Doña Pupas

Menuda toña me acabo de pegar con la bici. Iba subiendo una cuesta por la carretera y he decidido que, para dirigirme al sitio al que tenía que ir, acortaba un tramo yendo por la acera. Y ahí iba yo, creyéndome Induráin, resuelta a acometer el bordillo con un ágil salto, que además era el de un bordillo bajo y asequible.

Pero necesitaba hacer una pequeña parábola, y el coche que ha aparecido a mi lado no me ha dejado. Y eso que vas hacia el bordillo de lado y sabes que te vas a caer, y que deberías abortar el salto, y aún y todo mantienes la esperanza de que te vaya a salir… Pero no. PUM. A morder el polvo.

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Me he dejado la mano clavada. No sé si se me ha metido asfalto dentro. Un dolor que te cagas. También en la rodilla. Y, oh, horror, me he roto las únicas mallas de deporte que tengo, que además me encantaban. Agujeraco al canto.

Dolor también en el culo. Y en algún otro sitio. Un cuadro.

Y entre el accidente en bici y que en la otra pierna tengo una herida del quemazo que me produjo caerme al suelo clavando ambas rodillas, haciendo que me moría en la clase de Improvisación a la que voy, así como un moratón que no sé de dónde diantre ha salido, ¡parezco mis hijos!

Porque ellos van finos también.

El mayor.

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Y el pequeño.

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Y aquí andamos los tres, comparando heridas.

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Vamos con las rodillas a juego.

Lo de que tener hijos siendo viejales, te rejuvenece, ¿era esto?

Ángel de la guarda, o algo así

Don Bimbas tiene la facultad de rezar y cometer herejía a la vez. Detrás del “Jesusito de mi vida”, viene la otra parte. Y reza:

“Ángel de la guarra”…

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Aaaayyyy, “de la guarra”, dice. Con esa lengua de trapo que tiene, el rezo resulta de lo más cómico.

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Bueno, se supone que todos tenemos nuestro ángel. Las guarras también.

Tapacicatrices

Nos estamos duchando El Cachorro, Don Bimbas y yo. El Cachorro se vuelve a fijar en la cicatriz de la cesárea.

– ¿Por qué tienes la raja donde nací yo?
– Porque se queda así para siempre.
– ¿Para siempre? ¿Por qué no te la borras?
– No se borra.
– ¡Píntate de color carne!

¡Joé qué sencillo! ¡Cómo no lo había pensado antes!

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El color carne. ¿Os acordáis de lo que nos chiflaba? Y he comprobado que es el favorito de todas las generaciones.

La sangre no llega al río

“¿Sabes qué ha pasado con Jimena?”, me pregunta El Cachorro. ¡Por favor! ¡Ardo en deseos de saber!

Pues, por fin, él le ha dado su carta. Aunque, de nuevo, ella se ha adelantado y le ha dado un papelito son su dirección. Entonces ha sido cuando él le ha dado su carta.

Esto ha acontecido en el patio. El Cachorro estaba con sus amigos y les ha dado esquinazo. Me cuenta que han ido todos al baño a hacer pis y que, después, les ha dicho: “Voy a estar un ratito sin vosotros”, y ha ido a buscar a Jimena. Y ahí ha habido en intercambio de papeles.

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Pero no ha acabado ahí la cosa. Hoy han comenzado las extraescolares y, un año más, ambos comparten una clase. ¡Pues me cuenta El Cachorro que, al finalizar la clase, ella se le ha acercado, Y LE HA DADO UN BESO!

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¡¡UN BESO, TÚ!!

¡BUENOOOOOOOOOOOOOO! Estoy un tanto alarmada. ¡Que son unos mocos! Y que él le ha dicho: “Vete, que si no nos van a ver”, así en plan amor furtivo total. Lo que faltaba, con lo atractivo que es el amor a escondidas.

Ventajas y desventajas

Quien es el listo de repantingarse primero en el sofá, tiene que sufrir la penitencia de que se le coloquen o sienten encima.

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Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Es así, quien se tumba tiene, por ejemplo, que soportar el peso del culo de Don Bimbas en la tripa y del de El Cachorro en las piernas. Pero también puede ver la tele en horizontal. Hay que descubrir qué compensa. A mí me compensan los culos de mis hijos encima.

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Por otra parte, yo creo que va siendo hora de comprar otro sofá…

En cualquier caso, que se instale así el personal no implica que no haya movimiento. Vamos cambiando todos de postura. Y surgen caprichos necesidades. No en El Cachorro, que se abduce con la tele. En el pequeño.

“¿Me haces cosquillas en e pie?”, me pide Don Bimbas. Me ha salido de un vicioso…

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Lo impresionante es lo que me gusta acariciarlo. A mí, que de toda la vida me gusta que me hagan, no hacer (diréis: “Ah, qué lista, como a todos”. Pero no, hay gente que se ofrece: “¿Me dejas que te toque el pelo?” Yo, jamás), resulta que disfruto como una enana haciéndole cosquillitas. Ahora, esclavizada me tiene. Si se me ocurre parar, pongamos, para escribir un Whatsapp, que necesito las dos manos, enseguida reclama. No, reclama, no: exige. Tengo que hacerle cosquillitas sin pausas.

Lo estoy malacostumbrando. A quien vaya a ser su pareja, la va a tener mártir.

Masajista particular

Me ve El Cachorro un poco hecha polvo, tendida en el sofá, que además me he estado quejando de lo mucho que trabajo y tal, y se pone a hacerme un masaje en los hombros y el cuello…

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Vaya chollo que tengo con el crío. Y no se le da mal. Qué vidorra me espera.

Pero soy agradecida y muy buena pagadora. ¿Cómo le devuelvo el favor?

Mirad, en el cole, aparte de los trabajos que tiene que hacer El Cachorro, y de los deberes, que ya empiezan a caer, la profesora sugiere que se investigue sobre un país. Como cada dos o tres semanas.

Este curso va a ser de lo más durito…

Tocaba Suiza. Pues me he cascado una especie de diorama chusco para representar al país.

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Bien mono me ha quedado…

Lo que no me puedo aguantar ahora es el antojo de queso fundido que me ha entrado. Masajes y queso, un plan perfecto.

Atracción fatal

Llevo a los niños al cole. Cuando se aleja El Cachorro, le grito: “¡Y no te olvides de la carta!” Se va asintiendo y diciéndome adiós.

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Cuando me dispongo a salir, la mujer que actúa como conserje se me acerca y me dice: “¿Sabes que hay una niña enamoradísima de tu hijo?” “Qué me vas a contar”, le replico.

Me dice que ayer la cría se pegó media mañana llorando. Que su profesora alucinaba.

“¿En serio?” Madre del amor hermoso. Esto es más grave de que lo creía. ¡Esto es Atracción Fatal!

Y no sé yo si había que preocuparse por que una niña de esta edad se muestre tan despechada…

Total, que no veo la hora de recoger de nuevo a los críos para que El Cachorro me cuente qué ha sucedido.

Al salir, le digo:

– Bueno, qué, qué ha ocurrido. ¿Lo habéis arreglado?
– Sí. Me ha dicho: “Es que ayer estaba muy nerviosa” y yo le he dicho: “Ah, vale”.
– (…) ¿Y?
– Eso.
– ¿Cómo? ¿Ella se te ha acercado a ti?
– Sí.
– Tú a ella no.
– No.
– ¿Y te ha dicho que ayer se puso nerviosa?
– Sí.
– ¿Y tú que le has dicho?
– “Ah, vale”.
– ¿Solo eso?
– Sí.
– ¿Y la carta? ¿Se la has dado?
– No.
– ¡¡¡Pero buenooooooooooooooo!!!

No hay manera, con este hijo mío.

– ¿Pero por qué no se la has dado? ¡Luego te quejas de lo mucho que te costó escribirla!

Me toca pegarme todo el fin de semana haciendo hincapié en que no hay necesidad de que alguien se quede con una idea equivocada de algo, que hay que explicar las cosas, que lo tiene que arreglar del todo y que ha de ser valiente en general, tanto con ella como delante de sus amigos.

(Por cierto, y ahora voy a hacer una lectura de adultos por si sirve para adultos, que algunos tienen reacciones de críos…: La manera de proceder de ella tampoco fue la más adecuada. Porque escribir a alguien y citarle no implica que esa persona esté obligada a acudir. A ver, que no es el caso, PARA NADA. Pero imagina que vas a alguien que no sabes si tiene interés en ti o no y le escribes proponiéndole una cita. Esa persona podrá ser libre de elegir si va o no va, ¿verdad? Y si decide no acudir, pues nada, has quemado ese cartucho, por lo menos no te quedas con las ganas de haberlo intentado, y además por fin te cercioras de los verdaderos sentimientos que despiertas en esa persona; y lo que tienes que hacer es asumirlo todo, y no ir y tirarle nada a la cara entre lágrimas. Esa persona no tiene la culpa.)

Corazón partío

Bueno. Bueno, bueno, bueno la tragedia.

Voy a recoger a los niños al cole y El Cachorro me dice: “Jimena y yo ya no somos novios”.

– ¿¡Cómo!?
– Pues eso.
– ¡Pero bueno, ¿qué ha ocurrido?!
– No sé.
– Bueno, algo habrá pasado, porque si ayer te escribe una carta con un corazón, algo ha tenido que suceder.
– No sé. Ha venido llorando y me ha tirado esta pelota de papel en la cara.

Abro el papel.

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BUENO, BUENO, BUENO. ¡¡Un corazón roto!! Esta niña es de un gráfico (y un trágico) que no se puede aguantar. Y también ha debido de ver muchas películas. Y no sé si estoy preparada para tan precoces escenas de desamor…

– Vamos a ver, ¿así, de la nada, ha venido y te ha tirado esto? ¿A la cara?
– Sí.
– ¿Tú le has dado tu carta?
– No.
– Ahí va, ¿¿por qué no??

No contesta.

– A ver – hay que sacárselo todo con sacacorchos –. ¿Has llegado a hablar con ella antes?
– No.
– ¿La has visto?
– Sí.
– ¿Y la has saludado?
– No. – Ya estamos.
– ¿Y por qué no la has saludado?
– Porque estaba con mis amigos.
– ¿¿Y??
– Me daba vergüenza.
– Jo, ya, cariño, pero entiende que ella te ha escrito una carta superbonita y se supone que sois novios, y resulta que al día siguiente ni la saludas, imagina cómo se tiene que sentir… ¿Por qué no le has dado la carta?
– Porque no he podido ir a la biblioteca…
– ¿¡Cómo!? ¿¡Que no has aparecido en la cita!?
– ¡No, porque tenía Educación Física y estábamos en otro patio! – Madre mía, qué sucesión de contratiempos, dignos de una peli romántico-dramática de primer orden.
– ¡Acabáramos! ¡Pero hombre, piensa cómo tiene que estar! ¡Te escribe una carta, te dice de veros y al día siguiente ni la saludas ni vas!
– ¡Que no he podidoooo! – Está disgustado.
– Ya, ya lo sé, cariño. No te preocupes, que tiene solución. Mañana vas y le explicas lo sucedido, y le das la carta.

También le digo lo de que no hay que avergonzarse ni de novias, ni de amigos, ni de hermanos ni de nada.

– Ya, pero es que le dije un secreto a Alberto (nombre ficticio) – que es su mejor amigo – que es que tenía novia, y se lo dijo a Bruno (nombre ficticio).
– Pues dile a tu amigo que los secretos no se cuentan, a ver si se entera.

Madre mía, cuántos frentes abiertos tenemos.

En fin, a ver si mañana empezamos a desfacer este entuerto, porque, vaya.

Historias de amor, ojos que miran con ilusión

No adivinaréis nunca con qué me ha venido El Cachorro del cole… Ojo, ¡ojo!

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¿¿Tú te crees?? ¡Pero si tiene 6 años, mi crío!

Ay, madre, ay, madre. La niña va con él a una extraescolar y el año pasado ya dijo que mi hijo era su novio. Y El Cachorro respaldó la historia. Ella y él eran novios. Pero, claro, había un verano de por medio…

Y por lo visto, no ha hecho mella en su amor.

Como las extraescolares empiezan en octubre, este año escolar todavía no se han visto, dado que la niña va un curso por delante de El Cachorro. Bueno, miento, la vimos en el patio hace unos días, dejando a Don Bimbas, y le animé a El Cachorro que le dijera hola, que la saludara, y le salió su famosa sonrisa de la vergüenza y se escondió detrás de mi pierna.

Y me juego el cuello a que seguro que la ha visto en más ocasiones y no se ha atrevido a decirle nada. Con eso de que “los demás se ríen”…

En cualquier caso, le digo a El Cachorro: “Pues habrá que contestarle, ¿no?” Porque, esto de cartearse, NO ME PUEDE PARECER MEJOR IDEA. Así ya no le tendré que insistir a El Cachorro para que escriba, ni para que lea. Por no hablar de que me flipa que experimente lo emocionante que resulta recibir cartas en el buzón. Por tanto, manos a la obra…

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Lo único malo es que, mi Romeo, aparte de “hola, Jimena” (nombre ficticio), no sabía qué más poner. Me pide ayuda.

– Pues pregúntale qué ha hecho durante el verano.
– No, eso no.
– Pues cuéntale qué has hecho tú.
– Noooo.
– Pues pregúntale cuál es su peli favorita.
– No, no.
– Pues si tiene hermanos.
– Eso ya lo sé.
– Oye, tú verás entonces.
– ¡Noooo, ayúdame!
– ¡Pero si no quieres saber nada!

Al final, doy con la solución.

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Nos ha costado escribir esto lo más grande. Espero que en el futuro se encuentre más inspirado…

El tema del noviazgo, por supuesto, se instala en casa. El Cachorro decide interrogar a su hermano pequeño:

– ¿Tú tienes novia?
– Sí.
– ¿Vas a tener un hijo con Sofia? ¿Cuando seas mayor? – El Cachorro da por hecho que la novia es su mejor amiga de la urbanización.
– ¿Cuándo sea así de mayor? – pregunta Don Bimbas.

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– Como mamá.
– Soy amigo de Carlitos y pués pamién, Fofía. – No sé muy bien a qué viene ahora esto.
– ¿Tú vas a ser novia de Sofía? – novio, quiere decir El Cachorro. Es que lo de los posesivos cuando hay un cambio de género con respecto al sujeto de la frase, no lo acaba de dominar. Menos aún, Don Bimbas, que tiene un cacao majo; todo lo dice al revés. Igual se lo ha contagiado a El Cachorro.
– Cuando sea mayó.
– Puedes hacerlo ahora, aunque no podrás tener ahora un bebé cuando seas pequeño, ¿te digo por qué?
– Sí.
– Porque Sofía con tres años no puede ir con una barriga así.

SENCILLÍSIMO.