Faltón

Jugando a pillar con Don Bimbas, me dice: “Es que cuando me persigues casi digo una palabrota…”

Confiesa lo que pudo pasar y no fue. Esto parece “Minority Report”. ¿Qué hago, lo abronco o no?

Por esto, no. Es broma. Pero por lo que sucede a continuación, le va a caer un castigo de los gordos.

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Coge y me salta:

– Tienes el culo gordo.
– No.
– ¿Un poquito gordo? – insiste.
– No.
– Hummm… ¿Tienes el culo flaco?
– Eeeeso es.

¡Joé, para una cosa que no soy, culona, viene este a minar mi autoestima!

Cerezo

Hemos encontrado un cerezo. Las cerezas más maduras están arriba, así que, ni cortos ni perezosos, sobrinos, El Cachorro y yo nos hemos encaramado al árbol para conseguirlas.

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Toda la familia hemos podido probarlas. Se me acerca Don Bimbas para darme el parte de cómo está la cereza:

“Está un poquito asquerosa pero está muy buena”.

Es que me troncho con este niño y sus descripciones tan enfrentadas, que no hay por dónde cogerlas, que no te enteras si las cosas le gustan realmente o no le gustan ni de casualidad.

Río

Vamos a comer a un restaurante que está a la linde de un río. Como era de esperar, aunque les he dicho a mis críos que había traído el bañador pero que se lo pondría después de comer y que no se mojaran, se han mojado de arriba abajo. Así que, por la tarde, cuando me han pedido el bañador, les he dicho que nanay, que es lo que estaba seco y que lo guardaba para después.

Se han bañado en pelotillas y, oye, con mucha bravura. Porque el agua está fría.

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Lo puedo asegurar porque, cuando intentaba ayudar a Don Bimbas a cruzar no sé qué, he pisado una piedra resbaladiza con las chanclas y me he caído vestida.

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Así que niños y madre, con la ropa empapada.

El karma.

La paloma se independiza

Ayer Victoria salió a la terraza…

Y se fue.

¿Y ese niño que pregunta continuamente por su pollo? ¿Ese niño que sale a la terraza a gritar “Victoria”? Me estoy refiriendo a El Cachorro. Madre mía, desgarrador.

Y se lamenta también por lo siguiente: “Yo que había dicho que teníamos 401 animales con ella…”

Su padre, así, redondeando, tiene 400 animales. Pues El Cachorro, con Victoria, estaba todo orgulloso afirmando que tenía 401.

En fin, que nos ha dejado y yo solo miro la última foto que tengo de ella…

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Ya no tengo tres hijos.

Watch your step

Abro la puerta a las once menos cuarto de la noche, volviendo del trabajo, y me encuentro con…

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O sea, no hay que bajar la guardia y dejar de mirar por dónde piso ni en mi propia casa.

Me asomo al salón y están el Señor de las Bestias y El Cachorro viendo la tele.

– ¿Se puede saber qué hace Don Bimbas ahí tirado?
– Nada, que se ha ido ahí y ahí se ha quedado.

¿Pero esta querencia de mi rubio por el suelo?

Bueno, no sé si por el suelo o por dormir raro. Otro día cualquiera, hago mi rueda de reconocimiento, esto es, echar un ojo al cuarto de mis hijos cuando yo me voy a dormir, y me encuentro esta estampita:

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¿Es esta una manera normal de dormir? Pregunto.

Luego dice que le duelen las rodillas. Lo que no sé es cómo no le duelen los tobillos, el espinazo, el coxis, los hombros y el píloro.

Reparto para animal trainers

Mañana vamos a llevar algunos animales al cole de nuestros petardillos. Pretendemos hacer una pequeña exhibición para las clases de ambos.

Aquí está El Cachorro haciendo el reparto de qué bicho sacará cada cual.

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¿Y las ganas que tenía de que llegara este día? No le puede emocionar más enseñar los animales a sus compañeros de clase. Que flipan, como es lógico.

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Formaron una fila los niños de la clase de El Cachorro y, enfrente, los niños de la clase de Don Bimbas. Y ellos dos, de protas, claro.

Pues ni os cuento lo que se aprende con este tipo de exhibiciones. Son magníficas. Y la felicidad, sobre todo de El Cachorro, más magnífica aún.

La redacción

Envío estos deberes a la chica para El Cachorro.

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Llego a casa y leo la redacción, intentando que no me sangren los ojos.

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Me sorprende que se le ocurran tantas cosas para hacer, pues mi hijo es de los de “no sé”.

Se la enseño a su padre.

– Ah, por eso me ha llamado…
– ¿Cómo, que te ha llamado?
– Para saber qué iba a hacer en Lanzarote con sus primos…

Por cierto, lo mando a Lanzarote una semana con sus primos. Va a viajar en avión solo por primera vez. Tiene 7 años. (Bueno, ya sabéis que está prohibido que los menores viajen solos – no hubiera estado preparado aunque se permitiera – y que hay que pagar un acompañante…)

Pues estoy yo ya mala. Primero, por estar en casa una semana sin hijos. Porque el pequeño, en esos días, se va a la Costa Brava con una vecinita. Ya, cualquiera lo diría de mí, estar tristona y no dando palmas con las orejas. Pues sí, no sé qué me ha dado. Y es que, además, mi amor por mis hijos crece cada día más. Yo pensaba que era siempre el mismo, que ya es bastante, y en mi caso va aumentando y aumentando. Tanto, que me preocupa, incluso. Bueno, decía que, primero, estoy con el corazón encogido por la ausencia de mis pequeños, por pensar en si nos echarán de menos en algún momento, porque pasen miedo o vergüenza en un momento dado, porque se sientan raros o solos o enfadados o tristes, y yo no esté ahí con ellos. Y segundo, estoy que NO DUERMO. Como tengo una mente ceniza, que siempre imagina situaciones en las que a mis hijos les pasan cosas horribles y mueren (ya “los he matado” de mil maneras: atropellados, ahogados, cayendo por un barranco…), y me quedo en blanco y llorando y así estoy, con estas ojeras (igual me lo tengo que mirar, esto), ahora mis pensamientos intrusivos están estrellando ese avión en el que viaja El Cachorro. Y lo imagino cayendo en picado y mi hijo solo, a punto de morir solo, sin su mamá. Y no me entra ni la comida. Para que yo no coma, muy grave tengo que estar anímicamente.

En fin, todo sea porque “bea el mar, bea volcanes y bea muchos pezes”.

Grafitero en ciernes

Me avisa El Cachorro de que Don Bimbas está escribiendo en el suelo. En efecto, me asomo y ahí anda, estampando su huella.

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Pero es que además me dice que también ha pintado la silla.

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Que yo me pregunto que, ya que se chiva El Cachorro, ¿por qué no lo hace antes?

Con Don Bimbas no sé qué hacer. Monto en cólera.

– ¿Cuántas veces te he dicho que no pintes más que en el papel?
– Muchas…
– ¿Entonces?

Me mira sin darme respuesta. Sufre una especie de fuerza incontrolable que lo domina y le obliga a hacer cosas que sabe que están terminantemente prohibidas. Qué desfachatez tiene, qué cuajo.

Tesoro

Les leo a los críos un poco antes de dormir. El Cachorro elige “Los herederos” de Spirou y Fantasio, y Don Bimbas algún relato del libro de las letras.

Con la jota toca la historia de un jardinero al que una jirafa mágica le da una judía y le dice que la plante para descubrir un tesoro. Cuando lo hace y trepa, ve que el tesoro es su jardín.

– Es que hay mucha gente que no sabe lo bueno que tiene, hasta que lo ve desde fuera – les digo a lo moraleja total – hay quien tiene tesoros y no se da cuenta.

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Cuando les digo que se duerman ya, El Cachorro, que es un tipo profundo, me dice:

– Yo también tengo un tesoro.
– ¿Sí? ¿Cuál?
– Los animales.
– En efecto, cariño, tienes verdadera suerte.
– Ir al cole, también – ahí me está diciendo lo que quiero oír porque está en modo “hijo perfecto” – y tener una familia…
– Claro, hijo, eso es.
– … y no estar abandonado, como pollo.

Jaajaja. La dramática historia personal de pollo se ve que le ha afectado.

– Y tener a pollo…

Bueno, me alegra ver que aprecia las cosas. Aunque no sé cuánto hay de verdad y cuánto de postureo…

Muchimillonario pobre

Hoy me pide el Señor de las Bestias que le acompañe a un trabajo. Vamos a la Moraleja, a casa de un árabe. Quiere hacer unas fotos a sus tres hijas con algunos animales.

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Yo no había entrado nunca por esa calle principal de la Moraleja. En efecto, los setos de las fincas que se ven son enormes, y las casas que se intuyen, detrás, impresionantes. Flipo sin verlas. Pero, cuando llegamos a la dirección en la que hemos quedado, está la puerta abierta y se ve una casa grande de ladrillo, un poco antigua ya y, con lo que se supone que hay por ahí, digo: “Vaya, nos ha ido a tocar la del ‘pobre’”.

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Era una coña, porque la casa, como digo, es grande y, no solo eso, se ve que tiene construida otra al lado, incluso dividida en dos, también de ladrillo, pero más moderna. Es decir, dos (o tres) casoplones.

Total, que nos reciben con la fotógrafa. Una rusa a la que han contratado expresamente porque realiza fotos tipo fairy tail, como recreando una escena de cuento, cuyos servicios deben costar un ojo de la cara. “Sea lo que sea lo que le cobras a este señor, es poco”. Le advierto al Señor de las Bestias. Y vamos a ver distintas localizaciones.

Esta casa doble tiene su piscina, claro está, su casa de la piscina, su terreno grande y un camino que lleva al fondo, donde hay una pista de tenis. Está todo algo dejado, pero no se puede negar que se trata de una señora parcela.

Pero, en una de estas, doblamos una verja y entramos en otra zona. LA MADRE QUE ME PARIÓ. Una finca de la que no se veía el final, con un casoplón de una sola planta del que tampoco se veía el final, con jardines y parterres y fuentecillas y olivos italianos de miles de años y una casa de madera como de muñecas que parecía el Buckingham Palace, F-L-I-P-A-N-T-E. Por supuesto, cuidadísimo todo.

Entonces ya veo cómo es la cosa. La casa de antes, no es más que la casa auxiliar de esta gente, un catarí que ha tenido a bien comprar a sus vecinos para, directamente, no tener vecinos. Es más, más tarde nos enteramos de que esa casa pertenecía a un directivo de un conocido emporio que no pienso desvelar, que se creía rico con sus cientos de millones, hasta que vino el árabe este con sus miles de millones a reírse en su cara, comprándole su mansión para utilizarla de TRASTERO.

De verdad. No había nada, más que un par de sillas y una mesa y un mueble con estantes puestos sin gracia, algún mueble sin desembalar y los restos de otra sesión de fotos, que consistía en una silla de mimbre bordeada de flores rosas y hojas verdes, bajo un arco de plantas verdes y rosas colgantes, con flores rosas. Una cursilada.

El nuevo espacio es la pera limonera, como os digo. Más tarde me metí en Google Maps, y la parcela de este hombre, sin contar con la “parcela B” que también es suya, creo que es la más grande de La Moraleja.

Volvamos al lío. La rusa pide hacer las fotos con los animales y las niñas a la vez, y la empleada al cargo dice que no, que mejor los animales por un lado y las niñas por otro, y que luego ella se las apañe con el Photoshop.

Así que hacemos fotos a un par de animales. Pero la rusa insiste. La que nos ha contratado vuelve a decir que mejor por separado, que las niñas se cansan enseguida de las cosas. Pero, como la fotógrafa se pone pesada, dice la que está al cargo: “¡Muy bien, venga, voy a llamar a las niñas, ya verás cómo se te pasan las ganas de cuajo, cuando las veas aparecer con el séquito!”

En efecto, aparecen las crías. Y con lo del séquito, la empleada española no se queda corta. Son tres, y va cada una con su filipina. Y con un par de tipas de más que no sé cuál era su papel. Y con su madre, que las tiene vestidas como muñecas y las obliga a posar una y otra vez. Y a cambiarse de vestuario. Y por ahí pulula el padre con su túnica, echando de vez en cuando un vistazo. Y un viejo jardinero que ofrece una florecilla a una de las crías, que ella rechaza con desdén.

Este árabe viene a España como mes o mes y medio a volver loco a su personal de aquí con sus caprichos. Ahora, les paga fantásticamente bien, así que yo creo que compensa que un tipo te maree vivo durante un mes y medio si luego vives a todo trapo el resto del año.

Tiene casas en Londres, París, Doha, etc., etc. Supongo que del mismo tamaño que esta.

Pero las crías… ay, las crías, ¡qué pena me dieron!

Nos advirtieron que no miráramos mucho hacia la casa. Que, siendo tres (Tato, una empleada y yo), estuviéramos dos, como mucho, con ellas. Menos mal que fuimos dos chicas, porque una cría, al ver al Señor de las Bestias, dijo que se fuera. No están acostumbradas a ver hombres. No están, nos dijeron, acostumbradas a ver mucha gente (como si no estuvieran rodeadas de mucha gente a todas horas, todos los días de su vida). Deduzco que esas niñas no tienen amiguitos de ningún tipo. Viven encerradas en esa megafinca, perseguidas por sus filipinas. La auténtica jaula de oro.

Y pienso en mis críos, que los hemos dejado en la piscina de casa con el resto de vecinos, asilvestrados, corriendo, saltando, jugando. Más felices que yo qué sé qué. Libres. Y, comparando, esas niñas daban una lástima total. Me entraban ganas de llamar a Servicios Sociales para que les retiraran la custodia a esos padres inconscientes que quieren tener mascotas encerradas en una urna de cristal, sin relacionarse con otros niños, solo de adultos, la mayoría, si no todos, colmándolas de caprichos, puesto que son servicio y para eso les pagan.

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Y me fui de ahí convencida de una cosa…: ¿Quiénes creéis que son más afortunadas? ¿Esas niñas, que todo lo tienen, o mis hijos, que lo tienen todo?

Ese catarí tendrá todo el dinero. Pero ricos… Ricos somos nosotros.