE MONITOR a un niño de tres años esquiar como esquía este niño. Es ALUCINANTE. Jamás, ¿eh?, pero JAMÁS”, nos introduce.

“Vamos, que la primera bajada que hemos hecho, que la ha hecho en paralelos, me he dicho “no, no puede ser”, y hemos vuelto a subir, y sí, la segunda, la tercera… ¡Este niño esquía en paralelo!”, alucina en colores.

“Y para nada se deja ayudar”, concluye, como guinda a su asombro.

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Esto último sí que me lo creo (lo demás también). “Le ofrecía mi mano y pasaba de mí”, nos comenta. Pasaba de él o le habrá espetado un “¡yo zolo!” que se le habría saltado hasta el gorro. Bueno, no, porque no tiene confianza para ser un borde. Con un solo día de relación aún se corta.

Nos dice asimismo que los otros monitores, con los que coincidía en pistas con otros alumnos, también lo han flipado de lo lindo.

Hinchada como un pez globo, aún le he hecho saber que los tres años los cumplió en diciembre. En efecto, ha provocado en él otra exclamación, para mi absoluto regocijo. “¡Sagitario, como yo!”, ha añadido. El tipo estaba encantado: “Ya decía yo…”

“Pues debe ser su octavo día de nieve, su sexta hora de clases particulares”, añado. Yo, ya, regodeándome.

Lo impresionante del tema es que no ha sido cosa de hoy. Ni de ayer. Que esquía así desde el principio. Y lo ha hecho tan fácil que yo he pensado que era normal, ¡si mi mayor preocupación era que aprendiera a frenar! Ni había caído en que, que esquiara ya de esta manera, fuera algo tan espectacular.

Total, que este monitor ha caído por completo en las redes de mi pequeño. Otro nuevo hechizado.

Tan es así, que ha ido a por su siguiente cliente, un niño como de diez años, y ha vuelto a pasar por donde estábamos. “Toma”, me extiende su tarjeta, “si volvéis aquí, por favor, llamadme”. No se quiere perder la evolución de Don Bimbas. Y se ve que quiere contribuir en su desarrollo como esquiador.

Por fin, nos despedimos del todo.

Nos llevamos al crío a bajar con él una pista, y oímos desde las alturas: “¡Pabloooooo, campeóóóóón!” Sí, su monitor, que iba con otro niño, haciendo aspavientos desde un telesilla.

De verdad que cuando le alquilé unos esquíes en Candanchú, lo hice solamente para ver si se hacía a tener algo enganchado en los pies, si se manejaba con ellos; ya está. Esto supera totalmente mis expectativas.

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Recuerdo que yo, de joven cría, decía: “Si tengo hijos, los pondré desde el minuto uno a esquiar”. Pues, ea, aquí estamos.

Zapatos invisibles

Vamos al bufé del hotel a desayunar y, cuando cada uno de nosotros acude a la isla que le interesa, dónde me fijo en que El Cachorro…

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¡Va descalzo!

– ¡Cariño! – le digo – ¡si vas descalzo!
– ¡Ah! ¡Ups! – y pone cara sonriente de circunstancias.

¡Ni se había dado cuenta! Es el colmo de la distracción.

¿Pero qué narices voy a hacer con él? Madre mía, qué cabeza. No le va a quedar otra que ser un genio despistado. Lo contario será una decepción.