Muchimillonario pobre

Hoy me pide el Señor de las Bestias que le acompañe a un trabajo. Vamos a la Moraleja, a casa de un árabe. Quiere hacer unas fotos a sus tres hijas con algunos animales.

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Yo no había entrado nunca por esa calle principal de la Moraleja. En efecto, los setos de las fincas que se ven son enormes, y las casas que se intuyen, detrás, impresionantes. Flipo sin verlas. Pero, cuando llegamos a la dirección en la que hemos quedado, está la puerta abierta y se ve una casa grande de ladrillo, un poco antigua ya y, con lo que se supone que hay por ahí, digo: “Vaya, nos ha ido a tocar la del ‘pobre’”.

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Era una coña, porque la casa, como digo, es grande y, no solo eso, se ve que tiene construida otra al lado, incluso dividida en dos, también de ladrillo, pero más moderna. Es decir, dos (o tres) casoplones.

Total, que nos reciben con la fotógrafa. Una rusa a la que han contratado expresamente porque realiza fotos tipo fairy tail, como recreando una escena de cuento, cuyos servicios deben costar un ojo de la cara. “Sea lo que sea lo que le cobras a este señor, es poco”. Le advierto al Señor de las Bestias. Y vamos a ver distintas localizaciones.

Esta casa doble tiene su piscina, claro está, su casa de la piscina, su terreno grande y un camino que lleva al fondo, donde hay una pista de tenis. Está todo algo dejado, pero no se puede negar que se trata de una señora parcela.

Pero, en una de estas, doblamos una verja y entramos en otra zona. LA MADRE QUE ME PARIÓ. Una finca de la que no se veía el final, con un casoplón de una sola planta del que tampoco se veía el final, con jardines y parterres y fuentecillas y olivos italianos de miles de años y una casa de madera como de muñecas que parecía el Buckingham Palace, F-L-I-P-A-N-T-E. Por supuesto, cuidadísimo todo.

Entonces ya veo cómo es la cosa. La casa de antes, no es más que la casa auxiliar de esta gente, un catarí que ha tenido a bien comprar a sus vecinos para, directamente, no tener vecinos. Es más, más tarde nos enteramos de que esa casa pertenecía a un directivo de un conocido emporio que no pienso desvelar, que se creía rico con sus cientos de millones, hasta que vino el árabe este con sus miles de millones a reírse en su cara, comprándole su mansión para utilizarla de TRASTERO.

De verdad. No había nada, más que un par de sillas y una mesa y un mueble con estantes puestos sin gracia, algún mueble sin desembalar y los restos de otra sesión de fotos, que consistía en una silla de mimbre bordeada de flores rosas y hojas verdes, bajo un arco de plantas verdes y rosas colgantes, con flores rosas. Una cursilada.

El nuevo espacio es la pera limonera, como os digo. Más tarde me metí en Google Maps, y la parcela de este hombre, sin contar con la “parcela B” que también es suya, creo que es la más grande de La Moraleja.

Volvamos al lío. La rusa pide hacer las fotos con los animales y las niñas a la vez, y la empleada al cargo dice que no, que mejor los animales por un lado y las niñas por otro, y que luego ella se las apañe con el Photoshop.

Así que hacemos fotos a un par de animales. Pero la rusa insiste. La que nos ha contratado vuelve a decir que mejor por separado, que las niñas se cansan enseguida de las cosas. Pero, como la fotógrafa se pone pesada, dice la que está al cargo: “¡Muy bien, venga, voy a llamar a las niñas, ya verás cómo se te pasan las ganas de cuajo, cuando las veas aparecer con el séquito!”

En efecto, aparecen las crías. Y con lo del séquito, la empleada española no se queda corta. Son tres, y va cada una con su filipina. Y con un par de tipas de más que no sé cuál era su papel. Y con su madre, que las tiene vestidas como muñecas y las obliga a posar una y otra vez. Y a cambiarse de vestuario. Y por ahí pulula el padre con su túnica, echando de vez en cuando un vistazo. Y un viejo jardinero que ofrece una florecilla a una de las crías, que ella rechaza con desdén.

Este árabe viene a España como mes o mes y medio a volver loco a su personal de aquí con sus caprichos. Ahora, les paga fantásticamente bien, así que yo creo que compensa que un tipo te maree vivo durante un mes y medio si luego vives a todo trapo el resto del año.

Tiene casas en Londres, París, Doha, etc., etc. Supongo que del mismo tamaño que esta.

Pero las crías… ay, las crías, ¡qué pena me dieron!

Nos advirtieron que no miráramos mucho hacia la casa. Que, siendo tres (Tato, una empleada y yo), estuviéramos dos, como mucho, con ellas. Menos mal que fuimos dos chicas, porque una cría, al ver al Señor de las Bestias, dijo que se fuera. No están acostumbradas a ver hombres. No están, nos dijeron, acostumbradas a ver mucha gente (como si no estuvieran rodeadas de mucha gente a todas horas, todos los días de su vida). Deduzco que esas niñas no tienen amiguitos de ningún tipo. Viven encerradas en esa megafinca, perseguidas por sus filipinas. La auténtica jaula de oro.

Y pienso en mis críos, que los hemos dejado en la piscina de casa con el resto de vecinos, asilvestrados, corriendo, saltando, jugando. Más felices que yo qué sé qué. Libres. Y, comparando, esas niñas daban una lástima total. Me entraban ganas de llamar a Servicios Sociales para que les retiraran la custodia a esos padres inconscientes que quieren tener mascotas encerradas en una urna de cristal, sin relacionarse con otros niños, solo de adultos, la mayoría, si no todos, colmándolas de caprichos, puesto que son servicio y para eso les pagan.

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Y me fui de ahí convencida de una cosa…: ¿Quiénes creéis que son más afortunadas? ¿Esas niñas, que todo lo tienen, o mis hijos, que lo tienen todo?

Ese catarí tendrá todo el dinero. Pero ricos… Ricos somos nosotros.


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