¡Ojo!

Llevo a los críos al cole y, a los veinte minutos de dejarlos, me llama la profe de Don Bimbas. Que tiene los ojos mal, hinchados y tal. Me lo dice un poco como “¿qué pasa, que no lo has visto tú?”

Sí, Don Bimbas tiene un ojo hinchado porque ayer su hermano le dio sin querer con un palo (así de delicados son). La mala suerte es que, además, él ya tenía una herida al lado de ese ojo porque un niño de su clase, según él, le había dado con la camiseta. Con una camiseta de aluminio, tendría que ser, porque para haberle dejado esa herida…

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En cualquier caso, yo esa hinchazón la achaqué al golpe, y además mi peque no se quejaba, así que arreando que es gerundio. Pero la profe:

– Es que lo que tiene que ver con los ojos…
– ¿Pero él se queja?
– No.
– Pues…
– Pero es que los tiene…
– Pues vamos a ver cómo evoluciona, y si va a peor, me llamas de nuevo y voy a por él.
– …

Si hay silencios que lo dicen todo. Este es uno de ellos.

– Prefieres que vaya ya.
– Es que los tiene hinchados.
– ¿Pero los dos, me estás diciendo?
– ¡Sí, sí, los dos!
– Ah, pues es que el otro lo tenía bien cuando lo he dejado – veinte minutos antes…
– Ya, pues no, a ver si va a tener una conjuntivitis.
– Voy.

Y voy, claro. Pero ME REVIENTA la mañana. Tengo chiquimil cosas que hacer. Me cago en todo lo que se menea.

Llego al cole y me sacan a mi Bimbín, más contento que unas castañuelas, y con cero atisbo de dolor.

– Cariño, ¿te duele?
– No.
– El ojito, digo. ¿Te duele?
– Eeeeeh, sí.

Ya. Una leche. Lo miro. El ojo sano está igual de sano. No veo la hinchazón, ni la rojez, ni nada. Solo tiene mal el que tenía mal. Pero, nada, al médico que vamos.

Llegamos al centro de salud a las diez menos diez. Me dan hora ¡¡a las 11:38!! Me cago en todo lo que se menea, bis.

Espero fuera por si hay algún hueco y entramos antes. Pero esa sala de espera no hace más que recibir gente. Así que cuando Don Bimbas me dice que tiene hambre, le digo, “hale, vámonos”, y hago un recado en la farmacia y, de camino, él ficha el bar adonde solemos ir los domingos a desayunar y dice que quiere ahí, porque es un listo. Total, que entramos y desayunamos ambos. Bueno, en honor a la verdad, redesayunamos.

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Veis lo mal que tiene los ojos, ¿verdad? Pero no hay cura para la «canelitis aguda».

Cuando por fin nos atiende la pediatra, son las doce menos cinco. Ole. TODA LA SANTA MAÑANA PERDIDA. ¿Y qué nos dice? Que no tiene NA-DA. Y eso que le tiñe el ojo para ver si descubre alguna lesión. Y luego observa si tiene conjuntivitis. Y va a ser que no. Y, por supuesto, el ojo que está bien, está bien. Y yo, repetid conmigo, me-cago-en-todo-lo-que-se-menea. ¿Cómo se puede ser tan alarmista? ¿Por qué se me juzga con silencios, cuando ya he valorado que mi hijo no tiene nada? Otra cosa es si se pone peor y tal, ¿pero veinte minutos después de que lo he dejado, que está igual a como ha entrado en clase, resulta que ya tiene conjuntivitis, tuberculosis y lepra, y riesgo de quedarse tuerto? Aaaay, Señor, Señor.

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Lo bueno, que he pasado con mi rubio un gran rato de mimos, que no sé si le hacen más falta a él o a mí. Gran mañana.


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