La tele

Cuando consiento y les pongo la tele, Don Bimbas, al cabo de un rato, se cansa y ya se pone a jugar, a marear al que tenga al lado, a petardear… Pero El Cachorro… El Cachorro se pone a ver la tele y hasta que la apagas. ¿Que es al cabo de media hora? Media hora (con protestas). ¿Qué es al cabo de cinco horas? Cinco horas (con protestas). Encantado de la vida, el tío.

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Lo de las cinco horas, o más, puede darse algún sábado al año de esos míos de pijameo desde la mañana a la noche, de esos días de tirados total, de estar calentitos mientras llueve en el exterior, comiendo rosquillas y palomitas.

Mirad cómo terminamos el día de hoy. Comiendo pizza y cocinando volovanes de chocolate.

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Madre, qué gusto.

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Yo creo que nos hemos ganado que nuestros hijos no nos manden a una residencia.

Amores que matan

Viene El Cachorro a despedirse de mí por la noche. Yo estoy trabajando y él se va a dormir. Me planta un beso de los que me atraviesan la mejilla. De esos que me trinca y pega sus labios a mi cara con fuerza inaudita, que me hace daño y todo, y se pega pegado diez minutos (sin exagerar). Se esfuerza tanto que, cuando se separa, me salta: “Te lo he dado tan fuerte que me he tirado un pedo”.

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Es único para echar al traste una gran escena de amor.

El incordio

Una casa de cuatro habitaciones, dos baños, cocina y salón y el Bimbainas tiene que ponerse a jugar sentado en mis piernas y utilizando mi mesa de trabajo… justo cuando estoy trabajando.

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Y va colocando coches y dice mientras choca con el brazo de mi mano, que está escribiendo: “¡Pi-piiiiii!”

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“¡Oye, majo! ¿No tienes otro lugar para jugar?” “No”, me contesta. Y ni se inmuta. Se queda tan ancho. Y así no hay quien escriba un diario ni nada.

Volcán de chocolate

Desde que El Cachorro, adorador absoluto del chocolate (no de otro dulce, solo del chocolate), descubrió el volcán de chocolate en La Tagliatella de Pamplona el día 5 de enero, ya solo piensa en eso. Ayer, que como con ellos en una gasolinera, cuando se los llevo a su padre a la finca, que pilla de camino a Pamplona (ando yendo y viniendo, aunque solo sea para un día), le preguntamos al camarero que qué hay de postre, y tras el “flantartadechocolateyogurmandarinasocaféoté”, salta El Cachorro: “¿Y volcán de chocolate?” Está obsesionado.

Hoy, el Señor de las Bestias decide darle gusto y lleva a los críos a cenar a un Gino’s. Mirad, mirad la cara de felicidad de El Cachorro con su ansiado volcán de chocolate.

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La verdad es que merece la pena inflarlo a azúcares y calorías. Da gloria verlo.

El regalo

Una mamá del colegio y su hijo invitan a Pablito al cumple de su amiguito. La celebración consiste en ir todos, unos 9 críos, al cine. Me parece de lo más original y acertado. Me gusta.

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Pregunto en el grupo de Whatsapp montado a tal efecto que qué va a querer el cumpleañero de regalo. La madre replica que acabamos de venir de Reyes y que no hace falta. Insistimos, pero al final nos informa de que han comprado un regalito de Lego y le dirán que es nuestro, que no hace falta que pongamos nada.

Eso es un poco horreur, porque ir sin nada nos parece un poco cutre, pero igual a ella le parece que lo es pedirnos 5 euros, que es lo que normalmente se suele poner en los cumples, cosa que no lo es (cutre). En cualquier caso, pienso en comprar un regalito. Pero, como os digo, tengo un panorama en Pamplona intranquilizador y al final acabo yéndome y endilgándole el marrón a Tato. Con “marrón” no solo me refiero a llevar a los niños al cole, sino a hacerse cargo de ellos al completo: cole, extraescolares, baños, cenas, etc. Pobre.

Hoy por la tarde ya me informa de que está yendo para el cine, y me pregunta por el regalo. “Leches”, pienso, “el regalo”. Le explico la situación. Que la madre nos ha insistido en que nada de nada, que lo mismo puede ofrecerse a comprar gominolas para todos…

Cuando llega, me llama:

– Somos los padres más cutres. Hay madres con bolsitas con regalos.
– No jodas, ¿todas?
– Bueno, alguna no.
– Uff, menos mal. No obstante, haz lo de las gominolas. Hay chuches ahí. Compra para cada niño.
– No.
– Por qué no.
– Porque no.
– Te da vergüenza.
– Sí.
Yampezamos.

Le insisto en que, de vergüenza nada. Que tiene que superar estas cosas. Es que le da vergüenza todo, madre mía.

– Es mejor que te ofrezcas y que no se quede con la idea de que somos unos ratas.
– Bueno, ya lo veo.
– … No vas a ir a decirle nada.
– No.

Si me lo conoceré…

– Bueno, pues deja al crío, ve a comprar un regalito y lo das a la vuelta. Dices que se te ha olvidado en casa…
– Bueno, ya lo veo.
– … No lo vas a hacer.
– No.
– ¿¿Pero por qué?? – Me saca de quicio.

Después de dejar a Don Bimbas, hablamos por teléfono y le vuelvo a insistir. De hecho, ha de ir a comprar ropa interior a los críos y calcetines, que tienen todos con una de tomates que parece que van al cole descalzos.

– Ya que vas al centro comercial, compras el regalito.
– Bueno, ya lo veo.

Y así.

Pasado un rato, exactamente cuando ya ha ido a recoger a Don Bimbas, me llama:

– Ahora todas las madres han traído regalitos.
– Ah, genial. ¿Y tú?
– Yo no.
– AH, GENIAL. ¿Ves? ¿¿Ves?? Las otras han espabilado y han aprovechado este rato para comprar el regalo. Y tú, mira, dejándonos como los más cutres de todos. Sin compartir el título con nadie. ¡Tienes que salvar nuestra reputación!
– Bueno, ya lo veo.
– No, ya lo veo, no. Vas y le dices que lo dejé comprado y que no lo has encontrado en casa o que se te ha olvidado o algo así.
– No me atrevo.
– ¿Quieres quedar como un cutre?
– No, yo digo que te encargabas tú y ya te apañas.
– ¡TE MATO! – capaz es.

Colgamos y me vuelve a llamar.

– Está abriendo sus regalos.

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– ¿Has hablado con la madre?
– No.
– Diiiile lo que te he dichoooooo…
– ¿Qué le digo?
– Pues que lo teníamos comprado y que no lo has encontrado en casa.
– No me va a salir. Me va a cazar.
– Que no te va a cazaaaaar, que tú mientes muy bieeeeeen.
– No, no me va a salir.
– Pues dile que te lo has olvidado en casa.
– Noooo.
– ¡¿Cómo que no?! ¡Hijo, no es tan difícil!
– …
– Bueno, y si se nota que es trola, por lo menos ve que nos avergüenza ser cutres y que lo vamos a solventar, que no somos unos jetas.

Ese argumento parece convencerlo. Al poco…:

– Ya se lo he dicho.
– ¿Sí? Qué bien. ¿Qué le has dicho?
– Que me lo he dejado en casa y que el lunes se lo llevamos.
– Ah, estupendo.
– Luego – me recomienda – mándale tú a la madre un mensajito tipo: “Me ha pasado una foto de tu hijo abriendo regalos y cuando le he preguntado si le había gustado el nuestro, ha dicho que no lo había llevado, casi lo mato”, y así cuela más.
– Jaa, ja, ja. Bueno, ya lo veo.

Por la noche, estando con mis amigas de Pamplona, les enseño la foto de Don Bimbas con los compañeros de su clase. Le pasan todos tres cabezas. “Hombre, el del cumple le lleva un año, porque cumple en enero y mi hijo en diciembre”, apunto. Pero como soy una tipa bastante objetiva, añado: “Claro, que supongo que no todos los amiguitos han nacido en enero… Vaya, que no hay más que vernos, sobre todo al padre”. En su familia sufren canijismo. Así que no podemos pretender que mis hijos destaquen por su altura, precisamente…

Lo raro es que esta semana ha ido a la revisión de los 4 años y nos han dicho que en cuanto a altura está dentro de la media.

En fin, que la cosa continúa…

Al día siguiente, el Señor de las Bestias, pequeñito pero matón, se lleva a los críos a hacer una ruta con el coche por Guadalajara. Caída la noche, ya de vuelta a Madrid, hablamos por teléfono:

– ¿Te acuerdas de que quedaste con la madre del cumpleañero en que le llevabais el regalo mañana lunes?
– ¡Ay, es verdad! Pues a ver qué hago. Llevo a uno dormido y son las mil.
– ¿Y no se te ocurre pensarlo antes?
– ¿Y dónde coño narices lo compro, en medio del campo?
– ¡Pues vuelve antes, hijo, que lleváis desde las nueve de la mañana danzando y ya tienes a uno mórtimer total! ¡No hace falta reventar a los críos durante 13 horas! Aaaay, en fin, despierta al peque y vais al centro comercial – qué guay son los centros comerciales, que abren en domingo y hasta las diez.
– Bueno, ya lo veo. – Qué manía tiene este hombre de dejarme con el intríngulis hasta el final.

Confío en el corte que le puede dar cruzarse con la madre e ir con las manos vacías. En efecto, ese pensamiento ha debido cruzársele por la cabeza, que al rato me llama y me pregunta que si un Lego de 26.90 euros está bien.

– ¿¡26,90!? ¡¡Pero, hombre, Tato, no te pases!! ¡Eso no se lo han gastado ni sus padres! ¡Ni de broma!

Ya no me vuelve a llamar. Yo soy más comedida (una rata, a sus ojos) y más práctica (también de la liga “Tienen Demasiados Juguetes”), y además soy capaz de tenerlo dando vueltas en busca del regalo perfecto: bueno, bonito y barato. Así que decide actuar por su cuenta, y adquiere un Lego algo menor, de 15,50 €.

Yo ya me doy. Que entregue el regalo y acabe con esta pesadilla, por Dios.

Abusones

Me llama el Señor de las Bestias. Una vecina amiga le ha llamado para decirle que El Cachorro y su mejor amigo, vecino a la par, se han metido, o han “molestado”, a su hijo, un año menor.

Por lo visto el mejor amigo de mi hijo ha dicho que ese niño le había copiado el abrigo (es decir, ha buscado una excusa cualquiera para ir a tocarle las narices), y El Cachorro, que siempre se ha dejado llevar por él, le ha ayudado “agarrándole”.

BUENO.

Llego a casa, lo cojo por banda y le meto una charla del copetín. Que a ver qué ha pasado, que si le parecería bien que le hicieran a él lo mismo, que cuántas veces le he dicho que no hiciera lo que no le gusta que le hagan a él, que a ver si tiene más personalidad y, sobre todo, que vaya par de cobardes, meterse dos contra uno, por un lado, y encima con alguien más pequeño, por otro. Que lo que tiene que hacer es defender al débil, que es lo que hacen los superhéroes, no aliarse con los malvados, sino ayudar a las personas.

Es que no soporto eso. Si te vas a meter con alguien, que sea con razón y que esté a tu altura o por encima. Así que, ya que fue tan “valiente” de coger al crío porque se lo dijo su amigo, le digo que también lo tiene que ser para pedir perdón… a la cara (“¿No puede ser por el móvil?” “NO”) y ocuparse de que su amigo no estuviera triste. Porque es que, encima, manda narices que van a meterse con un crío del grupo, que nos vamos todos juntos de casa rural y todo y juegan siempre juntos.

En un principio dice que prefiere ir solo a casa del vecino. Sale y vuelve. “No, mejor contigo, que me da miedo” (es la hora de la cena). Así que vamos los dos y nos plantamos en la puerta de su casa. A pesar de haberle dicho qué le tenía que decir, en plan “me he equivocado, perdona, no volverá a pasar, somos amigos”, etc., una vez en la puerta del crío, solo se acordaba de “perdón”. Así que, entre su madre y yo, le hemos ayudado a disculparse.

Y, no ya porque haya tenido que ir allí, sino por la charla que hemos tenido, en la que ha quedado patente lo decepcionada y triste que estaba con él, y también lo grave del asunto, sé que todo esto le ha calado. Que a veces es mejor que ocurran cosas para ponerles solución y dar lecciones imprescindibles.

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Cuando volvemos a casa me abraza: “No voy a pegar a nadie, mamá. Voy a defender”. Y me lo creo, mira tú por dónde.

Retrato familiar

Saca Don Bimbas un dibujo que ha hecho en el cole para enseñármelo.

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– ¡Somos nosotros, ¿no?! – siempre me he caracterizado por mi sagacidad.
– Sí. Ete papá, ete más grande Simón, ete Pablito y ete mamá.

Opino que hemos salido guapísimos. Y sé que, que me haya pintado a mí de otro color, algún significado tendrá, aparte de que soy la chica de la casa. No sé cuál.

También ha dibujado mi cara distinta. Me dice, señalándome la boca, que es que yo soy así y así, mientras toca las comisuras de los labios. No sé a qué se refiere y ahora tengo una mosca terrible por saber cómo se supone que soy, que además no soy como ellos.

El eco

A los niños tanto yo, si estoy en Madrid, como su padre, si estoy en Pamplona, les grabamos vídeos dejándole mensajitos de ánimo a su abuelo, que está en la UVI.

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Es muy gracioso porque arranca El Cachorro, con alguna idea que le doy de lo que puede decir, y cada vez que acaba una frase, Don Bimbas repite EXACTAMENTE, lo que él dice. El Cachorro se molesta en un principio, pero le digo “hijo, qué más da, pues que te repita”, y entonces se resigna y dice frases cortas con pausas para facilitar que Don Bimbas lo reproduzca de igual manera. Y espera a que termine para continuar. El pequeño es un eco perfecto. Y el mayor un gran guía.

Lo bueno de este sistema es que los mensajes, así, se fijan mucho mejor.

Encuéntralo

Me envía esta foto el Señor de las Bestias.

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Y me pregunta: “¿Ves a tu hijo? Va de azul”.

No soy capaz de verlo. Tengo que ampliar la foto hasta que se me descoyuntan pulgar e índice. Y veo algo azul, muy alto y muy lejos. Y muy arriba. Si se despeña, el Señor de las Bestias tarda en socorrerlo cuarenta y cinco minutos.

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Luego me informa de que Don Bimbas, por supuesto, ha ido detrás de su hermano. Cómo no. Ya tengo a mis dos cabras por el monte…

Así que han ido los dos hasta allá, han bajado, y luego El Cachorro ha vuelto a subir en solitario. No conoce el cansancio. El otro tiene tres años menos y las patas más cortas, así que él sí que lo conoce.

Pero, vaya, que un día me dice el padre que ha perdido a nuestros hijos y, enfadarme, muchísimo, pero sorprenderme, poco.

Un regalo de día

Despertamos y, es tal el cansancio de mis hijos, que, recordemos, el día anterior se metieron un viaje de cuatro horas, estuvieron danzando en la calle todo el rato y se acostaron tardísimo, que no les sucede como a mí, que no dormía la noche de Reyes y me despertaba a las cinco de la mañana, sino que tenemos que ir a despertarlos a su habitación… (bueno, a despertar a El Cachorro, porque Don Bimbas, fiel a él mismo, ya ha tenido que venir al alba a meterse en nuestra cama).

Y, uffff, regalos por doquier.

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Yo he tenido que ser extremadamente buena. Tengo la que más con diferencia. Mis Reyes se han pasado. Me han traído de todo, y además con gusto. ¡Con lo que me flipa abrir paquetes! Y probarme lo que descubro. Es genial que el hotel tenga espejos suficientes para que me pueda mirar y remirar.

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Madre mía, qué gozadera.

El Señor de las Bestias, se viene arriba y pide un par de desayunos para que nos traigan a la habitación. “¿Dos? Pide uno para los cuatro, que me conozco el percal”, le advierto. “Sí, hombre”, me replica.

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Ooooole el desayuno. A doblón, claro. Pero anda que no mola el tema.

Continuamos entusiasmados con los regalos. Abriendo, probando… y vamos dando pequeños mordiscos a lo que hay en la mesa del desayuno.

¿Y qué pasa? Que nos comemos una tercera parte. ¡Si ya lo sabía yo! No por falta de hambre, sino porque hay mucha tela que cortar esta mañana… que en un hotel, se acaba a las 12.

Yo, de hecho, tengo que salir zingando (y estrenando).

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He quedado con mi madre para ir a ver a mi padre. Me voy con pena, pero con una sonrisa. Y los dejo ahí, recogiendo lo que queda…

Gracias al Señor de las Bestias, lo que parecía el día de Reyes más triste de mi vida, se ha convertido en algo totalmente maravilloso y especial que no olvidaré jamás.

Hay sorpresas y SORPRESAS. Los Reyes existen.

Solo me falta poder contárselo a mi padre. Es el regalo que más deseo.