Pa’ matarlos

A ver, están los críos insoportablemente algo contestones. Y muy de plantarse y no hacer caso. Cuando les digo que hagan algo, El Cachorro es muy de “espera”, y el otro es más de “¡no!” Así que un poco frita ya me tienen, ya…

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Hoy llegan del cole y andan en las mismas. A El Cachorro le digo que vaya sacando sus deberes, y se revuelve con “es que tengo hambre” o “ya vooooooy, espera” o se pone a jugar con su hermano. De Don Bimbas descubro en sus notas mensuales de inglés que, junto con otro niño, últimamente anda molestando a sus compañeros y no respetando al profesor. Así que le digo “ven aquí que quiero hablar contigo seriamente”, me hace burla. “Que dejes de hacer eso y vengas”, y se larga en mis narices. Le grito “¡ven aquí ahora mismo!” y se sigue pirando, pero esta vez corriendo. Me levanto detrás y acelera riéndose a mandíbula batiente. Yo estoy para MUY POCAS bromas. Y él lo sabe, pero se ha propuesto tocarme la moral de lo lindo. Me tiene más que harta. Así que, cuando lo alcanzo, le quito una pluma teñida muy mona que ha traído de la calle, con la que estaba huyendo de mí, y le digo: “Mira, ¿ves bien tu plumita?, pues hale, zacatrás”, la doblo por dos partes y se la rompo en su jeta.

BUENO. Lanza un grito de histeria suprema, que nos rompe los tímpanos a los vecinos de tres plantas, y continúa gritando y llorando.

– Deja de gritar.
– ¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!!
– Que dejes de gritar.
– ¡¡AAAAAAAAAAH!!
– Que dejes de gritar. Ya.
– ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!!”
– ¿Sí? Espera.

Voy a su cajón de juguetes, y cojo uno de sus muñequitos.

– ¿Lo ves? Pues a la basura.

Casi se le salen los ojos de las cuencas.

– ¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!

Y lo he tirado. Vaya si lo he tirado.

Vuelvo.

– ¿Qué? ¿Sigues?

Sí, sigue, pero muuuuuucho más atenuado.

Se enfada. Se encierra en su cuarto.

Yo, menos mal que he sido previsora y ya me he maquillado antes de que mis hijos llegaran. Tengo un evento y me estoy preparando. Faltan los últimos retoques y vestirme. Lo hago. Antes de irme de casa, paso por el cuarto y le doy un beso que no me devuelve: “Bueno, cariño, me voy. Supongo que te ha dado tiempo a pensar, ¿verdad?”

Me mira en plan “va a pensar tu prima”, y me voy.

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Los niños se quedan a cargo de su padre. Su padre es ese señor que, mientras yo me vuelvo loca intentando que mis hijos coman de todo y variado, haciendo recetacas de la muerte, como arroz con calamares o ternera Stroganoff, el día que le toca a él hacerse cargo, va y les hace un pepino y tres salchichas. Y todo orgulloso porque “¿adivinas lo bien que se lo han comido?”

Cena sana o cena exitosa, hay que elegir, está claro. ¿Quién lo hace mal, él o yo? Porque yo ya no sé.

Hoy la cena ya estaba hecha. Él tenía que hacer que los críos se cambiaran, cenaran, lavaran los dientes, fueran a la cama… en fin, lo normal. Cuando me largaba, andaba siendo tentado por un vecino para ir con un tercero de cañas. Porque para eso están los vecinos, para ayudar mucho.

– No puedo, Amaya sale y tengo que encargarme de los críos.

Al volver, me entero de que los dos vecinos, inasequibles al desaliento, se habían plantado en mi casa con las cervezas, y habían estado los tres tan a guuuuusto en el salón. ¿Mis niños? Mis niños cenando solos en la cocina.

¿Y qué habían hecho mis niños?

TIRAR BRÓCOLI AL TECHO Y TRONCHARSE DE RISA.

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¿¿Veis las marcas??

Qué guay eso de que se pueda largar una de casa con tanta tranquilidad, ¿verdad?

P.D. El muñequito que tiré a la basura lo rescaté y lo volví a meter en el cajón, aunque él no lo sabe, porque me jjjjjode tirar cosas porque sí. Espero que haya heredado mi mala memoria y que no se acuerde de qué tipo de muñequito era y que siga pensando que se quedó sin él. Aunque si no lo echa en falta, no habrá servido para nada…


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