¡¡ME HAN CAMBIADO EL HIJO!!

No, no es el mismo. Es otro. Yo tenía un hijo y no es este. ¡CÓMO-HA-CAMBIADO! Increíble.

Hoy he vuelto por fin después de mi aventura laboral en el extranjero. 37 días separada de mi niño (podían haber sido tres más, pero me han adelantado la vuelta, yuju). Por teléfono me castigaba un poco, porque decía que no se quería poner a hablar con mamá. Y no se ponía, el cabrito.

Imaginaba cómo iba a ser el reencuentro. Cómo me gustaría que fuera y cómo creía que iba a ser realmente. Mi madre me advirtió de que pudiera suceder que me recibiera como lo hizo mi hermano a mi padre cuando se fue un mes a Perú teniendo él nueve meses: llorando a moco tendido. Yo, que conozco a mi hijo, daba bastante crédito a esa versión. Me veía corriendo hacia él emocionada y él agarrándose a su papá, volviéndome la cara y diciendo “vade retro, Satanás”. O diciendo eso, “que te pires”, y llorando.

¡PERO NO!

Me ha visto y ha corrido hacia mí con una caja de bombones que me ha comprado su padre, todo contento. ¡CASI MUEEEEROOOOOOOO! Hasta el Señor de las Bestias se ha sorprendido. Una reacción totalmente inesperada.

Claro que igual es porque es otro. Igual es porque no es mi hijo. ¡No lo reconozco!

Está mayor. Habla distinto, o sea, mucho, o sea, con más coherencia, y por los codos.

Y debe saber qué es la empatía… Lo dicho, pensábamos que iba a ser un drama. Y no, está muy contento conmigo, y le digo que me dé la mano y me la da, y hacemos el canelo, y nos reímos como dos tontos, y no puedo ser más feliz.

niño

Feliz y totalmente estupefacta. En estado de shock. Lo miro, o mejor dicho, lo examino como si fuera un extraño, con suma curiosidad. No sé por dónde me va a salir ni cómo. Me tiene absolutamente pendiente de él: reacciones, movimientos, discurso, todo me parece nuevo.

37 días sin verlo y coge el tío y se convierte en otra persona.


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